Opinión Eugenio Mallol

El poder invisible de las startups ‘sin pantalla’

El futuro de muchas de las aplicaciones basadas en IA no será captar la atención del usuario y retenerlo, sino justo lo contrario: hacer que su relación con la tecnología sea tan refrescante e imperceptible como un paseo por el bosque.

Eran tantos los indicios de que el futuro de muchas aplicaciones basadas en inteligencia artificial (IA) iba a ser precisamente el mundo sin pantallas (unscreen) que cuando se ha conocido el ingenio en el que venían trabajando el mítico Jony Ive, antiguo diseñador de Apple, y el fundador de OpenAI, Sam Altman (con la ayuda de más 200 ingenieros, claro), nos ha dejado una sensación más propia de la innovación incremental que de la disruptiva. Y no es justo.

Imagina que hubiéramos tenido una reacción similar cuando clicamos por primera vez en el ordenador la dirección de ChatGPT. ¿Qué aparecía ante nuestros ojos? Una pantalla en blanco con un cursor parpadeando y la invitación a preguntar lo que quisiéramos. Nada más, cero añadidos, sobriedad absoluta. La magia ocurre debajo de las nuevas aplicaciones de IA, esa es la clave, nos permite vivir más rodeados de tecnología que nunca, pero sin percibirla y… ¿no se trataba de eso?

El emprendedor británico y fundador de dos unicornios Pete Flint lo ha descrito muy bien: “la próxima generación de productos no ganará captando la atención, sino eliminando por completo la necesidad de atención”. Unas palabras muy parecidas a las que dirigió el experto en marketing Gary Vaynerchuk a las empresas de retail en el último NRF Show de Nueva York. La economía de la atención ya no es la clave, estamos en plena “guerra de relevancia”.

Flint cita unas palabras de Mark Weiser, ‘el filósofo de Silicon Valley’, escritas en Scientific American en 1991: «Hay más información al alcance de la mano durante un paseo por el bosque que en cualquier sistema informático», las máquinas que se adapten al entorno humano “en lugar de forzar a las personas a entrar en el suyo”, harán que usar un ordenador sea “tan refrescante como dar un paseo por el bosque».

Es todo un desafío para las ‘startups unscreen’ que se creen a partir de ahora y para toda la economía. Muchas aplicaciones han desplegado toda suerte de fórmulas barrocas para captar la atención del usuario y retenerlo en su interior el mayor tiempo posible. Ahora es justo al revés. Aparecer en la lista de fuentes de un modelo de IA exige un cambio de reglas radical.

El mérito de Sam Altman y Jony Ive es haber convertido todas esas ideas en un dispositivo físico. Hardware para la economía unscreen. Han ideado un altavoz inteligente compacto, fácil de transportar (cabe en un bolsillo) y dotado de cámara y micrófono. Se podría ver como un interfaz conversacional más, como un Alexa o un Siri con esteroides. El iPhone era también un móvil sin teclado y caro que nadie iba a querer comprar, pero escondía en su seno esa bomba de neutrinos llamada economía de las aplicaciones.

Flint está convencido de que el nuevo mundo sin pantallas disparará la actividad creativa de las personas, porque “cuando la tecnología gestiona las cosas simples de forma invisible, la capacidad humana migra hacia arriba. Asumimos ambiciones más complejas. Gastamos nuestra cognición en problemas de orden superior”. Es quizás lo que hace que la llamada IA ambiental genere tantas expectativas en el sector de salud y mueva las pujas de los inversores, como se vio en la JP Morgan Healthcare Conference.

El COO de GitHub, Kyle Daigle me explica el proceso de creación de los informáticos en la nueva era de los agentes de IA. Supongamos que tenemos una aplicación de redes sociales y queremos crear la función de compartir imágenes, ese es su punto de partida. “Normalmente, me reuniría con un par de personas más y hablaríamos sobre dónde almacenarlas, las ventajas y desventajas de la arquitectura, etc”. Eso ha cambiado, me indica, “ahora, con los agentes de programación, empiezo diciendo: ‘hazme un plan’».

Antes incluso de revisar el código, el agente artificial crea un plan de acción, en el que detalla paso a paso cómo implementar esta función, “y me hace preguntas mientras trabajo en otra cosa”, continúa Daigle. “Luego, puedo tomar este plan y entregárselo a tres desarrolladores para que me den enfoques diferentes de experiencia de usuario”.

La siguiente vez que Daigle habla con el agente (puede ser el mismo día en el que se inició el proyecto), éste le presenta “una URL para probar los cambios que ha hecho, capturas de pantalla de lo que ha construido y probablemente un informe con los pros y los contras de cada implementación”. ¿Puede haber un mejor ejemplo de tecnología invisible que renuncia a absorber la atención de su usuario humano?

Después de ese encuentro, el agente quizás vuelva a su tarea para realizar un análisis de seguridad del código y cerciorarse de no haber implementado accidentalmente una vulnerabilidad.  El sistema artificial actúa cada vez más como un desarrollador, “comprueba el trabajo a medida que avanza”, en lugar de solo generar código. “Ese es el gran cambio”, me dice Daigle. “Al final, sigo siendo yo quien revisa los cambios y debe responder a la pregunta: ¿es esto adecuado para mis usuarios?»

La vida artificial tras las pantallas no deja de crecer. Google acaba de lanzar su concepto de Inteligencia Personal. Básicamente, consiste en que tu correo y tus fotos pasan a formar parte de su buscador. Al acceder a nuestro contexto y nuestras perspectivas personales se supone que la IA te puede ofrecer respuestas más útiles y personalizadas. No olvides leer los versos de TS Eliot al revés: de la sabiduría a la información. ¡El contexto lo es todo para la IA!

El CEO de Microsoft, Satya Nadella, dijo en Davos que, si una compañía no es capaz de integrar su “conocimiento tácito” en un conjunto de “ponderaciones para diseñar un modelo de IA bajo su control”, por definición, “no tiene soberanía”. No cuesta imaginar que en ese paquete se encuentran todas las formas posibles de configurar el perfil de sus usuarios.

La reflexión de fondo es esta: la IA convierte en mercancía cualquier cosa que se pueda especificar completamente. ¿Dónde reside ahora el valor? En lo que requiere hacerse presente una y otra vez. El valor se está desplazando a las operaciones, el alojamiento es ahora el producto. Sí, disfruta de este nuevo mundo que viene y pasea por el bosque de la IA imperceptible. Si no estás en la mesa, sigues siendo el menú.