Salvador Illa ha vuelto a tomar las riendas de la Generalitat tras dos meses de ausencia y la noticia estrella de su regreso ha sido la cesión de inmuebles de la Iglesia para vivienda. Cuando la gente tiene hambre no hace cola en la puerta del ayuntamiento o del sindicato. Hace cola en la puerta de la iglesia. Es la única cola que en el otro lado tiene a alguien, y no una vez, sino siempre que sea necesario.
Las políticas de vivienda del PSOE y del PSC han resultado ser catastróficas: destruyen el sector, no arreglan el problema y por supuesto sólo un loco o un inconsciente se atreve hoy en España a ofrecer alguno de sus pisos en alquiler, porque todo el mundo sabe que con la actual legislación, si el inquilino paga es porque quiere, y solamente porque quiere, porque tiene toda la estructura legal del Estado a su lado para esquivar los pagos (encima reducidos) durante años y arruinar al propietario.
Ante esta calamidad, y para poder celebrar el regreso del presidente de la Generalitat a sus funciones, una vez más ha tenido que ser la Iglesia la que haya acudido al rescate y haya cedido sus bienes para ayudar al Govern en su mayor drama. No es una solución definitiva pero es un poco de luz en un negro túnel.
Éste no es un artículo sobre la vivienda, que tiene en España a expertos mucho mejores que yo. Pero sí es un artículo sobre nuestros asideros, sobre lo que perdura en nosotros y no importa el signo político; un artículo sobre la mano que siempre está tendida aunque hagamos ver que no la vemos o digamos que no existe.
Éste es un artículo sobre el sentido de lo que hacemos, sobre nuestra misión en el mundo y las veces que hemos estado perdidos y hemos sido encontrados, calmados, confortados y nos hemos podido volver a levantar. Siempre hay una puerta que está abierta, siempre hay una mano que está tendida. Siempre hay una buena noticia que siempre viene de la misma promesa de un mundo mejor.
Es una alegría que el presidente Illa se haya recuperado de su dolencia y pueda aportar de nuevo a la política catalana sus virtudes tan necesarias. La prudencia, la constancia, la buena educación, y la determinación resolutiva son imprescindibles en un país que, como quedó demostrado hace algunas semanas con Rodalies, está destruido por dentro de tantos años de vacía carraca independentista, tan aparente como estéril, que tanto agitó los catalanes y tanto los dejó abandonados.
Cataluña recupera a su presidente y su presidente vuelve de la mano de la Iglesia. Son plegarias atendidas por Dios, que confirma su fe en los hombres de buena voluntad y que podemos continuar.
