Opinión Jesús Mardomingo

Cada uno a su bola, y la casa sin barrer

Los anuncios de hace un año, unidos a las decisiones de esta semana describen claramente la ruptura estructural del consenso climático en Estados Unidos y sus implicaciones globales.

*Banda sonora para la lectura

DtMF – letra y música de Bad Bunny | Spotify

Semana muy intensa la acabada en viernes 13. Solo mes y medio después de arrancar 2026 los temas se amontonan, casi al estilo Steve Bannon, y muy afines al estilo de vida cortoplacista al que parece apuntarse la humanidad idiotizada.

Siete días de esos que dejan huella, y no solo por la victoria del Atleti frente al Barça en la Copa del Rey, ni por el protagonismo sobrevenido del hombre del tiempo anunciando inundaciones en España y olas árticas en Estados Unidos, sino por otros fenómenos no menos trágicos e impactantes, de tensión política, como el inaceptable post racista de un presidente casi de ficción, o la fuerte resaca mediática del «Super Tazón» de promoción de la lengua y la moda española en el show de Bad Bunny. Mientras, en otros puntos del planeta han persistido, casi mudos, nuevos episodios de la guerra ucraniana, reajustes diplomáticos y crisis humanitarias.

¡Todo esto en una semana!. Bueno, todo no. Poco más de un año después del regreso del casi ubicuo presidente a su despacho Oval para anunciar el «El fin del declive, again”, este aprovechó la semana para perfeccionar sus claras consignas para desmantelar el Green New Deal y recentrar la economía en combustibles fósiles. Desmontar desde su base el andamiaje de la regulación climática federal, promoviendo un “sentido común” basado en el uso del verbo perforar (más petróleo, más gas, más exportaciones energéticas y un retroceso explícito del coche eléctrico).

El jueves 12, mientras disfrutaba junto a otros privilegiados amigos de la palabra de Daniel Alandete en la presentación de su libro «Objetivo y Venganza«, y sus muy interesantes reflexiones sobre liderazgo, poder y comunicación en un contexto global crecientemente polarizado, la Administración de los Estados Unidos de América derogaba oficialmente el llamado en español “dictamen de peligrosidad” de 2009 (Endangerment Finding). Una  conclusión científica y legal emitida por la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. (EPA) durante la presidencia de Barack Obama. Entre otras cosas, estableció que el dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero suponen un peligro para la salud y el bienestar públicos, y habilitó legalmente a la EPA a regular las emisiones contaminantes bajo la Clean Air Act.

Esta declaración de amenazas para la salud pública surgió tras la sentencia del Tribunal Supremo en Massachusetts v. EPA (2007), que confirmó que los gases de efecto invernadero entraban dentro del ámbito de la Ley de Aire Limpio. Así, en 2009, la EPA concluyó que seis gases —incluidos CO₂ y metano— representaban un peligro para la salud pública, activando la autoridad de la agencia para regular emisiones en múltiples sectores.

No parece que sea una reacción de fácil retroceso propia del señor «TACO» (así le llaman algunos en USA). Además, mientras no se le pase por la cabeza exterminar a los abogados, los quince años de certidumbre regulatoria en Estados Unidos se verá salpicada por una infinidad de revisiones judiciales, incluso políticas. De hecho, algunos analistas locales creen que la actual administración USA busca llevar el caso al Tribunal Supremo para obtener un fallo que limite permanentemente la capacidad de futuras administraciones de reinstaurar regulaciones climáticas sin nueva legislación.

Los anuncios de hace un año, unidos a las decisiones de esta semana describen claramente la ruptura estructural del consenso climático en Estados Unidos y sus implicaciones globales. Los movimientos que estamos viviendo dibujan un escenario en el que la mayor potencia económica del mundo (dicen) no solo retrocede en ambición climática, sino que desactiva los cimientos legales, financieros y simbólicos que sostenían su transición energética. Un relato político acompañado de un movimiento corporativo significativo: la salida de grandes bancos y tecnológicas de la Net‑Zero Banking Alliance, un gesto que sugiere alineamiento con la nueva administración y un repliegue de los compromisos climáticos voluntarios.

Una nueva particular decisión unilateral de lo que debemos hacer los habitantes del planeta, no solo afecta a la política climática, sino al equilibrio geopolítico y económico global.

En efecto, como he aprendido de mi amigo Ramón Casilda, decisiones como esta acentúan las posiciones de liderazgo que se disputan tres modelos económicos, la Unión Europea, los Estados Unidos, y China.

Dejando de un lado el modelo chino representado por un capitalismo de estado híbrido, solo interesado en recursos e infraestructuras en búsqueda de apoyo político, la diferencia entre la aproximación de Estados Unidos y Europa, en especial en América Latina, resulta especialmente evidente.

Estados Unidos opta por la desregulación estructural y el proteccionismo unilateral concibiendo Latinoamérica su perímetro de seguridad frente a problemas migratorios, narcotráfico o la expansión china.

En contraste, Europa, siguiendo la visión de Ramón Casilda, continúa promoviendo acuerdos de asociación entre iguales, como el caso de MERCOSUR. Acuerdos basados en la implementación de altos estándares, especialmente en materia ambiental, y el impulso y mejoras regionales.

Este enfoque europeo, fiel a su agenda verde, y que en algunos países llega incluso a hacer guiños a modelos eco-céntricos difíciles de adaptar al constitucionalismo liberal imperante en el continente, posiciona a Europa como un posible socio preferente en regiones donde la necesidad de financiación sostenible es crítica y donde la retirada de actores globales estadounidenses abre oportunidades para nuevas alianzas estratégicas.

Mientras, en medio, América Latina y el Caribe aparece como terreno decisivo donde se jugará la capacidad global de financiar la transición. Junto al continente africano, emergen, a día de hoy, como regiones altamente vulnerables al cambio climático, demandantes de más protección, más inversión y más gobernanza.

En el retroceso estadounidense, España y Europa, debieran encontrar oportunidades estratégicas en el mundo de la financiación para el desarrollo en esos territorios. Puede que la tendencia alcista de precios en los bonos en países emergentes, o la bajada de las primas de riesgo en países de frágil deuda inviten a dejar en el aparcamiento, no muy adentro, los mecanismos financieros que los últimos años han adquirido gran protagonismo en la solución de la financiación con dichos fines. Canjes de deuda y otras figuras híbridas volverán pronto seguro, pero existen otras muchas, como, por ejemplo, los sistemas de comercio de emisiones, o los fondos de impacto que, junto a otros instrumentos posiblemente infrautilizados, resultan más necesarios que nunca para no dejar caer todo lo avanzado desde el 2015.

Como en la crisis del 2002, como les sucedió a algunos bancos de la época, el problema puede que sea demasiado grande para dejarlo caer. 

Aceptadas las totalmente opuestas visiones de la actual Administración estadounidense encabezada por su presidente de origen alemán frente a la tendencia europea, cabría plantearse (al menos, los que debieran saber de esto), si es viable, y existe realmente, un espacio estratégico para que la Unión Europea —y particularmente España— refuercen su presencia en regiones clave como América Latina y el Caribe, donde la necesidad de financiación sostenible es enorme y donde la retirada de actores globales crea vacíos que otros pueden ocupar.

La pregunta que subyace es si esta divergencia será temporal o estructural, pero parece claro que, en el corto plazo, la gobernanza climática global se reconfigura, y con ella las oportunidades estratégicas para quienes sepan leer el nuevo mapa. Incluso para los que acaban de destrozar el anterior…

Película recomendada

Dr. Strangelove (1964) Original Trailer

Stanley Kubrick

*Jesús Mardomingo, es abogado de largo recorrido. Defensor de la economía naranja, el color del cacao maduro, como modelo de desarrollo en el que la diversidad cultural y la creatividad son punto clave para abordar con éxito la actual transformación social y económica que el planeta demanda.

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