Durante décadas, la moda y el entretenimiento han convivido como dos universos próximos pero no necesariamente fusionados. Uno marcaba tendencias; el otro marcaba audiencias. Uno vestía; el otro emocionaba. Pero esa frontera se ha evaporado. Hoy, la moda se consume como una serie, se comenta como un tráiler, se viraliza como un videoclip y se monetiza como una franquicia. En la nueva economía cultural, la moda ha dejado de ser una industria estética: se ha convertido en una industria narrativa. Y en el centro de esta transformación aparece una figura inédita y decisiva: el Fashion Entertainment Chief.
El legado cultural de El diablo viste de Prada no es solo nostalgia cinematográfica; es una metáfora precisa del estado del sector. La película que definió la tensión entre moda y medios vuelve a resonar justo cuando ambas industrias, por fin, se han vuelto indisociables. Lo que antes era una sátira hoy es diagnóstico: la moda no compite con otras marcas, sino con plataformas, sagas y universos creativos. Ya no basta con crear un look. Hay que crear un mundo.
El Fashion Entertainment Chief (FEC) surge para responder precisamente a este cambio estructural. Es el arquitecto detrás de la expansión cultural de las marcas: quien coordina desfiles convertidos en experiencias inmersivas, dirige contenidos audiovisuales propios, diseña colaboraciones con músicos y estudios, negocia licencias, explora espacios digitales y construye narrativas capaces de sostener una conversación global. Es, en esencia, el showrunner del lujo.
Este cambio no es estético: es económico. Las marcas que operan como productoras culturales amplían sus fuentes de ingresos —licencias, contenido, experiencias y plataformas digitales— y reducen su dependencia del ciclo tradicional de retail. El entretenimiento no es un complemento: es un multiplicador de valor.
Algunas grandes marcas globales ya han empezado a crear posiciones ejecutivas dedicadas a integrar entretenimiento, contenido y licencias dentro de su estrategia corporativa. No se trata de gestos aislados: refleja una comprensión profunda de cómo se construye hoy la relevancia. Las marcas que quieren sobrevivir ya no hablan de “colecciones”, sino de “audiencias”. El producto importa, pero es la historia la que moviliza intención de compra, comunidad y reputación.
Europa, y particularmente España, no queda al margen de esta tendencia. Con Madrid y Barcelona convertidas en polos de producción audiovisual, hubs tecnológicos y centros de creatividad global, las marcas que operan en el mercado español necesitan entender que competir en retail hoy implica competir en cultura y en atención, el recurso más escaso de la economía digital. El consumidor español —conectado, móvil, omnicanal y cada vez más exigente— responde mejor a narrativas que a campañas, a experiencias que a descuentos y a marcas que generan conversación, no solo catálogo.
En este paisaje híbrido, algunos hitos recientes han demostrado cómo el entretenimiento se ha convertido en el motor emocional del sector. Chanel, por ejemplo, transformó una estación abandonada del metro de Nueva York en un escenario cinematográfico para su Métiers d’Art: modelos saliendo de vagones reales, estética urbana, narrativa inmersiva y un casting de invitados que parecía más propio de un estreno que de un desfile. La moda compite, literalmente, por producir la escena del año.
La Gala del MET opera en la misma lógica. Lo que antes era una noche de gala es hoy un fenómeno global que funciona como pasarela, performance, escaparate, ficción, alfombra roja y estudio sociológico a la vez. Cada estilismo se diseña no solo para impactar en persona, sino para dominar titulares, generar memes, inspirar editoriales y alimentar conversación durante semanas. El MET es la demostración anual de que la moda ya no se limita a mostrar belleza: gestiona atención a escala global.
El ámbito digital amplifica esta convergencia. La colaboración entre Balenciaga y Fortnite —prendas físicas y virtuales coexistiendo, colecciones que se compran tanto en tiendas como dentro de un videojuego, estética traducida a avatares y dinámicas lúdicas— abrió una puerta que ya no se va a cerrar. Para las nuevas generaciones, la identidad se construye simultáneamente en lo físico y en lo digital, y la moda está obligada a vivir en ambos espacios. Las marcas que no lo entiendan perderán su capacidad de ser relevantes para quienes marcarán el consumo del futuro.
En este contexto, el Fashion Entertainment Chief no es un lujo ni una excentricidad: es una necesidad estructural. Es quien garantiza que la marca tenga coherencia narrativa, innovación constante, capacidad de colaboración y presencia en todos los canales donde hoy ocurre la cultura: plataformas, eventos, música, metaverso, deporte, gaming, arte contemporáneo. Es quien entiende que la competencia ya no es otra marca del sector, sino cualquier actor capaz de generar la atención del público.
Para el mercado español, donde conviven grandes enseñas de moda, grupos internacionales y un tejido creciente de marcas independientes, incorporar esta figura —o al menos esta mentalidad— puede marcar la diferencia entre ser visibles o ser irrelevantes. Entre influir o reaccionar. Entre liderar tendencias o simplemente seguirlas.
Si Miranda Priestly representaba la autoridad vertical que ordenaba el sistema desde una revista, el Fashion Entertainment Chief representa la autoridad horizontal que lo reinventa desde todos los frentes: narrativos, tecnológicos, culturales y económicos. Si Anna Wintour simboliza el criterio editorial que definió el gusto durante décadas, el FEC simboliza el criterio estratégico que definirá la supervivencia de las marcas en la próxima década.
La moda ha dejado de ser un sector que observa al entretenimiento. Ahora forma parte de él. Y quien no entienda este cambio —quien no dirija su marca como una productora cultural, quien no opere con lógica de contenido, emoción e impacto simbólico— quedará atrás.
El futuro ya no pertenece solo al diseñador. Ni al director creativo. Ni al editor. El futuro pertenece a quien sabe integrar creatividad, estrategia y narrativa en un mismo sistema operativo.
El futuro de la moda no se definirá únicamente por la creatividad, sino por la capacidad de las marcas para operar como plataformas narrativas. En la economía de la atención, el liderazgo ya no consiste solo en diseñar productos, sino en diseñar ecosistemas culturales capaces de generar relevancia sostenida. El Fashion Entertainment Chief no es una tendencia pasajera: es la manifestación ejecutiva de una industria que ha entendido que contar historias es, hoy, una ventaja competitiva.
