Me peleé mucho con el término ‘turista’ porque durante años quise llamarme a mi misma ‘viajera’. Me insistía que yo era otra cosa: pasaba más tiempo en los lugares, no hacía colas innecesarias para hacerme la foto en el monumento. Y confesaré que una parte de mí sigue siéndolo aunque hay otra que emerge con fuerza: quizás soy más turista de lo que pienso, quizás sí voy a los sitios que va mucha gente, quizás voy tres días y me compro las entradas para el museo, me como el sándwich dónde todos e intento indagar alguna cosita desconocida pero sin darme cuenta la he guardado antes en Instagram.
Lo mejor que uno puede hacer es reconciliarse con uno mismo y empezar a disfrutar en lugar de teorizar demasiado. Llegué a Florencia un miércoles y hacía 10 años que no pisaba Florencia. A mis 20 y viviendo en Milán mi recuerdo de la ciudad renacentista era de plazas en las que bebíamos cerveza y de un risotto que nos comimos entre dos en un restaurante cuyo nombre es imposible que recuerde.
Así que esta nueva yo, ya en la treintena, organizó un viaje distinto: me quedé en el Palazzo de la Gherardesca, actual Four Seasons, para empezar a discutir con la viajera y convertirla en turista fascinada. Dormir en un palazzo del siglo XV es casi parte del viaje y su capilla de la entrada provocó en mí deseos de confesión. A partir de ahí me creí una Medici, por qué no, y salí a surcar las calles húmedas de la ciudad en enero para hacer todo lo que se debe hacer en Florencia: entrar a Iglesias, mirar para arriba, entrar a la Galería de los Uffizi y perderte entre cuadros. En lo que creas que es el sótano, justo allí, habrá un Caravaggio o la famosísima Judit decapitando a Holofernes de Artemisa Gentileschi.
Tal como dicen los mandamientos del turista buscarás la foccacia estupenda de All’Antico Vinaio, mi favorita con mortadela, mozzarella, pesto y berenjena, y también honrarás la bistec alla fiorentina. Es muy fácil imaginarse siendo un noble, un mecenas Medici renacentista, llamando a Da Vinci o Botticelli para que viniesen a trabajar entre las paredes altísimas y se quedasen el tiempo que ellos quisiesen porque en el palazzo había espacio de sobra. Los Medici ya sabían que influir en la cultura era una manera de ejercer el poder y dejaron una ciudad riquísima en el desarrollo del arte y de la ciencia.
Lo que ocurre con Florencia es que no sabes si estás embriagado por el vino o por la cantidad de frescos que adornan los techos de cualquier edificio, del minúsculo o del grandioso. También te embriaga la visita al David porque es curiosa la sensación de comprobar que algo que has visto mucho en fotos existe en realidad. En Florencia pasa eso, es una ciudad hogar de lo extinto: decenas de artesanos especializados en una sola cosa conviven con las tiendas de souvenirs. Existen negocios de papelería artesanal, de marcos de cuadros, de restauración, de mocasines.
Y existen también las trattorias, impertérritas, provocando a la modernidad: Casalinga, Cammillo, Sostanza. Trattorias con muros gruesos que siempre te dejan sin internet, con fagioli, alcachofas, con queso fresco, con tallarines al ragú, vino en jarra, tiramisú que te desmayas. Después de los tallarines yo ya estaba adorando ser una sencilla turista boquiabierta y sorprendida, por eso necesité descansar y me fui a ver qué ponían en Giunti Odeon, la librería que es un cine en el que pasan películas. Ahí reposé hasta resolver que volvería a mi palazzo paseando mientras la llovizna me acariciaba y yo fotografiaba a cuantas vírgenes iluminadas por luces tenues me cruzaba.
Abrumada por la belleza colosal me sumergí en la bañera mientras observaba los frescos de mi habitación (imposible no tentarse a hacerlo). Y es que a veces jugar a lo excepcional es también divertido y ligero, un éxito. Mientras duró el hechizo, fui turista y noble del siglo XV. Fue fantástico.
