Opinión Javier Ortega Figueiral

Seguiremos moviéndonos

El primer ETR 1000 o Frecciarossa 1000 de Iryo. El tren es conocido en España como la serie 109 de Intermodalidad de Levante SA. (ILSA)

Desde hace más de tres años escribo semanalmente sobre aviación. Sobre aviones, aeropuertos, control aéreo, industria, economía y geopolítica. Sobre todo aquello que vuela y hace posible que el mundo siga conectado.

Esta semana también les voy a hablar de aviación, aunque el escenario no esté en el cielo. Les voy a hablar del ferrocarril de alta velocidad, porque en la persona sobre la que hoy escribo confluyen ambos mundos: Carlos Bertomeu Martínez, presidente de Air Nostrum y también de Iryo.

El destino, ya lo sabemos, puede ser implacable. Tras más de tres décadas al frente de una aerolínea con una trayectoria de seguridad intachable, el golpe más duro de la vida profesional de Bertomeu no llega desde el aire, sino desde la tierra. Lo ha hecho en forma de tren.

El accidente de Adamuz, ocurrido el pasado 18 de enero, es el primero en la historia de Iryo. Un suceso trágico que ha costado la vida a 45 personas y ha dejado más de 150 heridos. Un drama absoluto, ante todo, para las víctimas y sus familias. Nada puede (ni debe) relativizar eso.

Las vías

Las investigaciones preliminares apuntan a una fractura previa en la vía como causa principal del siniestro. Un fallo en la infraestructura, no en el material rodante, que era prácticamente nuevo y había superado todas sus revisiones días antes. Habrá que esperar a que la investigación avance y se esclarezcan completamente las causas. Así debe ser siempre: con rigor, con tiempo y sin conclusiones precipitadas.

Sin embargo, como ocurre casi siempre tras una tragedia, el accidente ha provocado un debate inmediato, intenso y en ocasiones desbordado sobre la seguridad ferroviaria en España. El miedo ha circulado más rápido que los hechos. Incidentes menores, averías o retrasos recientes se han amplificado como si fueran señales de un colapso generalizado.

Conviene detenerse y poner contexto. El ferrocarril de alta velocidad en España es uno de los sistemas más seguros del mundo. Millones de personas recorren cada año miles de kilómetros con total normalidad. Recordarlo no minimiza la tragedia y nada puede hacerlo, aunque sí evita que un suceso excepcional acabe deslegitimando un modelo que, en términos generales, funciona con niveles de seguridad muy elevados, comparables a los de la aviación comercial.

Detalle del morro de un Airbus A220. Un proyecto 100% canadiense en origen y que podría ser el futuro avión-tipo en la flota de Air Nostrum (Bombardier).

Vida cotidiana

Cada día, en un coche de tren cualquiera, alguien trabaja frente a su portátil, otra persona mira por la ventana, alguien habla con un ser querido, una pareja planea el fin de semana o un viajero simplemente piensa. Pensar también es viajar. Un tren, como un avión o un ferry, no es solo un medio de transporte: es un espacio de vida cotidiana. Y esa normalidad silenciosa, multiplicada por millones, suele desaparecer del debate cuando el ruido lo invade todo.

En medio de esta tormenta mediática y emocional, la reacción del presidente de la compañía ha llegado desde un lugar poco habitual en tiempos de crisis: la humanidad. Su comparecencia pública, visiblemente afectado, asumiendo la responsabilidad que le corresponde y ofreciendo colaboración total con las autoridades, fue un ejercicio de liderazgo sereno y poco frecuente. No hubo excusas. No hubo refugio en el silencio. Hubo alguien dando la cara.

El transporte (aéreo, ferroviario o marítimo) trata ante todo de personas. De vidas que se cruzan, de trayectos que comienzan y que, a veces, de forma injusta, no llegan a terminar. Por eso, además de investigar, mejorar infraestructuras y reforzar la seguridad, que es una obligación irrenunciable, conviene también recordar algo esencial: no dejarnos arrastrar por el alarmismo ni por el miedo paralizante.

No sabemos cuál va a ser nuestro último día. Ninguno de nosotros lo sabe. Precisamente por eso, quizá convenga vivir con un poco más de conciencia. Decir a las personas que apreciamos que las apreciamos y que las queremos. Decirlo más veces. No dar nada por supuesto.

Una aurora boreal desde la ventana de un A321XLR durante vuelo de pruebas sobre el polo norte. Los viajes traen cosas inesperadas. (Airbus)

De ahí nace esta columna. Es una tribuna de opinión escrita con respeto. Con respeto a las víctimas y a sus familias. Y también a quienes, en medio del dolor, tienen que seguir adelante.

Seguiremos tomando trenes.

Seguiremos navegando.

Seguiremos volando.

Seguiremos viviendo.

No por inconsciencia, sino porque la vida, incluso golpeada, sigue siendo el viaje más valioso que tenemos.

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