El 10 de enero de 2026, cuatro vuelos de Yemenia Airways evacuaron a 609 turistas extranjeros que habían quedado atrapados, literalmente, en la isla yemení de Socotra. Entre ellos, una veintena de españoles. La operación, coordinada con autoridades saudíes y yemeníes, trasladó a los pasajeros hasta Yida, en Arabia Saudí, tras semanas de incertidumbre. No hubo incidentes graves. Todo salió bien.
Sin embargo, este episodio encierra un pequeño escándalo diplomático y también aeronáutico.
Socotra, archipiélago declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es uno de esos destinos que parecen sacados de otro planeta: árboles de sangre de dragón, biodiversidad única y paisajes casi irreales. Durante años fue accesible desde Abu Dabi mediante vuelos regulares operados por aerolíneas emiratíes. Sin embargo, a finales de diciembre de 2025 el tablero geopolítico se movió: la retirada forzada de Emiratos Árabes Unidos tras un ultimátum saudí, en el contexto de la interminable pugna por el control de Yemen, provocó la suspensión de vuelos y el cierre efectivo de la isla.
Resultado: más de 600 turistas extranjeros varados desde el 22 de diciembre. Rusos, polacos, estadounidenses, italianos, brasileños… y, sí, una veintena de españoles.
El Ministerio de Asuntos Exteriores español lo tenía (y lo tiene) meridianamente claro: viajar a Yemen está desaconsejado bajo cualquier circunstancia, incluida Socotra. Nivel de alerta máximo. Embajada cerrada desde hace años. Asistencia consular limitada y remota, gestionada desde El Cairo. No es una recomendación ambigua; es un “no vaya bajo ningún concepto” que cualquiera puede leer en la sección oficial de recomendaciones de viaje.

Aun así, muchos de estos viajeros, en su mayoría integrados en grupos organizados por agencias especializadas en turismo off the beaten path, decidieron pasar allí las fiestas. El guía de uno de los grupos españoles llegó a declarar que los turistas “se alegran de haber ido” y que “volverían”. Como si un cierre aéreo provocado por tensiones geopolíticas (una guerra, en definitiva) fuera un fenómeno natural imprevisible, y no una advertencia explícita conscientemente ignorada.
Aquí aparece el actor más inesperado de esta historia: Yemenia Airways.
La aerolínea nacional yemení opera en condiciones que rozan lo imposible. En mayo de 2025, ataques israelíes en respuesta a lanzamientos de misiles hutíes destruyeron buena parte de su flota en el aeropuerto de Saná: varios A320 y al menos un A330 quedaron calcinados. Las pérdidas se contaron en cientos de millones de dólares. Yemenia quedó reducida a un puñado de aviones operativos, en un país sumido en un largo conflicto armado desde hace diez años.
Es curioso estar escribiéndoles hoy sobre una aerolínea tan poco habitual en nuestras latitudes. De hecho, solo he visto un avión de Yemenia en persona una vez. Fue hace años, en el centro de mantenimiento de EgyptAir en El Cairo. Yemenia era apenas un nombre pintado en un fuselaje lejano, casi exótico y con piezas desmontadas. Hoy, esa misma aerolínea es la que ha tenido que poner los aviones para evacuar a cientos de turistas atrapados en un territorio en guerra.
Porque cuando tocó evacuar a los viajeros bloqueados en Socotra, fue Yemenia la que respondió. Cuatro vuelos, con prioridad para familias, personas mayores, niños y pasajeros con problemas médicos. La ironía es difícil de ignorar: una compañía de aviación golpeada hasta casi la asfixia por la geopolítica termina rescatando a quienes decidieron visitar precisamente ese escenario de conflicto.

Seamos claros y conscientes
No se trata de negar el derecho a la asistencia consular. La Convención de Viena lo garantiza y, afortunadamente, así debe ser. Cuando las cosas se tuercen, todos merecemos ayuda. El problema es otro: el patrón que se repite.
Cada vez más viajeros asumen riesgos extremos, ignoran advertencias oficiales claras y confían en que, llegado el momento, el sistema (Estados, aerolíneas, fuerzas armadas o diplomacia) acudirá al rescate “porque yo soy de…”. Lo vimos en Afganistán, en Ucrania, en Tailandia y ahora en una isla remota de Yemen.
En este caso, el coste directo lo asumió Yemenia con apoyo saudí. Pero la coordinación consular española, aunque limitada, movilizó recursos públicos. Y si la situación se hubiera deteriorado, nadie duda de que la presión política para una evacuación mayor habría sido inmediata.
El debate no es moral. Es práctico. Y profundamente aeronáutico.
El turismo de “yo sí he estado allí” y de coleccionar sellos raros en el pasaporte, choca frontalmente con un mundo donde un pulso entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos puede cerrar una isla en un territorio en guerra de un día para otro. Las agencias que comercializan este tipo de viajes deberían asumir mayores responsabilidades legales y de transparencia. Y los viajeros, quizá, plantearse seguros que cubran evacuaciones de este calibre, en lugar de trasladar el riesgo, directa o indirectamente, al contribuyente o a aerolíneas que ya operan al límite.

Yemenia sale de esta historia como símbolo involuntario de resiliencia operativa. También aparece como recordatorio de una realidad incómoda: en aviación, como en geopolítica, las decisiones individuales imprudentes acaban teniendo consecuencias colectivas.
Socotra es espectacular, no hay duda. Pero hay aventuras que no requieren ignorar un aviso oficial de nivel máximo. Y en un sector que ya lidia con suficiente inestabilidad, lo último que necesita la aviación, y los presupuestos de los Estados, es cargar, además, con la irresponsabilidad voluntaria de algunos pasajeros que no viajan por obligación.
