Lo más deslumbrante que 2025 nos enseñó es lo fácil que es meterse en problemas, reales o inventados. Lo fácil que resulta que a tu alrededor, por cualquier motivo, o sin ninguno, se organice un gran escándalo. Políticos, artistas, periodistas, muchos han sido los expuestos, los linchados. Demasiada sangre, la siguiente podría ser la tuya. Entre los últimos días del año pasado y los primeros de 2026 he vuelto a las dos primeras temporadas de House of Cards, por el gusto de ver a Kevin Spacey. Lo borraron de la serie en la última temporada, cuando fue acusado de abuso sexual. Se quedó sin trabajo, se arruinó pagando abogados, nadie dio la cara por él y ha sido finalmente absuelto de todos los cargos. Todos y cada uno. No culpable.
La vida de un hombre fue destruida sin motivo, su carrera desprestigiada, sus finanzas arrasadas. Y si crees que esto no podría pasarte a ti, tienes un problema de falta de imaginación, pero de lo que sobre todo careces es de sentido de la realidad. Es lamentable que así sea y todavía más triste que no esté en nuestras manos evitarlo. Lo que sí podemos hacer es no abandonar a las personas a las que queremos cuando caen en desgracia. Primero, porque tras toda tormenta moderna suele haber mucho más ruido que agua, pero también porque no podemos caer en esta repugnante tendencia calvinista de ser el microscopio de nuestros seres queridos.
Querer es una decisión, no un juicio. No somos la lupa de las imperfecciones de los demás. Elegimos a nuestros amigos, es verdad, pero lo que más en el fondo elegimos es nuestro amor, la calidad de nuestro amor y nuestra manera de darlo. Esto no puede estar sujeto al parte meteorológico: sólo puede estar tensado con Dios, con lo que en nosotros hay de eterno y de sagrado. Cualquier otra manera de entenderlo nos aleja de una concepción entera de nuestra humanidad.
Tendremos nuevas demostraciones de barbarie en este 2026 y algunas nos caerán no tan lejanas. Y podríamos hacerlo mejor que hasta ahora. Podríamos ofrecer una versión más interesante, más sincera, más comprometida de nosotros mismos. Algo que no fuera el mero espejo de la crueldad, del encarnizamiento, de este afán ultraupuro por usar los defectos para destruir la vida de los otros en un desolado paisaje en que parece que las virtudes han dejado de ser lo importante.
Kevin Spacey ha vuelto a las pantallas con Minimarket, una comedia italiana de bajo presupuesto para la RAI. Esperemos que sea el primer -aunque algo humillante- paso hacia su rehabilitación total. Por su bien, por el bien del cine, y por el bien de todos y cada uno de nosotros.
