Hay muchas cosas que la ciencia es incapaz de explicar, como que Raúl González Blanco jugase mejor con el pelo largo, que cualquier cable se enrolle solo, que un pequeño toque en la zona noble masculina duela más que un gran golpe o que los ombligos sean pequeñas fábricas de algodón (hubo un australiano que entró en el libro Guiness por coleccionarlo durante 26 años).

Es curioso cómo el día a día está lleno de pequeñas curiosidades, la mayoría de las veces inexplicables, muchas veces cuestiones únicamente creadas por nuestra mente. Lo pensaba el otro día haciendo ejercicio en casa, algo que me cunde poco, la verdad sea dicha. Si me proponía hacer diez flexiones, la novena y la décima se convertían en un esfuerzo titánico; si, por el contrario, me planteaba llegar a quince, eran la decimocuarta y la decimoquinta las que me agotaban, pero no tanto las anteriores. Supongo que se trata de una cuestión de expectativa, en gran parte, pero también de que cuando estamos llegando al final las cosas siempre cuestan más.

Hace casi un año, aunque tampoco con esto hay demasiadas certezas, empezó a gestarse y expandirse un virus que ha cambiado el mundo. Aunque hayan sido meses de perro, que se han hecho tan largos como subir en el ascensor con un vecino que te cae mal, parece que por fin estamos llegando al final. O al principio del final. No es que vaya bien, ni mucho menos, ni que haya una unidad política edificante, pero en el horizonte aparece ya una vacunación casi inminente que inyecta algo de optimismo. Y yo, de repente, estoy más cansado que nunca, me parece más dura la última flexión, la abdominal que me resta. Ni en el confinamiento de marzo hubo tanto agotamiento. Ahora que sabemos que quizá estemos en la recta final, todo empieza a hacerse un poco más largo.

Imagino que, cuando se acerca el final, uno empieza a ser consciente de todo el esfuerzo que se ha realizado en el camino. La cabeza es así de poderosa, nos lanza ‘flashbacks’ que nos recuerdan lo difícil que ha sido llegar hasta ahí. En cualquier carrera el último kilómetro es siempre el más duro, la última hora cuando se espera es siempre la más larga, los últimos días son siempre los que más pesan.

Quizá la solución sea, como con las flexiones, fijar un marco temporal más amplio, pensar que la ansiada normalidad, la de verdad, no está a la vuelta de la esquina. Puede que así, al menos, estos días no se hagan tan complicados y tediosos, y evitemos que el ácido láctico nos suba tanto que no podamos soportar el dolor. Y, si nuestra cotidianidad y esa vida de 2019 nos coge por sorpresa flexionando el abdomen y entregados al máximo al esfuerzo sin pensar en cuándo va a terminar, celebraremos sin haber sufrido tanto que hemos llegado de verdad hasta el final. Y, por supuesto, lo haremos con una mejor tableta.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.