Las empresas jugamos un papel muy relevante en el día a día de nuestros empleados, no solo en la relación laboral que establecemos con ellos, y esto ha quedado de manifiesto especialmente durante la pandemia. El nivel de influencia que alcanzan las compañías nos obliga a asumir el compromiso de informarles y de facilitarles el acceso a opciones que les hagan la vida más sencilla y también más saludable. Para los departamentos de recursos humanos, esto se traduce en medidas para la concienciación y adopción de nuevos hábitos; para las empresas proveedoras, en idear métodos que hagan realmente efectivo este cambio.

La responsabilidad es, como suele ocurrir, un poco de todos. Está en manos de cada individuo elegir qué comer, dónde comprar qué alimentos y cuándo. Pero sobre aquellas empresas que nos involucramos en algún punto de la cadena de producción también recae cierta responsabilidad. Si está en nuestra mano fomentar el consumo de proximidad, podemos aportar medidas para reducir las más de cuatro millones de toneladas de CO2 que generamos en España únicamente con los alimentos importados.

La Comisión Europea anunciaba recientemente que solo el transporte de alimentos produce el 20 % de las emisiones de gases de efecto invernadero en el continente. Cada vez más, adaptándose a nuestro estilo de vida, solicitamos que los alimentos vengan desde más lejos y más rápido: queremos fresas en enero, y el plato que cocinan en un restaurante en la otra punta de la ciudad, en quince minutos. Estos pequeños caprichos llevan su propio cuentakilómetros: los del país tropical del que se importa el alimento y los del repartidor que nos lo acerca a casa, además de todos los intermedios.

Por otro lado, haya atravesado un océano o provenga de un huerto cercano, el desperdicio de alimentos agrava la situación del planeta (ocho millones de toneladas de comida se tiran a la basura cada año en nuestro país, según Too Good To Go). Es el rompecabezas diario de los restaurantes, pues la gestión del stock sigue siendo un problema para muchos establecimientos, particularmente para los más pequeños. Aunque la cocina de aprovechamiento es una realidad para muchos negocios, es muy difícil predecir qué se va a vender al final del día y qué no. Por fortuna, cada vez hay más herramientas que facilitan ese cálculo, y opciones de reserva de los consumidores que ayudan a planificar la compra. Incluso existen plataformas que hacen una enorme labor conectando a restaurantes y usuarios para evitar que toneladas de comida acaben en la basura.

Según la FAO, el desperdicio y la pérdida de alimentos suponen la emisión de 4,4 gigatoneladas de gases de efecto invernadero cada año. Esto, sumado a toda la energía empleada –y vertida a la atmósfera- del transporte hasta llegar a nuestra mesa, hace del tema que nos atañe una situación preocupante. Nuestra responsabilidad como empresas es hacer conscientes de todo esto a los empleados, pero también darles las herramientas para que puedan ponerle solución. Promover entre ellos el consumo de proximidad, los alimentos de temporada o las opciones para evitar el desperdicio nos lo van a agradecer ellos, su salud, su bolsillo y el planeta.

Asumimos que el papel que jugamos las empresas en la vida de las personas no es solo de empleadores o proveedores de bienes y servicios, sino que nuestro discurso y nuestro ejemplo tienen un alcance relevante para contribuir a la sostenibilidad del planeta. Y eso, en un día como hoy, es importante recordarlo.