“Yo digo Pesi, que soy de Fuenla”. Siempre que pienso en Fernando Torres (más de lo que podéis imaginar, porque cada mecha amarilla que veo por la calle me recuerda a él) me viene a la cabeza este anuncio de Pepsi que protagonizó hace ya casi 20 años, cuando le invitaban a cualquier cosa, incluido el videoclip de “Ya nada volverá a ser como antes”, de El Canto Del Loco. Con sus patas de galgo y sus pecas de irlandés, siempre me pareció un delantero de corte europeo, poco español, demasiado físico y poco técnico. Fue un gran futbolista, referente nacional desde 2008, pero yo debo reconocer que nunca fue mi estilo. Tenía el cuádriceps de un gamo, sí, pero era de esos jugadores que cuando tienen la capacidad de pensar deciden peor. Si todo acontecía rápido, era casi imparable; si había un segundo para recapacitar, fallaba. Nunca manejó uno de los mayores dones que alguien puede tener: la pausa.

La pausa es seguramente una de las armas más valiosas que va adquiriéndose con la madurez. Implica dominar la situación, observar con claridad y calma lo que acontece alrededor. Se trata de esa sensación de ser Neo en Matrix, capaz de ver a cámara lenta las balas y esquivarlas con toda la parsimonia. Porque precisamente la pausa es eso: mantener la compostura cuando la situación es compleja. Como el ciclista que cede la responsabilidad a otro para perseguir un ataque, como quien otorga conscientemente a otro la iniciativa para que muestre sus cartas. La pausa no es otra cosa que poner el mundo a cámara lenta y, sencillamente, dedicarse a ver cómo es cada uno de sus recovecos.

La pausa es la magia de dominar el silencio y la expectativa. Su exceso se acerca al pasotismo y su defecto es consecuencia del afán. Por eso es tan difícil de controlar. Al principio se hace de forma consciente; empieza con un “Voy a dar una vuelta antes de contestar a un email” y, con el paso del tiempo, termina convirtiéndose en sabiduría, cuya condición sine qua non es la experiencia. El proceso hasta llegar a conseguirla es arduo, pero, con sólo manejarla una vez, uno ya sabe que está ante una estoica versión de sí mismo, frente al estado más consciente que podemos alcanzar. Más que vivir en el presente es dominarlo, jugar con él, llevar su tempo.

Cada vez que me equivoco, muchas más veces de las que me gustaría, me doy cuenta de que el error que ha propiciado mis fallos suele ser el mismo: no haber tenido un mayor control de la situación, no haberla entendido mejor para saber manejarla, no haber dejado una fracción de segundo para verlo todo con nitidez. No haber tenido pausa. Supongo que a veces nos pasa lo mismo que le sucedía a Fernando Torres cuando cogía el balón y tenía ante sí un mundo de decisiones; en vez de pararse a pensar con todos los sentidos y manejar todas las opciones, intentaba resolverlas de forma apresurada. Si uno mira su carrera, verá decenas de goles al primer toque y muy pocos sopesados, marcados poco a poco. Por eso, más que una cuestión de acento, pienso que decir “Pesi” era más bien una manera de intentar solucionar demasiado rápido la palabra “Pepsi”.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.