El tupé de Travolta en ‘Grease’. Las vacaciones de los profesores. La piscina de Davor Šuker. Los que tienen buena mano para la bechamel. La mandíbula de Brad Pitt. Las espaldas sin pelo. El metabolismo de Chris Hemsworth. Los que tienen terraza en medio de la ciudad. Las pieles con poros cerrados. La voz de Carlos Tarque. Quienes se levantan de buen humor por la mañana. Los que saben silbar alto. Los que siempre hacen jornada de 7:00 a 15:00. Los que sudan poco. Los que lían bien… los pitillos. El brazo izquierdo de Rafa Nadal. Los que tienen columnas o vigas en su casa. Los que saben bailar. Liam Gallagher. Los que aparcan bien. Quienes ganan al Pictionary. Todo lo citado anteriormente tiene algo en común: me da envidia. Ya lo habríais imaginado, equipo.

La primera vez que fui consciente de que estaba siendo envidioso tendría unos 10 años. Estoy convencido de que había pecado antes muchas veces, pero la revelación tuvo lugar en esa edad prepúber. Fue un día de verano normal en aquella época en la que las vacaciones duraban casi tres preciosos meses sólo mancillados por los cuadernos Santillana; veranos de cine popular, batallas entre Robregordo y Cintruénigo en el Grand Prix y alguna canción del verano, como la de aquel 1998, cuyos delicados e ilustrados versos decían, además del pegadizo “Go, go, go. Allez, Allez, Allez”: “Como Caín y Abel, es un partido cruel” y “Tu instinto natural vencer a tu rival”. Lo pienso ahora y quizá Ricky Martin instigó con esas noveladas estrofas mi triste encuentro con la envidia. ¿No creéis?

Con 10 años uno empieza a caminar en esa etapa en la que aún no toma las decisiones sobre cómo viste, pero ya es capaz de sentirse ridículo. A mí me seguía vistiendo mi madre con toda su buena intención, pero yo empezaba a verme como si llevase puesto el traje de marinero de la primera comunión o como si la ropa fuera de segunda mano (solía serlo, siempre la heredaba de mi hermano). El atuendo clásico para ir a la pista de fútbol era un traje de baño color piscina que me irritaba las ingles y una camiseta de alguna marca de las que no molan, un Romester cualquiera. Me colgaban las llaves de casa del cuello con una cuerda que ni siquiera tenía un pase en San Blas y que yo gustoso habría quemado. La joya de la corona eran unas zapatillas blancas con dos cintas de velcro, ese material que sólo debería ser aceptable en los pantalones de un ‘stripper’.

Así iba yo el día en que descubrí la envidia. Las pachangas que jugábamos juntaban a varios habituales del pueblo con niños de paso que se unían a nosotros. Es curioso lo que recordamos. Me acuerdo de pocos de estos últimos, sólo de un chico de Lleida al que le olía el aliento a chorizo y de David, alias Deivid, un chaval rubio de Madrid. Al ilerdense lo guardo en la memoria olfativa, al otro no lo olvidaré jamás. Deivid llevaba una camiseta del Real Madrid con el antológico patrocinio de Teka (aún la globalización era tan incipiente como la calvicie del Cholo Simeone en 2013), una pulsera surfera y, sobre todo, unas flamantes Nike Air Max celebradas con efusividad por varios de mis amigos. Adquirir consciencia de ir vestido por mi madre, sumado al éxito de Deivid, me inflamó como si hubiera bebido Coca-Cola con Mentos y me hizo reaccionar pisando sus zapatillas con las mías de velcro e instando a los demás a que también lo hicieran. El pobre Deivid se marchó al borde de las lágrimas y con sus preciosas zapatillas negras llenas de polvo. No me siento orgulloso.

Hoy pienso en aquel día de esos años en que aún se editaba el disco Blanco y Negro Mix y me doy cuenta de que las zapatillas sólo fueron el detonante, que en realidad mi frustración se debía a que mis amigos prestaban atención plena a otra persona que yo en realidad consideraba más versada en la vida. Porque normalmente la envidia se manifiesta con pequeños actos ridículos, piques cotidianos aparentemente inofensivos, pero en nuestro interior desata la marea. Es un sentimiento tan corrosivo como las heces de las palomas, tanto que casi nunca nos atrevemos a verbalizarlo. Reconocer aquello que nos da envidia es vergonzoso; por eso preferimos callárnoslo y tratar de obviarlo, exteriorizándolo a través de ironías o pequeñas afrentas. Sería bochornoso admitir ante alguien, normalmente cercano, que nos da envidia que le vaya bien, porque estaríamos manifestando la realidad: que somos tremendamente egoístas.

Confundimos lo que nos gustaría tener con lo que desearíamos que el otro no tuviera. Lo segundo es envidia, lo primero anhelo. Por eso, todos los ejemplos del principio no muestran en realidad aquello que envidio (no me atrevería a confesarlo), sino lo que me gustaría tener sin necesidad de que el otro no lo posea. Ojalá me engominase el tupé de Travolta, pero no quiero que quien dio vida a Danny Zuko se convierta en John Malkovich; me encantaría tener por unas horas la actitud de Liam Gallagher, pero no pido que él se convierta en Melendi; tampoco deseo que Brad Pitt tenga la mandíbula de José Luis Martínez-Almeida, pero quién exhibiese esos maxilares. La envidia es silenciosa, tóxica, se hace fuerte con nuestras debilidades y nos carcome, es tan mala para nuestro yo interior como un triplete de dürüms con extra de picante.

Muchos aplican el tópico del “todo es bueno en su justa medida”, frase que yo siempre he empleado o bien para justificar mis excesos (tras comer un bollo de mantequilla, pongamos por ejemplo) o para dar una explicación cuando me canso de algo (ver un par de minutos de “El Hormiguero”). Según este argumento, un poco de envidia fomentaría la autoexigencia y la competitividad, haciéndonos un poco mejores.  No creo que sea posible, dado que nos mueve a no actuar con deportividad e imposibilita la alegría genuina por el otro. Como me pasó a mí con Deivid. No sé qué habrá sido de él, pero quiero pensar que hoy calza unas bonitas y limpias Nike Cortez que espero que ningún energúmeno envidioso con zapatillas de velcro pise y que, a pesar de mi penoso acto, él también recuerde con alegría ese verano en el que cantábamos “¡Tú y yo! Allez, Allez, Allez” cuando todavía no había muchos perros llamados Ricky.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.