Si uno observa Egipto desde un satélite apreciará lo estrecho que es el hilo de vida. El Nilo serpentea hacia el norte entre las dunas del desierto y apenas es capaz de colorear de verde unas finas, delicadas y débiles márgenes de existencia. En Egipto nació una de las primeras civilizaciones humanas y allí se va a celebrar esta semana la COP27, la Cumbre del Clima. El cambio climático es, precisamente, uno de los mayores desafíos, quizá el mayor, al que se enfrenta la civilización. El Nilo es sinónimo de renacimiento. Todos los años sus crecidas inundaban las orillas y los campos de cultivo. El negro lodo que arrastran sus aguas desde las Montañas de la Luna transporta prosperidad. Crucemos los dedos. Sharm el-Sheikh es la sede de esta Conferencia Mundial sobre el Clima. Sharm el-Sheikh es una ciudad balneario emparedada entre el desierto del Sinaí y el Mar Rojo. Las aguas que Moisés abrió en canal y las arenas por las que anduvo perdido durante cuarenta años. Así marcha ahora mismo el Planeta. Abierto en canal por las tensiones geoestratégicas y la incoherencia política, social y económica y el cambio climático que avanza desenfrenadamente cogido en volandas del Simún, el viento ardiente de las dunas.

El último informe de Naciones Unidas revela que los planes climáticos de los diferentes países son insuficientes y que el calentamiento global medio alcanzará los 2,5 grados. Las emisiones presentarán su pico máximo en 2030. Tarde. Podemos llegar tarde para lograr el renacimiento y regeneración del Planeta. Se han registrado avances, pero escasos. El objetivo establecido en el Acuerdo de París pasa por no superar un incremento de 1,5 grados. Ahora mismo, la temperatura media del globo está 1,1 grados Celsius por encima del nivel preindustrial. Y las consecuencias no esperan, se aprecian en estos mismos instantes. La revista Lancet publicaba estos días que han aumentado considerablemente las afecciones respiratorias y la salud mental se resiente. Las olas de calor de este verano provocaron más de 5.000 muertes sólo en nuestro país, según el Instituto Carlos III.

Las consecuencias económicas son también visibles. El aumento de temperatura llega acompañado de menos precipitaciones e irregulares. La sequía se adueña de campos y cosechas. Sin salir de España, la vendimia ha dejado muchos capachos vacíos. La cosecha del olivar ha caído alrededor del 40%. La sequía ha dejado un reguero de pobreza y pantanos vacíos. Las noches tórridas, con el termómetro incandescente, han provocado un estrés añadido a los cultivos, a las plantas e incendios forestales más pavorosos. Los agricultores son los primeros que sufren estas modificaciones ambientales. En el norte, los vitivinicultores van lentamente escalando las laderas de las montañas, sembrando sus cepas en alturas más elevadas buscando temperaturas más suaves. El problema es cuando lleguen a la cima. En La Mancha se cambian modelos de producción, se poda la viña para que ella misma proteja la uva del sol, una especie de sombrilla natural, que dé cobijo y capture el mayor frescor posible de la tierra. Casi el 30% de la superficie terrestre mundial se ha visto dañado por alguna sequía extrema en la última década, según Naciones Unidas.

El sector agroindustrial no es el único que consulta con profusión a la Agencia Estatal de Meteorología. En el Levante, las diferentes tormentas otoñales, las ahora famosas “DANAS”, han barrido la costa y arañado toneladas de arena de las playas menguantes. Financiar una hipoteca para una vivienda en el litoral se promete cada día más complicado. A un Euribor más caro se unen los estudios urbanísticos y geográficos que efectúan las entidades financieras para analizar los riesgos que conlleva el avance de la línea costera.

El turismo es una de nuestras más competitivas industrias. Apenas ha superado la Covid y ahora se enfrenta a un nuevo reto. El modelo de Sol y Playa puede hacer aguas y agujerear las cuentas de resultados de las empresas del sector si las temperaturas siguen al alza en el Mediterráneo. Este verano, en el Mar Balear se han llegado a superar los 30 grados. Por eso no es extraño que países del norte de Europa comiencen a hacer cálculos para desarrollar su propia industria turística. Las siempre frías y ventosas playas de Brighton colocaban este año el cartel de completo.

En el sector de la energía llegan noticias contradictorias. La invasión rusa de Ucrania ha encarecido las energías más tradicionales, como el gas. La inflación golpea duro a empresas y hogares y, a la vez, obliga a aguzar el ingenio. Se aceleran las inversiones en energías renovables que no solo son más limpias, es que, aunque inestables comienzan a ser más baratas. Son sostenibles y aportan independencia estratégica a Europa no solo ante Rusia, sino también hacia sus nuevos aliados, los países exportadores de petróleo. Por eso ha sido sorprendente y escasamente ejemplar que en el PERTE del Vehículo Eléctrico apenas se concediera el 20% de los fondos europeos previstos. Un derrape en toda regla.

En Egipto, con el seco aire del desierto y los efluvios hidrocarburos de los relativamente cercanos campos petrolíferos saudíes, el mundo debe encontrar alguna fórmula que encauce, como las aguas del Nilo, las medidas para enfrentarnos al reto más decisivo de nuestra sociedad. En el país que alumbró Alejandría, que cobijó a Eratóstenes y a Hipatia, la lucha contra el cambio climático no es cosa única de científicos y sabios, también es responsabilidad de políticos, empresas y de los propios ciudadanos. Todo para no acabar momificados.