Los jueves universitarios eran increíbles. Supongo que todavía lo son. Las fiestas en esa época tienen una energía única, como si supieras que son los últimos cartuchos antes de comenzar con preocupaciones mayores, hay cierto aire de estertor que hace disfrutarlos más. Aún dispones de la vitalidad de un reciente adulto, esa batería cargada que te permite repetir la misma juerga al día siguiente. Hoy me sentiría como tras un partido en La Paz el viernes de después, pero por aquel entonces era capaz de volver de la discoteca Bataplán de madrugada y estar apenas un par de horas después tomando apuntes y haciendo preguntas. Para muchos, no ir era una comprensible opción; sin embargo, yo siempre intentaba estar al pie del cañón, en parte porque me gustaba estudiar, en parte porque me había metido en el papel de fiestero estudioso.

Muchas veces me visitaban mis amigos de Bilbao. Unas pizzas, unas ‘plays’, bebida, los bajos de la Concha y a la discoteca. Un día vino mi amigo David y, no sé cómo, terminamos considerando muertos de la risa que era una buena idea que me acompañase a clase la mañana siguiente, como si fuese un alumno más. En mi carrera no había clases de 200 personas, era algo bastante más manejable, así que esa decisión de beodos tenía riesgo y, por tanto, era todavía más divertida y apetecible. Podía parecer un compromiso de borrachos, pero nada más lejos de la realidad: a las nueve de la mañana, puntuales y bien aseados, ambos entrábamos por la puerta de clase como si no pasase nada.

Aquellas dos horas son inolvidables. Mi amigo David prestaba fingida atención a lo que el profesor contaba y de vez en cuando tomaba algunos apuntes, que luego comprobé que eran simples garabatos con su firma, su nombre, líneas y algunas formas apepinadas recurrentes en las paredes de toda España y que por algún motivo a los garrulos nos hacen tanta gracia. El tutor empezó a olerse que algo raro pasaba y rondaba el sitio de mi colega con aspecto contrariado. Algo sucedía, pero no le venía a la cabeza qué. Siempre que se acercaba a David, éste se inclinaba a tomar apuntes o mordía pensativo el boli, como si prestase atención. Sus miradas se cruzaron varias veces y se veía que el profesor no las tenía todas consigo, pero no dijo nada. Quizá pensó que era un alumno que había cambiado de look o, sencillamente, le dio vergüenza que no le viniera a la cabeza quién era.

Muchas veces he tenido la misma sensación que este maestro universitario con muchos proyectos. Todo puede estar en aparente tranquilidad, ordenadito y limpio, todos contentos, pero hay una sensación rara, una intuición de que algo no termina de funcionar, de que sobra o falta un elemento. Además, se suma una certeza premonitoria de que, si eso ve la luz, no funcionará. En esos momentos es fundamental parar un segundo, hacer clic, detectar cuál es el factor desestabilizador y eliminarlo. Aunque agradeceré eternamente a ese profesor que no hiciese nada, pienso que lo que en realidad debió hacer era detenerse, mirar atentamente a David y preguntarle: ¿Tú quién eres?

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.