Para cualquier niño que creciera durante los años ochenta, los sábados por la tarde eran el momento culmen de la semana televisiva. Después del telediario de la hora de comer, llegaban los dibujos animados de las tres y media, una especie de institución nacional que permitía a los padres abandonarse a los vapores de la siesta mientras los más pequeños de la casa se tiraban por el suelo del salón, para acercarse aún más a la pantalla catódica y disfrutar así de media hora de placer máximo con series como D’Artacán y los tres Mosqueperros, La vuelta al mundo de Willy Fog o David, el gnomo.

Si a cualquiera de esos niños despreocupados de ayer (hoy adultos más o menos maduros, caminando –ahora sí, preocupadamente– entre los cuarenta y los cincuenta tacos), se les da el pie inicial de cualquiera de las sintonías que sonaban aquellos mágicos sábados por la tarde (“Eran uno, dos y tres, los famosos Mosqueperros…”), una especie de resorte oxidado se disparará en una caja fuerte cerrada de su memoria, obligándoles a continuar inevitablemente la letra de la melodía (“…y el pequeño D’artacán siempre va con ellos”). Si creen que exagero, hagan la prueba.

Aún recuerdo un concierto en la sala Clamores de Madrid, a principios de los 2000, donde tocaba el excéntrico artista argentino Andy Chango. Durante los bises, por sorpresa, se arrancó al piano con una iconoclasta versión de David, el gnomo, lo que provocó una explosión de júbilo entre el público, el cual empezó a gritar como una sola voz aquello de “…soy siete veces más fuerte que tú… y veloz”.  

El culpable de tantas y tantas horas de felicidad y entrañables recuerdos se llamaba Claudio Biern Boyd y fallecía ayer, 17 de octubre, a los 81 años de edad. Productor audiovisual dotado de una enorme visión comercial de futuro, fundó la empresa BRB a principios de la década de los 70, compañía con la que gestionó los derechos y venta de productos oficiales de algunas de las series de dibujos animados más legendarias y mitológicas de aquella época, como La abeja Maya, Vickie el vikingo o Mazinger Z, hasta que en 1980 decidiera dar el salto a la producción, convirtiéndose a partir de entonces en el gran referente de la animación infantil nacional.

Nacido en Palma de Mallorca, de padre español y madre escocesa, Claudio Biern tenía formación en Derecho, aunque había trabajado inicialmente en el departamento de marketing de algunas multinacionales. No dibujaba, por tanto, ni tenía vocación artística alguna. Lo suyo era adaptar viejos clásicos infantiles al lenguaje moderno audiovisual y construir a su alrededor un universo de personajes, canciones y merchandising propio (tebeos, cromos, discos, pósters o pastelitos para la merienda), una especie de Walt Disney a la mediterránea.

Miembro fundador de la Academia de Televisión y vicepresidente de la primera junta directiva que presidió Jesús Hermida, también fue directivo del RCD Espanyol de fútbol, otra de sus más grandes pasiones. 

Con él se va una de las etapas más felices de la infancia de toda una generación