Ni Gamal Al-Ghandour, árbitro del España-Corea del Sur de 2002; ni el anuncio de Canalcar, que compra tu coche, que compra tu coche, que compra tu coche; ni el italiano que te quitó la novia en verano. Ni siquiera el Fiat Punto, con su terrible aspecto, tienen peor prensa en España que la rutina. Pobre rutina, culpable siempre de que las parejas rompan o lo echen a suertes, que dirían Marta y Marilia, de que la gente se canse de sus trabajos y, en general, de hartar al personal y espolear a aquellos y aquellas que deciden romper con todo y “buscar algo nuevo”. Decir que te gusta la rutina es tan impopular como celebrar los discos de Melendi con el pelo alisado. Pues bien, he aquí un devoto de la rutina.

He pasado mucho tiempo escondiéndolo y hoy quería sacarlo a la luz. Me gusta levantarme siempre a la misma hora, desayunar todos los días lo mismo, que Harold (el mejor camarero del mundo, un día escribiré sobre él) me sirva la misma cerveza cada martes sin que se la pida, cenar cosas anodinas unos días y “gochas” otros, comer la misma onza de chocolate negro, tomar la misma infusión de té con jengibre, el mismo ritual antes de ir a la cama, el mismo orden para leer la prensa, dar el biberón a mi hija en el mismo lugar del paseo de la tarde, tener las conversaciones de siempre en Navidad, las anécdotas del cole en cada encuentro con los amigos… Dios, es pensar en tantas certezas y se me va la ansiedad.

La rutina me da un lugar al que asirme ante tanta falta de certeza. Bastante salimos de la zona de confort, como nos espolean algunos pesados gurús de los que copian y pegan textos en LinkedIn, como para tener que cuestionar lo que nos da paz en tantos otros ámbitos. A mí la rutina me hace vivir más sosegado, gozar de más confianza, disponer de un tránsito intestinal más regular (¿hay algo más maravilloso que eso?) y, sobre todo, disfrutar más del día a día.

Cuando viajo, una de mis pasiones, siempre acabo hallando alguna rutina en el país que visito. En Polignano a Mare, un pueblo increíble en Puglia (Italia), fui a la misma cafetería cada tarde, tanto que ya me conocían por ni nombre. Y, al final de cada viaje, quando arrivo a casa, acabo teniendo siempre una sensación de satisfacción, de reencuentro con mi amada rutina.

En general, pienso que la gente no se cansa de la rutina, sino que es el chivo expiatorio para no encontrar los argumentos reales del hartazgo. Cuando hay amor, por una persona, por un trabajo o por una costumbre, no hay nada más genial que ponerlo en práctica todo lo que sea posible, repetirlo hasta el infinito. ¿Cómo no adorar la rutina?

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.