La inflación en la Alemania de Weimar hace que el papel moneda se apile desde el suelo hasta el techo en un banco de Berlín (Alemania). Un banquero lo está contando. Foto: Buyenlarge (Getty Images)
La inflación en la Alemania de Weimar hace que el papel moneda se apile desde el suelo hasta el techo en un banco de Berlín (Alemania). Un banquero lo está contando. Foto: Buyenlarge (Getty Images)

Los precios en septiembre bajaron siete décimas respecto a agosto. La inflación interanual se modera, pero sigue siendo inusualmente alta, en el 8,9% aunque por primera vez en año y medio la inflación interanual española está por debajo del promedio de la zona euro. Hay varias explicaciones. La primera es el efecto escalón. En el mes de septiembre del año pasado los precios de la electricidad y de los carburantes subieron y en este han bajado. Hace un año, Europa ya comenzó a notar en sus facturas y recibos el inusitado crecimiento de las compras de gas por parte de China y los movimientos especulativos del Kremlin en los mercados de la energía. Actitudes que ocultaban, en parte, una necesidad de incrementar el colchón financiero de Rusia para la posterior invasión de Ucrania.

El segundo aspecto a tener en cuenta en la inflación de septiembre es la influencia de las medidas gubernamentales. El mercado de la energía y la movilidad están mediatizadas por los descuentos de 20 céntimos el litro a los carburantes, ayudas al transporte urbano, gratuidad en los ferrocarriles de cercanías y media distancia y la bajada del IVA en la luz y gas. Por eso, el apartado del transporte urbano en septiembre se desploma un 20%. Aun así, la inflación está en el 8,9% y la subyacente, aunque se modera, se sitúa en el 6,2%.  La CEOE se agarra a este guarismo para incidir en que no se están trasladando a precios finales toda la elevación de costes. Y es que el riesgo de pérdida de clientes siempre está en uno de los platillos de la balanza. Los sindicatos utilizan el mismo dato para reclamar incrementos salariales.

Preocupa la ingesta. Los alimentos se revelan como el más preocupante agujero en la cesta de la compra y en el poder adquisitivo de los hogares. El coste de los alimentos se acelera 6 décimas en el mes. En tasa interanual, el precio global de los alimentos escala al 14,4%. Es el nivel más alto desde 1994. La inflación alimentaria es desgarradora para las familias más humildes. En la comida hay poco margen para el ahorro cuando ya se arrastran meses y meses de aumento de costes con los salarios al ralentí y la tasa de paro clavada con alcayata. La cesta básica cada día es más básica y más cara. Uno de cada tres productos que la componen suben más del 15%. En septiembre, los precios lácteos y los platos de cuchara son los que más se expanden frente a agosto. En el último año, el aceite arde con un incremento del 66%, las harinas y la mantequilla entre un 40 y un 30%.

La inflación siempre deja una pesada digestión. Ocurrió en los años 70 y 80 del siglo pasado con la explosión de precios en EE UU y Europa y vuelve a ocurrir ahora, en directo. Alemania muestra una inflación del 10%. Desde la reunificación, los alemanes no habían vivido una situación parecida, pero entonces el polvo y la euforia levantados por la caída del Muro de Berlín ocultaron, en parte, aquella realidad. Además, la expectativa de crecimiento y la preponderancia de Helmut Khol permitieron financiar la operación y la recuperación a través de las ventas masivas del “bound germano”. En la actualidad, la situación es distinta, pues la inflación llega por el lado energético, con la Guerra de Ucrania imponiendo sus reales en el campo de batalla y en el suministro de gas. Para remate, la OPEP se acerca a Rusia y recorta la producción en dos millones de barriles de petróleo al día, lo que empujará de nuevo a los carburantes al alza y dificultará la recuperación.

La inflación no viene sola, llega cogida de la mano de una crisis económica que se transformará en recesión, aunque sea técnica, en muchos países occidentales como EEUU y Alemania, los líderes occidentales. Y lo que pasa en Alemania no se queda en Alemania. Son malas noticias para Europa y son nefastas para España, que seguirá creciendo, aunque con traqueteo. Hay temor a una estanflación, la peor combinación posible, altos costes y baja actividad. Y hay miedo a lo que haga la Fed, la Reserva Federal estadounidense, con una inflación intratable y casi pleno empleo. Se esperan nuevas subidas de tipos de interés, lo que también lleva a una apreciación del dólar, un arma siempre a mano para la Casa Blanca. Un crédito más inaccesible es la puerta a la contracción y un billete verde más atractivo es un imán para la inversión exterior hacia Norteamérica y menos dinero para el resto del planeta, menos dinero, sobre todo, para los países emergentes.  El petróleo y el gas se pagan en dólares y en Europa más pronto que tarde volverán a subir los tipos de interés para frenar el alza de precios. Todo este conjunto nos acerca a la dieta perfecta para el adelgazamiento económico, la ensalada Fed.