Europa ha tenido que enfrentarse a varias crisis energéticas y económicas en las últimas décadas y, sorprendentemente, ha sobrevivido. El Viejo Continente debe sortear nuevas pruebas. En el primer choque energético, el del petróleo de 1973, los ministros de los Países Bajos acudían en bicicleta a las reuniones del gabinete. Fue una de las imágenes de aquel crac. Europa estaba casi “seca” tras el bloqueo petrolero lanzado por las naciones árabes como respuesta a la Guerra de Yom Kipur que enfrentaba a Israel contra Egipto y Siria. Se utilizó la energía como arma política, algo que ahora vemos repetido con el gas ruso.

Tras aquellos combates en el Sinaí, Occidente inició una travesía del desierto casi tan larga y penosa como la de Moisés y el pueblo elegido, con las alforjas cargadas de inflación, desestabilización y ruina. El profeta bajó del monte sagrado con los diez mandamientos, Europa salió de aquel conflicto con numerosos mandatos que resolver. Para empezar, había que embridar la desbocada carrera de los precios que llegaba acoplada en el baile de la recesión con los salarios sujetos a la crin de las revalorizaciones automáticas, pérdidas de competitividad, estancamiento económico y aumento desmandado del desempleo. Europa entró en una nueva y desconocida fase de la economía, la estanflación. 

La década de los ochenta fue intensa, sorpresiva y estrenó recetas económicas. Reagan y Thatcher aprovecharon la ocasión para engalanar el neoliberalismo en el poder político con su defensa a ultranza del libre mercado. Se apoyaron en una servilleta con la curva de Laffer para bajar impuestos. Los combativos sindicatos anglosajones quedaron desangelados durante lustros. Los agentes económicos descubrieron el armamento monetario que ocultaban los Bancos Centrales para hollar la inflación y las empresas y familias sufrieron los estratosféricos tipos de interés.

La libertad económica aporta agilidad y ductilidad ante los reveses, aunque no es indolora, no hay analgésico suficiente para la contracción cuando, al otro lado del Telón, el sistema soviético se asfixiaba en su propia inoperancia lacerante. Los altos precios de los carburantes se afrontaron con ingentes esfuerzos de la industria y del transporte para ganar eficiencia. En muy poco tiempo los automóviles dejaron de ser dromedarios rodantes, sedientos de combustibles. Se crearon procesos de fabricación más rentables. Las empresas descubrieron los primeros balbuceos de la tecnología digital en la que hoy día estamos sumergidos y se abrieron sendas vírgenes hacia las energías renovables que ahora se extienden. En España el autoconsumo se ha multiplicado por cuatro en dos años.

En la actualidad, Europa se enfrenta a antiguos espectros, que regresan con rostros parecidos. La inflación media de la zona euro supera el 9%, una decena de países salta la barrera del 10%, España entre ellos. El Kremlin ha calentado el precio del gas hasta situarlo al rojo vivo como las estriadas ánimas de su artillería. Sin embargo, la dependencia de los gasoductos termina siendo bilateral. No solo se encadena al cliente, en este caso la UE, también se traba el oferente. Hay grifos tanto en la entrada como en la salida del enlace. Gana el que más tarde en parpadear, el que menos necesite al otro para sobrevivir. Antes de la invasión de Ucrania, el gas ruso suponía el 60% del consumo total de Alemania, ahora solo el 9%. Los ingresos de Moscú por hidrocarburos se han reducido un 18% de enero a julio, según José Borrell, el Alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Seguridad.

Europa mantiene su capacidad de adaptación, pero el invierno será económicamente gélido. La UE propone ahorrar consumo y defiende amplios “aportaciones” de las energéticas basadas en hidrocarburos por sus ganancias extraordinarias y establecer límites en el precio del megavatio de las energéticas renovables y nucleares. El objetivo es la independencia energética, dejar de depender de Rusia y truncar el camino hacia el suicidio iniciado por la Alemania de Schröeder y Merkel. El desafío es explicar a la población cómo va a sufrir los coletazos energéticos en sus casas. A la vez, las industrias más electrointensivas reducen producción cuando no cierran temporalmente. La facturación industrial en la eurozona cayó en julio un 2,3%, es el primer dato negativo desde marzo.   Y las cestas de la compra menguan según se multiplican los precios. Los alimentos, junto con la luz, oscurecen el poder adquisitivo de las familias cuando los Bancos Centrales aumentan los tipos de interés y, de paso, las hipotecas. El recibo de la luz se ha encarecido en España un 60% en el último año, pero es que el aceite de oliva lo ha hecho en más de un 70%, la harina un 40% y los huevos más del 20%. Cualquier pastel casero es un artículo de lujo.

Las compañías olfatean la recesión. Según una encuesta de la Cámara de España nueve de cada diez empresarios creen que hay un alto riesgo de caer en ella. España todavía puede aprovechar la inercia positiva del primer semestre y del excelente verano turístico para superar el frenazo del otoño, lo difícil será encarar la cuesta de enero. El panel de Funcas mantiene su previsión de crecimiento en el 4,2% para este año, pero la rebaja para el año que viene al 1,9%. Aun así, se sigue creciendo.

Europa cuenta con reservas de gas suficientes para resistir este invierno, se han elevado al 84%. El precio del petróleo desciende por debajo de los 100 dólares el barril porque China compra menos crudo por primera vez en 32 años. La Gran Muralla tiene grietas financieras. Los expertos indican que el riesgo de racionamiento energético se diluye. En febrero nadie daba un duro por la unidad de Europa, en especial Putin, algo que ha sorprendido a todos, incluso a los propios europeos. Sin embargo, los cambios políticos en Suecia o Italia pueden entorpecer la toma de decisiones en el futuro. Y a Europa le cuesta una enormidad decidir. La cuestión es acertar y reducir las posibilidades de tener que acudir a la manta zamorana para superar el invierno.