Dicen que las mudanzas son la tercera vía más potente para causar estrés, por detrás del duelo familiar o de un despido. No me sorprende. Jamás me había tocado vivir una, pero ahora escribo estas líneas en medio de una casa prácticamente desierta, sólo ocupada por polvorientas cajas que contienen los libros que he leído y los bártulos que hemos ido acumulando en casi una década. A las paredes se les ve las costuras, falta vida y parece casi mentira que hasta hace nada esto fuese un hogar. Hoy es simple y llanamente una casa vacía.

A lo tonto, he pasado casi un tercio de mi vida metido entre estas paredes de sufrido y feo gotelé. A la incertidumbre por un cambio tan importante se le suman los recuerdos que un casa atesora. Los que hayáis realizado una mudanza lo entenderéis. El horno de la cocina no es un simple electrodoméstico, sino el lugar que ha cocinado tantas pizzas de domingo durante tantos años; el sofá no es sólo un mueble, sino el sitio desde el que vimos Juego de Tronos y otras tantas series. Cada rincón está lleno de experiencias, de anécdotas que seguirás recordando, pero que nunca más podrás volver a recrear. Aparecerán nuevas, pero algo desaparece cuando te marchas.

Cuando te mudas, sientes que vas a echar de menos hasta a los vecinos, incluso a los que ponían Green Day a todo volumen un martes por la noche o al que hablaba a gritos por teléfono. Por muy impresentable que pudiera ser alguno, al final son tu comunidad, una especie de familia de Hacendado. Los dejas para cambiarlos por otros y, hasta que los conozcas, siempre tendrás miedo de que tengas la mala suerte de que justo sea alguien chalado que haga aquelarres por la noche. Cambiarse es estar algo atemorizado.

Al final, una mudanza es como un cambio de trabajo. Extrañarás a tus compañeros, tus benditas rutinas, todo dejará de ser mecánico por unos meses y tendrás miedo de haberte equivocado. Hasta que te acostumbres a lo nuevo, que te llevará algún tiempo. Un día te verás levantándote por la noche al baño y recorriendo la casa a oscuras como si conocieras ya cualquier rincón. No habrá pasado tanto tiempo hasta conseguirlo, como tampoco pasa tanto tiempo hasta que dejas de sentirte nuevo en un cambio de trabajo.

Quizá el mayor engorro de mudarse sea todo lo pequeño que hay que hacer, pero que sin ello no podrás vivir feliz: instalar un WiFi que funcione, comprar una televisión nueva, tener una almohada y unos cojines que te gusten, ir al supermercado para llenar la cesta de básicos… Qué frustrante puede llegar a ser que falte alguna de esas pequeñas cosas, como cuando en la empresa nueva te pasas un día entero instalando los programas de tu flamante ordenador heredado. Empezar siempre lleva aparejado un peaje.

Lo pienso y hasta esta columna comenzó en esta casa que ahora abandonamos. Cambiar de vivienda es una fuente de estrés enorme, pero a la vista está que también de nostalgia. En sólo unas semanas habrá alguien que sentirá que este es su hogar y eso es raro, aunque supongo que también genial. Si sirve para algo, aunque solo sea para que las vibraciones de la casa le transmitan buena onda, que sepa que aquí ha vivido una pareja muy feliz.

Feliz lunes y que tengáis una buena semana.