Por qué la energía solar es el presente
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En un valle de montaña con muchos problemas de estabilidad en el suministro eléctrico, Viesgo introduce un sistema de almacenamiento de energía para dar soporte a la red de servicio de uno de los pueblos, terminal de línea. Encarga la parte de electrónica de potencia a la vitoriana Zigor. Su CEO, Íñigo Segura, me cuenta el resultado final de la aventura: “cuando se produjo el siguiente apagón en el valle, sólo un núcleo urbano permanecía iluminado, el resto de pueblos, a oscuras, se preguntaban por qué”.

En plena crecida de la ola de cambio tecnológico y de simpatía social hacia a las tecnologías de la descarbonización, la Science Advice for Policy by European Academies (SAPEA) difundió el informe Novel carbon capture and utilisation technologies: research and climate aspects, un documento cuyo mensaje obviamente permanece al margen del debate público, mucho menos político en nuestro país, pero se impondrá de forma inevitable.

SAPEA dice expresamente que “nuestro sistema energético tardó más de un siglo en llegar a su forma actual, con una enorme infraestructura en gran medida invisible para la mayoría de la población”. La transición energética que estamos planteándonos para combatir el cambio climático “requiere de una infraestructura nueva, con redistribuciones geográficas radicalmente diferentes de sus elementos: esto llevará décadas y afectará a más partes interesadas que el sistema actual”.

Más allá de las buenas intenciones, y de las urgencias geoestratégicas, por tanto, conviene interiorizar la idea de que habrá que construir un nueva infraestructura energética, alternativa o complementaria a la que ha tardado más de un siglo en levantarse. Y eso no va a resultar sencillo. Muchas empresas del sector eléctrico y energético de nuestro país están ya inmersas en ese desafío, repasemos algunas tendencias.

Es interesante la iniciativa de innovación que impulsa discretamente una de nuestras grandes corporaciones energéticas cotizadas. Ha implicado en ella a una decena de empresas de base tecnológica, varias de las cuales podrían aspirar a la categoría de campeones ocultos acuñada por Hermann Simon.

El objetivo es ambicioso: conseguir un electrolizador para generar hidrógeno, de forma que España entre en la carrera de esa nueva fuente de energía limpia con tecnología propia, generando propiedad intelectual. Al fin. Recordemos que en la cúpula directiva de Hydrogen Europe solo hay un español y es el único de sus miembros que no pertenece a ninguna empresa privada: el director general de la Pyme del Gobierno de Aragón, Javier Navarro.

¿Cómo será la nueva red que permita escalar las tecnologías del hidrógeno, las baterías de los vehículos eléctricos o las fuentes renovables? Ese es uno de los terrenos más apasionantes de la innovación que viene. El riesgo es correr demasiado en algunas fases de la cadena de valor y dejar otras partes detrás. La Ley del Cambio Climático y Transición, por ejemplo, plantea la obligación de tener al menos un punto de carga rápida de 50 kW en las estaciones de servicio con más de cinco millones de litros de venta en gasóleo o gasolina, que son aproximadamente una de cada diez en nuestro país.

La tendencia natural de los propietarios de esas estaciones podría ser (está siendo, de hecho, según fuentes del sector) establecer puntos de carga de 50 kW para cumplir con la ley y no complicarse la cuenta de resultados. Pese a que pronto habrá tecnología disponible para cargar a 300 kW (es la diferencia entre esperar un café o una comida entera), e incluso sistemas, como el que desarrolla Zigor, que permitirán aumentar la potencia de forma paulatina, desde los 50 a los 300 kW, añadiendo módulos.

Pero ni siquiera con ese parche será suficiente porque, adivinan, la red actual no da de sí. Porque los vehículos eléctricos, los paneles solares, los aerogeneradores, las comunidades energéticas que vienen, requerirán de sistemas de regulación de la red basados en el almacenamiento. ¿Recuerdan el caso del pueblo del valle de montaña?

El nuevo modelo de red deberá admitir diferentes usos, así como microrredes y sistemas de generación distribuida, y ser capaz de responder a variaciones de la demanda muy drásticas incorporando inteligencia artificial e internet de las cosas y garantizando la ciberseguridad. Una de las posibles novedades para hacerlo posible deberá ser también la capacidad de operar, a gran escala, en corriente continua.

Compañías como Iberdrola se han dado cuenta de que los casos de uso van en esa dirección. Ha abierto una competencia global en busca de proveedores en el ámbito del almacenamiento y está analizando la estrategia para que sus centros de transformación ofrezcan líneas de corriente continua, de forma que se puedan integrar las nuevas redes con todos esos nuevos usos, como requieren las políticas de descarbonización. Electrolizador y corriente continua, eppur si muove.