No puedo llegar a creérmelo, pero ha pasado ya una década de uno de mis sucesos preferidos. Lo acaecido en Borja, Zaragoza, hace diez años, define tan bien a España que pienso que será difícil volver a vivir algo parecido. Para los que no lo recuerden, Cecilia Giménez, una particular de la localidad, intentó restaurar por su cuenta la pintura del eccehomo de la iglesia del Santurario de la Misericordia, obra de Elías García Martínez, logrando el resultado más pintoresco que se recuerda. En vez de arreglar una pintura afectada por la humedad, cometió un estropicio que dio la vuelta al mundo. Aquel eccehomo estaba a caballo entre Kiko Rivera, una ilustración mala de Monserrat Caballé y el eslabón perdido. Nadie o casi nadie había hablado de Borja hasta entonces; durante unos días, fue el epicentro de las noticias misceláneas.

Este bochornoso episodio esconde bajo varias capas de pintura un aprendizaje: mejor algo rematadamente feo que feo sin más. Siempre pensamos en las cosas de un modo demasiado lineal, como si los ejes fuesen de izquierda a derecha, cuando la mayor parte de las veces son circulares. Superado el umbral de la fealdad, cuando algo es tremendamente horroroso, acaba por recuperar algo de atractivo. Es extraño, pero pasa. Mejor ser feo en exceso que bastante feo. Si las cosas se hacen mal, mejor que sea fatal. Es como acertar cero en la Quiniela, tiene mérito hacerlo tan mal. El eccehomo de Borja es la clara prueba de que, cuando se supera la línea de lo ridículo, las cosas recuperan atractivo y casi se convierten en placeres culpables.

Lo sucedido en un pequeño pueblo de Aragón tuvo también algo de visionario. Apenas unos pocos años después, probando el argumento expuesto en el párrafo anterior, vestirse con ropa objetivamente fea, con los famosos ‘ugly shoes’ como paradigma, empezó a ser tendencia. Seguro que habrá decenas de teorías para explicar la irrupción de moda catalogada como atroz, pero a mí me seduce pensar que el eccehomo de Borja tuviera algo que ver. No en vano, se convirtió en un motivo para peregrinar a una localidad que pocos conocían. Si hubiera sido orquestado, sería considerada una de las mejores acciones de publicidad de la historia y habría hecho temblar los cimientos de los Wieden & Kennedy y compañía.

Muchos considerarán un sacrilegio el trabajo de Cecilia Giménez. Puede, de hecho, que objetivamente tengan razón. Yo, en cambio, quiero aprovechar esta columna para darle las gracias por su proactividad para acometer esta restauración, por su resultado y, sobre todo, por lograr que algo que era tan mediocre se volviera tan fascinante.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.