Totilla de patata. (Foto: Luis MGB/Pixabay)

Este fin de semana mi suegro hizo una tortilla de patata. No debería ser más que eso, una tortilla de patata, que por otra parte ya es bastante, pero para mí fue un plato lleno de aprendizajes. En el centro de la historia está una cebolla. Mejor dicho, media cebolla, la que decidió echar el padre de mi pareja a su creación. El caso es que a mi suegra no le gusta este ingrediente en la tortilla, pero a mi pareja y a mí mucho, así que el cocinero, un mar de dudas, decidió resolver la papeleta como mejor pudo, aplicando la teoría del “ni para uno, ni para otro”: media cebolla, batida además. El resultado podéis imaginarlo… Decente, pero no terminó de convencer a nadie. Fue una tortilla que trataba de ser Suiza.

La tortilla sirvió para que comiésemos y, de verdad, no estaba mala, pero yo no podía dejar de echar en falta el toque mágico de la camaleónica cebolla, mientras que mi suegra lamentaba airadamente que lo que para mí era un leve toquecito había arruinado el plato. Sucedió lo que ocurre cuando se trata de contentar a todos: que nadie se va del todo satisfecho. Dicen que lo perfecto es enemigo de lo bueno, cuando yo creo que tantas veces lo consensuado es enemigo de lo mejor. Como diría José Mota, “Si hay que ir, se va, pero ir pa na es tontería”.

Esa tortilla se parece demasiado a algunas decisiones que se toman en las multinacionales. Con el fin de escuchar a todos y que todos tengan la posibilidad de aportar su pequeño ingrediente en las decisiones, se acaba muchas veces en un punto intermedio cuya concepción puede haber estado exenta de conflicto, pero cuyo resultado acaba siendo algo absolutamente desdibujado. Ni una tortilla de patata con cebolla, ni una tortilla de patata sin cebolla. Es curioso, porque en el proceso los involucrados están satisfechos de su granito de arena, pero a la hora de la verdad, cuando salen las cosas al mercado, todos, especialmente los que han formado parte del equipo, saben que les falta carácter, como a la tortilla de mi suegro.

Paradójicamente, la suma de muchas opiniones distintas suele sonar más bajo. Tal y como si quiero reírme, quiero hacerlo con todas las fuerzas o, si quiero no llorar, no doy margen a que la tristeza ocupe ningún espacio, quiero que las decisiones, los contenidos, los productos, las personas. no se queden a medio camino. Hay que escuchar siempre a los de alrededor, pero sin olvidar que el primer paso para fracasar es hacer caso a todos. Ser Suiza tiene un peaje demasiado caro que pagar. ¿Tortilla con o sin cebolla? Cualquier cosa, menos tortilla con un poco de cebolla.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.