Todo el mundo tiene un precio. O todo lo que crea el mundo lo tiene. Y la firma que Karl Lagerfeld fundó 1984 no iba a ser menos. El apodado ‘Káiser de la moda’ dijo de su firma de nombre homónimo que nacía para aportar sensualidad intelectual a la industria que laboralmente le vio nacer, crecer y multiplicarse, ya que, además de convertirse en autónomo de su propio business, estuvo al frente de la dirección creativa de Chanel durante más de tres décadas y hasta su fallecimiento, en 2019. Sin olvidar sus diseños para la italiana Fendi, que no fueron pocos.

Nadie en su sano juicio cuestionaría la necesidad de sus aportaciones. Ni siquiera él mismo. Porque alguien que afirma que levanta un imperio ante la falta del mismo no creo que piense que la moda –ese ente gigante de identidad moldeable según venga el juego– ya disponía de algo parecido. Puede que se equivocara o que no, porque cuando él llegó a la parrilla de salida la mayor parte de los maestros de la costura ya habían desgastado su genio. De algunos ya sólo existía su estela y de otros, su visión no les permitía seguir enhebrando agujas.

Un cúmulo de circunstancias que hicieron de él uno de los diseñadores más célebres del siglo XXI, por el acertado enfoque que el dio a la moda: la cuidada combinación de influencias clásicas y contemporáneas. Siempre bajo el tempo necesario, como la respiración, que deja de ser natural cuando se fuerza. Ya lo dijo él: «Para mí, diseñar es como coger y soltar aire. No es algo que pida, simplemente ocurre».

Y claro que ocurre. Pero que sea como inhalar y exhalar no significa que todos estemos dotados con la capacidad de crear estilos de vestir. Aunque no sea modesto el número de personas que se pasean por las alfombras rojas como si hubieran nacido para ello –y nada más lejos de la realidad. Su magia llegaba en hora y sentido a cada desfile de temporada y superaba su propia marca con cada colección. Pero el que debiera su más reciente reconocimiento a Chanel, su última casa de acogida, no significa que con Karl Lagerfeld, su unigénica, no estuviera dotada de todo lo necesario para triunfar. Para ella se reservó el derecho íntimo de mostrar sus entrañas. Fue con ella con quien se desnudó y sacó a relucir su enigmática personalidad y su agudo ingenio. No fue un tipo fácil, aunque tampoco lo pretendió ser. Esto es algo que pongo en boca de André Leon Talley, para mí, uno de los verdaderos iconos de la moda feroz y en algún momento mejor amigo del diseñador alemán. O lo que es mejor: el niño mimado de Lagerfeld que dejó de serlo cuando a Talley se le ocurrió la disparatada idea de tomar una decisión personal sin contar con él.

Pero estas cosas pasan. Como pasa que cuando ya no estás para dirigir tu marca otros tomen decisiones por ti. Algo que acaba de pasar con su propia firma, la misma que combina estilos parisinos con una desenfada estética rock-chic para prendas y accesorios prêt-à-porter femeninos y masculinos, y que ha terminado de ser adquirida por G-III Apparel Group Ltd., propietario de Donna Karan, DKNY, Sonia Rykiel y Vilebrequin, entre otras. El grupo que comprara el 19% de las acciones de la marca en 2016 a , ahora adquiere los restos de Karl Lagerlfeld, que suponen el 81% de participación, por un valor de 200 millones de euros (210 millones de dólares).

Pero nada cambia. Desde la dirección de G-III Apparel han querido asegurar la continuidad de la esencia de la textil, comunicando que su director creativo, Pier Paolo Righi, seguirá al frente de las propuestas de cada temporada y manteniendo viva la llama de Lagerfeld. La entrada de este grupo sólo pretende alcanzar mayor potencial global.

Aun así, qué fastidiado tiene que ser que quien se metiera a emprender para celebrar su punto de vista único y propio, asegurando que «la moda, más que detalles en la forma de vestir, es una actitud», vea ahora su pretensión en manos de otros. Me pregunto qué diría el Káiser de esta operación empresarial. A lo mejor lo mismo que le dijo a André Leon Talley en su momento: cómo se te ocurre.