En esta época de minimalismo extremo, en la que el máximo exponente del diseño son casas que en Idealista vendrían como ‘sin amueblar’, me da algo de vergüenza reconocer mi pasión por poseer cosas. Tranquilos, que no se trata del síndrome de Diógenes, tan sólo es que aunque sea contracultural, hay algunos elementos de los que me niego a desprenderme o a digitalizar, por mucho polvo que acumulen o mucho espacio que me roben. Siempre hay algún pesado que exhibe las bondades de deshacerse de la biblioteca, por ejemplo, para ganar dos metros cuadrados adicionales en casa. “Te compras un ebook y, además de no quitarte hueco, te lo puedes llevar a cualquier parte”, afirman ufanos, como el que te dice que él solito ha montado los muebles de su casa.

No, hay cosas que no deberían tratarse como a unos zapatos agujereados. Los libros son, seguramente, el mayor de los ejemplos. Disponer de una extensa colección de libros en casa me proporciona una tranquilidad que un hueco jamás me daría. Esos pocos metros cuadrados de espacio serían, precisamente eso, un vacío en demasiados aspectos. Una casa sin libros es como un hogar sin álbumes de fotos, una rara avis. Estoy convencido de que en el 99% de los hogares que se formaron hasta el año 2000 en España hay un armario en el que se guardan varios tomos de álbumes de fotos, esos que sacas cuando tu pareja visita por primera vez la casa de tus padres y los enseñas con una ilusión incapaz de ser comprendida por alguien que no estuviera ahí.

Hoy ya casi no se hacen álbumes. Hay algunos románticos o gente que se lo curra para hacer algún regalo sensiblero, pero la realidad, al menos la mía, es que no he hecho un álbum de fotos desde el cambio de milenio. De alguna manera, algo de mí y, supongo que de nosotros, se fue a vivir a otro mundo a comienzos del siglo XXI sin que nos diésemos cuenta. Creo que pertenezco a la última generación que hizo girar una ruleta a cámaras desechables antes de que, primero las cámaras digitales y después los teléfonos móviles, diesen una opción de fotos ilimitadas. Aquel cambio representó mucho más que una simple evolución, fue también el epitafio de nuestra capacidad para inmortalizar momentos imborrables. Disponer de un carrete con una treintena de fotos te obligaba a determinar qué es lo que era memorable; así, había menos material prescindible, menos lanzamiento indiscriminado de fotos, ahora con morritos, ahora con los papos hinchados, ahora haciendo que gritamos.

Me encanta poseer cosas, pero ya no poseo álbumes. Cuando repaso los que hay por casa de mis padres, pienso en que tirarlos para hacer espacio sería una locura sobre la que el Código Penal debería tener algo que decir. Miro esas fotos y me doy cuenta de toda la verdad que hay en ellas, de que las cosas tienen significado, especialmente cuando puedes tocarlas. Las fotos se lanzaron a sabiendas de que restaban sobre el total, como si te dijesen que dispones de un número de vidas extra y a conciencia gastases una. Desprenderse de todo eso no es una opción, aunque bien es cierto que casi todos hemos renunciado a crear nuevos álbumes, puede que por la comodidad de llevar a mano un móvil en el que tenemos la herramienta, la cámara, y el medio, la red social, que jamás tendrá la mística del álbum.

En fin, que supongo que todo lo que cuento es ya una batalla perdida. Abran hueco para otros temas.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.