No soy del Atlético de Madrid. De hecho, este equipo me dispensó en Bucarest una de las peores noches de mi vida, para más inri tras la llegada como entrenador de quien pisó a nuestra leyenda bilbaína, Julen Guerrero. Sin embargo, el pasado viernes me emocioné, otra vez más, con un spot del club colchonero con motivo del Día del Padre. En él (disfrutadlo en el link de abajo) se muestra la complicada historia entre Diego y la pareja de su madre, Ramón, a quien el chaval hace el vacío, imaginamos que mosqueado porque alguien sustituya a su padre. Tras varios entrañables feos a Ramón, la madre le pide a Diego que le dé una oportunidad, que ambos son del “Atleti”. Así lo hace el hijo, que termina por regalar a la pareja de su madre dos entradas para el estadio con un precioso mensaje que dice: partido a partido.

Cuando vi el anuncio, obra de la mítica y venerable Señora Rushmore, pensé en lo importante que es contar historias, pero sobre todo, tener una historia que contar. Y el Atlético de Madrid tiene una. Todos y cada uno de los seguidores del club saben lo que representan gracias a esa historia en común. No pretendo que digáis que es verdad, este texto no busca convencer a nadie de que esa historia se fundamente en hechos, pero lo que la convierte en real es la fe con la que los aficionados atléticos la abrazan. Porque es una historia bonita, una historia que los que la protagonizan creen y cuentan. Esa idea de club sufridor y de barrio está en cada detalle del spot: en un piso corriente, en unos personajes cotidianos, en ese cristal mampara de las puertas, en esos Corn Flakes de marca blanca, en la nevera llena de imanes, en ese baño de azulejo carcelario de cualquier casa de barrio. Sin una historia que contar esos detalles serían una mera casualidad. En este spot son argumentos.

Cuando uno tiene una historia que contar, cuenta más que simples historias. Las historias crean arraigo, sientan jurisprudencia y logran algo mágico: sobrevivir a la derrota. Cuando alguien sabe lo que representa, podrá fallar, pero no se habrá equivocado. Un club de fútbol puede perder, pero, si es fiel a una historia que contar, sabe ubicarlo como una página triste de una leyenda mucho mayor. Eso consiguen las historias, dotar de identidad, explicar dónde debemos ir. Pasa con los clubes y, por supuesto, también con las marcas (¿acaso los clubes no lo son?); cuando una marca tiene una historia que contar, habrá días que la narrará con mayor brillantez que otros, pero incluso las veces en que peor lo haga tendrá sentido.

Tal y como lo hacen o deberían hacer las marcas, pienso que sería de obligado cumplimiento que cualquier club de fútbol supiera explicar inequívocamente lo que representa. Nada de escenarios comunes, sino la historia que contar entre todos sus miembros, la explicación que serviría de brief para que agencias como Señora Rushmore hicieran spots así de relevantes. Disponer de una historia que contar te dará a la larga muchísimo más que cualquier fichaje, hará que haya un camino para ganar, pero también una decisión mucho mayor en la derrota. Incluso, hará que un bilbaíno que idolatra a Julen Guerrero se emocione con el partido a partido.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.