La firma de investigación The Extended Mind realizó un estudio acerca de las experiencias de las mujeres en la realidad virtual social. Los resultados fueron bastante “desalentadores”, a juicio de la investigadora Brittan Heller, de la Harvard Kennedy School: el 49% de las mujeres aseguraron haber experimentado al menos un incidente de acoso en la realidad virtual y muchas de ellas nunca volvieron a probar la experiencia. Pero es que el 30% de los hombres encuestados informó de haber encontrado contenido racista u homófobo, y el 20% experimentó comentarios violentos o amenazas.

Al margen de que las empresas hayan comenzado a crear funciones de moderación de contenido en el Metaverso, para tener en cuenta la voluntad y el consentimiento del usuario, Brittan Heller propone el término “psicografía biométrica” para gestionar el nuevo tipo de información que vamos a proporcionar a través de atributos cognitivos como las emociones, los valores y las actitudes. Datos no vinculados a la identidad, sino a nuestras actividades, intereses y opiniones como consumidores.

Y es mucha esa información. Un trabajo de Mark Roman Miller, investigador de la Universidad de Stanford, publicado en Nature señala que, tras operar con un grupo de 511 participantes, el sistema de realidad virtual era capaz de identificar correctamente al 95% de los usuarios con menos de cinco minutos de datos de seguimiento por persona. “Estos resultados muestran que los datos no verbales deben ser entendidos por el público y por los investigadores como datos de identificación personal”, afirma Miller. Se llegan a registrar más de dos millones de puntos de datos por cada sesión de 20 minutos usando el dispositivo.

Suena divertido el Metaverso, con sus Fantasy Islands vendidas en cuestión de horas, las vertiginosas revalorizaciones de los criptoactivos y los paraísos que prometen las tecnologías de Brain Computer Interface y los desarrollos hápticos. Nuestras manos acabarán convirtiéndose en mandos a distancia, nuestras gafas y lentillas en pantallas y el móvil en un centro de procesamiento y telecomunicaciones portátil. Pero conviene tomarse muy en serio lo que hay detrás de la puerta que estamos abriendo, los nuevos desafíos en términos de protección de la privacidad, mercantilización de aspectos inexplorados de nuestra identidad y los cambios en los mecanismos de socialización.

Sectores como el de la ciberseguridad insisten en lo relevante que resulta tener en cuenta la respuesta a los ciberataques desde el momento del diseño del software y de cualquier dispositivo. Lo llaman secure by design. Algo similar deberá hacerse antes de que el Metaverso se extienda como un fenómeno inaprensible. Urge un imperativo human by design. Hace tiempo que se levantan voces al respecto. En un 2022 que se presenta como el año más volátil desde el estallido de las burbujas de las puntocom y financiera, resulta fundamental no dejarse llevar por la corriente. Hemos descrito las evidencias.

Podemos alardear, como la estrella biohacker de TikTok ‘Chip Girl’, de que un chip implantado en la mano es capaz de abrir todas las puertas de nuestra casa, sin necesidad de utilizar llave. Pero puede tratarse de una libertad, en cierto modo, ilusoria. En opinión de Will Southall en Leeds Finsihgts, “Chip Girl parece haber calculado que usar una llave resulta tan molesto que vale la pena entregar toda su privacidad para evitarlo”.