Tengo 56 años y sé que si no fuese empresario, editor, y perdiese mi trabajo tendría muy difícil volver al mercado laboral en condiciones competitivas. Si dejas de trabajar voluntariamente o sin quererlo, a partir de la cincuentena más te vale que seas capaz de reinventarte. Reinventarse es volver a inventarse, y no todos somos inventores. ¿Por qué aceptamos discriminar a los mayores en su puesto de trabajo? ¿Acaso vivimos en una sociedad que a base de venerar la juventud se olvidó de que hay cosas que sólo se aprenden con los años?

Estamos discriminando a mucha gente por razón de su edad y eso nos empobrece. Por supuesto que hay mayores que no son competitivos, y otros que quieren descansar o bajar el ritmo porque han trabajado mucho. Más de un millón de personas mayores de 50 años no encuentran trabajo y es seguro que, ante una oferta, sus oportunidades son menores, o directamente no son (a no ser que quieran ser presidente de los Estados Unidos).

Agruparlos a todos bajo un mismo perfil profesional, pongamos “por reciclar”, sería simplificar la situación. Considerar que la motivación, esa energía extra que puede convertir a un profesional en mucho más eficaz que otro por su ilusión para superar obstáculos, la tiene sólo el principiante no es muy razonable.

Pensemos en construir un mercado laboral flexible que permita a los trabajadores por encima de 50 dar a la sociedad lo mejor que tienen, y que puedan elegir el cómo. El cuánto vendrá después.

La economía silver –la de los que peinan canas– está ya instalada, pero se refiere a la potencia de los mayores como consumidores. ¡Qué nadie se olvide de que el verdadero voto es la acción de consumir!

Me suena contradictoria también esta fantasía que piensa que jubilarse cuanto antes es el sueño adolescente del trabajador. Será porque jubilarse viene de júbilo, del que celebra. Pero el hecho de dejar de ser útil para una empresa, para un proyecto, sólo me parece digno de festejo si la labor se considera forzada, forzosa. Que las máquinas viejas funcionan más años cuando se usan a diario es bien sabido. Que nos oxidamos sin uso no tiene mucha discusión. Que mi padre envejeció más rápido cuando su banco lo prejubiló con 60 años. ¡Con 60, qué tiempos!

La revolución digital que fomenta el consumo rápido, las relaciones veloces y lo último siempre mejor que lo bueno, nos ha empujado a no reflexionar. Apartar a los más mayores nos arrastra a meditar menos. Reflexione usted sobre esto y, tras la reflexión, haga algo.