El paper más descargado del US Army War College en 2021 lleva el título Broken Nest: Deterring China from Invading Taiwan. En él se justifica como posible estrategia preventiva por parte de Estados Unidos la amenaza de destruir las instalaciones del gigante de semiconductores TSMC. Una idea que el Taipei Times comparaba recientemente, no sin estupor, con la estéril destrucción por parte del ejército nazi de la Stalingrad Tractor Works en Rusia. Pero Jared McKinney y Peter Harris, los autores, no opinan igual; China sólo produce el 6% de los chips que necesita su industria, de modo que sin TSMC simplemente colapsaría.

El Atlantic Council GeoTech Center asegura que hemos entrado en la década de la Geotech. Nunca desde la Segunda Guerra Mundial la tecnología y la innovación habían tenido tanta influencia en la geopolítica internacional. El problema es que no resulta fácil demostrar que en nuestro país seamos plenamente conscientes del desafío. 

Sólo la crisis de suministro de semiconductores, el apremio de sectores como el automóvil y probablemente el proyecto pre-exascala MareNostrum5 en el Barcelona Supercomputing Center (que ya es un crimen albergar una herramienta así de sofisticada y no sacarle partido) han permitido al sector TIC español arrancar del Gobierno un plan de 700 millones de euros de apoyo a la microelectrónica. La tecnología que estará presente en todo lo que se conecte en la era digital. Que es básicamente todo. En fin, Corea del Sur sorprendió en primavera anunciando una inversión de 450.000 millones. 645 veces más. Cuestión de prioridades.

El mundo contiene la respiración ante la posible agresión analógica de Rusia en Ucrania, pero la nueva ‘guerra fría’ de la innovación mira más allá. Incluso de los semiconductores: como en la analogía del Taipei Times, destruir TSMC respondería en parte a una lógica predigital. En 2022 hay motivos para creer que la ‘guerra fría cuántica’ empieza a saltar de los laboratorios y adopta el valor estratégico que se le venía presuponiendo. Hay señales en diversos campos. 

La disponibilidad de procesamiento actual en el sector está ya al límite de su capacidad por la elevada demanda. Nadie quiere quedar a expensas del adversario. Lo mismo sucede con el talento programador, el más cotizado del planeta, y con la investigación de nuevos materiales. El ritmo de avances científicos es demoledor, con cerebros españoles a la cabeza como Pablo Jarillo-Herrero, con laboratorio propio en el MIT, o Ignacio Cirac, en el Max Planck alemán. La marca de los 100 qubits se da por conseguida y se apunta a los 250 qubits.

En cuanto a las futuras infraestructuras de comunicaciones cuánticas, el consorcio QSAFE (Quantum Network System Architecture for Europe), encargado de desplegar la red de internet cuántico EuroQCI en Europa, acaba de presentar su blueprint a la Comisión Europea. Lo lidera Deutsche Telekom y Telefónica I+D ha conseguido posicionarse en él. Albricias. Y sobrevolando todo el ecosistema cuántico, los fondos de capital riesgo, ávidos de cazar una oportunidad a largo plazo (a seguir la española Multiverse Computing, aviso, que en otoño captó 10 millones de euros). La clave es hacer que el trabajo de nuestros talentos y nuestra estrategia como país converjan. Difícil tarea hoy que lo cuántico aún no es moda.