La presión era insoportable. Una decena de mensajes de WhatsApp sorprendentemente similares recomendándomela, análisis con la profundidad que te ofrecen 280 caracteres, te encontrabas a alguien y la pregunta, que al menos servía para esquivar la odiosa conversación sobre la Covid, era: ¿Has visto Don’t look up? La última bomba de Netflix se estrenó el pasado 24 de diciembre y yo no la pude ver, ya con la soga al cuello, hasta el jueves 30 de diciembre. La friolera de seis días después. Seis días insufribles en los que sentí la presión de Roberto Baggio en el Mundial del 94, el escrutinio que debió padecer Cercei Lannister en su “Walk of shame”. Por fin, ya liberado de trabajo y compromisos, pude ver la película. Pero había llegado tarde. Yo sólo deseaba sumarme a ese furor, ser parte de esa exageración desmedida a la que ahora llamamos hype, pero había llegado varias horas por encima de la bocina, me había olvidado de que una de las características indisociables de este concepto es que suele ser corto e intenso, como el café en Nápoles.

Don’t look up haya sido quizá el ejemplo más paradigmático de lo que se conoce desde hace algunos años como hype, un concepto que está modificando el significado de estar pasado de moda. Hasta hace unos años, para recibir esa valoración uno debía emplear expresiones ya caducas, del estilo “guay del Paraguay” o vestir como un socialista en la Transición (jersey granate con coderas y con olor a Ducados, por si no se entendiese la referencia). Hoy estar pasado de moda es retrasarse 48 horas, no seguir la tendencia es tener un par de días ajetreados en el trabajo, quedarse fuera es salir a cenar fuera viernes y sábado y al volver no tener ganas de abrir el iPad. No hace tanto, para cargar con el estigma de estar desactualizado, de “estar fuera”, uno tardaba al menos un par de temporadas de El Corte Inglés. Todo ha cambiado en estos últimos años.

Quiero evitar a toda costa que esta columna parezca un “Ya no se hace __________ (pon aquí cualquier cosa) como antes”, ese mantra de nostálgico demodé (palabra ilustrativa de lo que significa) que tanta pereza da y que menosprecia cualquier innovación. Sin embargo, es paradójico que la extensión del uso de hype llegue ahora y no hace dos décadas. Es decir, diría que “Gladiator” estuvo de moda, pero jamás me habría referido a ella con el calificativo hype. Muy probablemente, por no decir que evidentemente, las redes sociales lo han cambiado todo, incluso nuestra relación con los contenidos. Estoy tan convencido de que hoy consumimos más material audiovisual que nunca, como de que cada vez es más difícil discernir lo que está bien de lo que es mediocre. Ser independiente en el juicio es a veces un acto de valor ante una masa que jalea un contenido. Por supuesto, no sólo audiovisual; este fenómeno es aplicable a la música o a la relación que mantenemos con nuestros ídolos.

No hay reposo, no hay tiempo para la digestión, ni siquiera en Navidad, cuando las comidas son más copiosas. La voracidad por otro contenido que sustituya al anterior es imparable y nos hace perder la perspectiva. Mi triste sensación es que, dentro de dos años, cuando nos pregunten por aquella película que protagonizaban Di Caprio y Jennifer Lawrence,  únicamente seremos capaces de balbucear: “¿Iba sobre un meteorito, no? Era una comedia, ¿verdad?”. Poco más. Seguramente, ni siquiera la volvamos a ver, como ha pasado con prácticamente todas las películas de la última década. Sin embargo, antes del pasado jueves 30 de diciembre, cuando yo vi la película, daba la sensación de que me enfrentaba a la última maravilla de Stanley Kubrick. Una obra maestra, pero sólo durante una semana. En fin, que el ruido no nos impida discernir lo que está bien de lo genial.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.