La palabra Omnicron nos sonaba a juego de mesa. En Vuelve Carolina, uno de los locales del extremeño, coincidimos prensa y cocineros. La ciudad bulle de negocio, con un Juan Roig (72) capitaneando la recuperación y la luz mágica del Mediterráneo.

En el ascensor del hotel bromeo con Carlos Maribona, su blog Salsa de Chiles es de lo mejorcito del planeta gastro. “Carlos, como en el Premio Planeta, que siempre tenían “untados” a los plumillas, aquí Michelin debería habernos regalado unos neumáticos de invierno” le digo enmascarado. Las risas nos duran lo que tarda en llegar el ascensor del séptimo piso a la planta baja. En la puerta un autobús de esos que trasladan a los invitados a una boda nos lleva hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Santiago Calatrava (70). A mí me encanta Calatrava pero para los polemistas recomiendo el libro de Llátzer Moix sobre el arquitecto: “Queríamos un Calatrava” (Anagrama 2016). Como en todos estos autobuses los que se sientan en la fila de atrás son los malotes.

Todos andábamos con ganas de celebrar, pero hay mal ambiente. Disimulado, pero mal ambiente. Entre periodistas, invitados y cocineros todos sabemos a la hora del papeo lo que va a pasar. Estos son algunos de los errores de estrategia que el fabricante de neumáticos francés cometió en su regreso como juez de la gastronomía española. El año que viene todos esperamos que lo hagan mejor.

No entregar a ningún restaurante nuevo tres estrellas. ¿Por qué? Muy fácil. Hay más de una docena de restaurantes que lo merecen. Dejo a gusto de los jueces que elijan, yo me inclino por tres, Atrio de Toño Pérez en Cáceres, Disfrutar de Oriol Castro, Mateu Casañas y Eduard Xatruch en Barcelona y Dstage de Diego Guerrero en Madrid. Cuando todo un país identifica la libertad, y la vuelta a la vida, con la restauración, que los jueces de Michelin no lo premien es no creer en nuestra gastronomía. Michelin debería haber empujado al sector concediendo al menos tres nuevos tres estrellas. ¿Por qué no lo vieron?

España solo tiene 11 de los 130 restaurantes con tres estrellas que hay en el mundo. ¿No está desequilibrado este tanto por ciento con el peso que tiene la gastronomía española en los cinco continentes? ¿Por qué Michelin no corrige esta injusticia?

Michelin cambió su equipo de comunicación en plena pandemia y también a su presidenta María Paz Rosina. Cualquier empresa del mundo puede cambiar a sus equipos pero el nuevo tiene que entender que en el sensible planeta gastronomico español es especialmente sensible a vanidades, egos, rencillas y demás indigestiones. Consejo al equipo de comunicación: engrasen relaciones.

Apuntarse a las estrellas verdes de la sostenibilidad. Comprendo que un fabricante de neumáticos está obligado a invertir y comunicar sostenibilidad pero una estrella verde no traerá clientes. Nadie duda que la sostenibilidad es un mandato imperante, pero nadie prestó atención a las estrellas verdes recién nacidas en Valencia. A los chefs a los que les dieron las estrellas verdes (21) y no les habían dado ninguna roja (Llar de Viri, O Balado, Somiatruites) el premio es un primer paso. A los que ya tienen las rojas un aditivo.

Las estrellas de Dani García rascaron y mucho. ¿Por qué? Dani devolvió sus tres estrellas y para muchos se convirtió en un héroe al intentar buscar un nuevo modelo de negocio. Smoked Room -aun no he podido conseguir reserva- con solo ocho asientos pasa de cero a dos estrellas. Michelin no suele hacer eso pero puede hacerlo. ¿Es una manera de devolver a Dani García el redil?

Una cosa es patrocinar una gala y otra los políticos hablen durante los primeros cincuenta minutos. Los discursos fueron leídos -que los directores de comunicación tienen que ganarse la vida- y cualquier discurso leído provoca en el receptor la desconexión inmediata. Cocineros, periodistas y zampabollos varios se retorcieron en sus asientos de nerviosismo ante unos discursos tediosos escuchando las bondades de una comunidad autónoma llena de energía y luz. Aprendan de los Oscar, nada de política
(#DeliciousValència #LExquisitMediterrani @Valenciaturismo @c_valenciana @dipvalencia) , todo espectáculo.

¿Es necesario contratar a una mujer para que esté dentro de un muñeco? “Me llamo Olivia”. Un hilo de voz cruza el photocall cuando me hago una fotografía con Bibendum. Si no la hubiera preguntado no había dicho nada, tan sólo hubiese movido un poco las manitas y hubiera dado paso al siguiente posado. Fui yo quien la pregunte. “¿Cómo te llamas?” Su acento, tamizado por el disfraz, me descubrió que no era de aquí sino de la Latinoamérica con la que compartimos idioma. “¿Cómo lo llevas?”, volví a preguntar, como José Luis Moreno, sin mover los labios para no salir mal en la foto. “Llevo tres horas dentro”. Lo que habría dado por no hacerme aquella fotografía. No es Michelin el único que contrata personas para dar vida a personajes. Disney lo explota a fondo y genera ríos de oro. En la Puerta del Sol decenas de inmigrantes con el sudor de su frente recaudan unas monedas, pero desde un punto de vista reputacional no lo veo claro.

El selfie de Quique Dacosta, un clásico ya en la gala debería haberse visto inmediatamente en la pantalla. No tiene ninguna complicación técnica y habría sido un colofón emocionante.