Sobre el audiovisual español se ha dicho de todo… Y casi siempre malo. Que si todas nuestras películas son sobre la dichosa Guerra Civil; que si sólo vale la pena Almodóvar, aunque “todas sus historias sean sobre travestis” (cuánto nos queda por avanzar); que si los actores españoles tienen una pésima dicción; que si los argumentos de las series españolas son mediocres en comparación con las británicas o las americanas; que si los franceses cualquier cosa, siempre con nuestra envidia hacia el maravilloso país vecino. Decenas de afirmaciones negativas, todas ellas tan ácidas como el pollo al limón de mi hermano. Frases hechas con las que no estoy de acuerdo, dado que tengo en alta estima a nuestro audiovisual, pero que quizá encerrasen una realidad: salvo excepciones, las producciones españolas solían viajar bastante mal. Hablo en pasado, dado que todo esto ha cambiado desde el desembarco de Netflix en España.

El pasado martes fui una de los miles de personas que siguió vía streaming la presentación de la última temporada de La Casa de Papel, el que es probablemente el producto español más global hasta la fecha. Del evento, celebrado en el Palacio Vistalegre, me llamó especialmente la atención el músculo internacional que quiso mostrar la plataforma de contenidos. Becky G estrenó su ‘remix’ del ya mítico “Bella Ciao”, que ahora es como el “We Do” de Los Tabernarios en Los Simpson; Ed Sheeran hizo una audición para unirse a la banda con el poco exótico nombre de Ipswich, que tiene el mismo morbo que proponer que un personaje se llame Robregordo; y se anunció que Park Hae-soo, de El juego del calamar, interpretará a Berlín, el que es con diferencia el mejor personaje de La Casa de Papel, en la adaptación coreana de la serie. Era un evento sito en Madrid, pero hecho para todo el mundo.

Hace apenas unos años era inimaginable que en Carnaval gente de todo el mundo se disfrazase como los actores de una serie española. ¿Os imagináis a adolescentes de Sidney vestidos como Quimi, de “Compañeros”? Algo así muestra la trascendencia de este producto. No se trata de si es o no es una gran serie (hay giros de guion que no superarían un examen riguroso o algunas interpretaciones al límite de lo aceptable), estamos hablando de cómo España ha conseguido comenzar a exportar otro tipo de productos que alcanzan a las masas de todo el mundo a través de Netflix. Porque, a otro nivel, también series como Élite son fenómenos mundiales y varios actores y actrices españoles comienzan a protagonizar producciones de masas en el extranjero, con más o menos acierto.

Tendemos a mirar con cierto recelo la presencia de grandes corporaciones en nuestro país. En muchos casos con razón, habida cuenta de algunas prácticas cuestionables. Sin embargo, creo que no debe pasarse por alto el fundamental papel que Netflix está desempeñando para meter de lleno al audiovisual español en el siglo XXI, para que nuestras series y películas tengan un marchamo contemporáneo y global, para que no nos quedemos atrás y despertemos de nuevo todos los estereotipos, que en los últimos años han pasado a un segundo plano. ¿Es mejor ahora el audiovisual español que hace una década? Seguramente no, pero estoy convencido de que hoy muchos más jóvenes piensan que es una opción de futuro interesante. Mientras tanto, yo no pierdo la fe de que exista un fanático de Quimi en Chicago.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.