Mark Zuckerberg acaba de presentar unas gafas (RayBan Stories) que llevan integrada cámara, micrófono, y conexión bluetooth, de modo que podemos procesar nuestra vida en Facebook. 

Marc Zuckenberg presenta las gafas, un producto ya en el mercado que haría realidad el sueño de un niño que juega a ser espía, pero también la peor pesadilla de Black Mirror, en un video en el que explica que «ya no tendrás que elegir entre interactuar con tu aparato (traducido de device), o interactuar con tu vida«. 

Es decir, hasta ahora tenías que elegir entre tu vida virtual (a la que sólo podías acceder de un aparato externo), o tu vida real, pero ahora, gracias a las gafas, puedes convertir tu vida directamente en un storie.

¿Qué prefieres, ¿soportar la dura realidad de un ser sufriente, o hacer de tu vida algo virtual?.

Siguiendo el hilo de lo virtual, en la serie Years and years (Russel T.Davies, 2019), una hija les plantea a sus padres, que piensan que ella quiere ser transgénero, que lo que quiere es convertirse en transhumana, y que se va a someter a un programa gracias al cual te deshaces del cuerpo físico y pasas a ser pura conciencia, pura energía, pura inteligencia. El cuerpo físico exige mucho mantenimiento, se deteriora con facilidad y sus procesos son lentos y pesados. Es lo que tiene la materia: la materia es energía manifestada en espacio/tiempo, y en espacio/tiempo todo lleva un tiempo, y sucede en un espacio. Es una realidad lenta y pesada, que cuesta mover y mantener. 

Sin embargo, la realidad virtual no está sujeta a tantos condicionantes. La información se transmite mediante ondas, y se almacena en moléculas de grafeno. Lo que Zuckenberg quiere decir con interactuar es vivir: ¿prefieres vivir en tu realidad virtual, o en tu realidad física? 

Las gafas son un accesorio, al igual que los relojes, tradicionalmente clasificados en la categoría de moda o lujo. Pero tanto una gafa como un reloj pueden ser los implantes de nuestra vida virtual. ¿Deberíamos considerar a esas gafas y esos relojes como parte de la industria de la ortopedia? ¿O abrir una nueva clase, la de los apéndices cibernéticos? Gracias a ellos, pasamos a ser androides de nuestra otra existencia. 

En nuestra vida virtual, no necesitamos ponernos físicamente la ropa, las gafas o el reloj. Y podemos, sin tener que soportar el pesado y costoso viaje a Nueva York, ver escaparates como el que supuestamente firmó el artista Shane wu para Zara en su tienda del Soho de Manhattan, que ha dado la vuelta al mundo sin haber tenido que incurrir en una sola hora de montaje: para mi desilusión, pues pensaba que por fin el gigante gallego había invertido en creatividad, encargando sus escaparates físicos a un artista, era una operación de marketing digital, para generar contenidos en las redes (especialmente Tik Tok).

Sí, estamos ya en la era virtual, que planteo como el fin de la era del materialismo en el ensayo NoDiseño. Propuesta para una nueva creatividad (Editorial La huerta grande, 2021). Una era en la que el dato ha sustituido al dinero, y se venden por miles de millones de dólares compañías que generan pérdidas, pero manejan los datos de millones de usuarios (como fue el caso de Snapshat en 2017, que en un solo año aumentó su milmillonaria valoración en la misma proporción que sus pérdidas). Una era en la que el algoritmo ha sustituido al diseñador.

Un buen ejemplo son las RayBan-Facebook: no son un nuevo diseño, sino que mantienen la apariencia de los «modelos icónicos» (tal como se repite en el video) de la marca. Son un No-Diseño, porque lo relevante no es la transferencia de creatividad mediante el diseño (propio del siglo XX), sino la captación de la atención del usuario para obtener datos. Un escenario que recuerda al de Matrix, y es que, si en la película de las hermanas Warchowski la conexión de Neo entre las dos realidades se producía a golpe de teléfono, en la película de nuestro día a día ya se puede generar con sólo ponernos unas gafas. Al usarlas, nos convertimos en el nutriente de la matriz (la red social). 

Podemos optar por la vida virtual a la que nos invita Zuckerberg, y hacer que nuestra vida sea un storie. Pero tiene un precio, y es que esa vida virtual no es nuestra, sino de Facebook (a lo cual hemos consentido en el contrato de adhesión a la red).