¿Qué habría pasado si los árabes hubieran descubierto América antes que Cristóbal Colón? ¿Y si el cartaginés Aníbal y su ejército de elefantes hubiera derrocado al Imperio Romano tras atravesar los Alpes? ¿Seríamos hoy un país muy distinto del actual si las tropas aliadas, durante la Segunda Guerra Mundial, hubieran decidido intervenir militarmente en la España de Franco?

En literatura —y en otros campos de la narrativa en general—, a este tipo de especulaciones acerca de una visión alternativa de la historia (el what if?, que dicen los anglosajones) se las conoce bajo el nombre de ucronía, un género que se ha hecho especialmente popular en los últimos tiempos.

Según algunos especialistas, el término fue acuñado en 1857 por el francés Charles Renouvier, a partir de la palabra griega utopía (u-topos, es decir, «en ningún lugar»), por lo que ucronía (u-cronos) vendría a significar «en ningún tiempo». De hecho, el diccionario de la RAE ya lo recoge, en sus últimas ediciones, bajo la siguiente definición: «Reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos».

En realidad, la ucronía es un mecanismo de pensamiento bastante habitual en el ser humano. ¿Me habrían dado aquel trabajo si no hubiera llegado cinco minutos tarde a la cita? ¿Estaría casado con otra persona si no hubiera cogido aquel autobús el día en que la conocí? ¿Qué sería de mi vida si hubiera estudiado derecho o informática en vez de periodismo (bueno, esto casi mejor ni planteárselo)? Los hilos del azar son tan leves y caprichosos que muchas veces nos sobrecoge imaginar las consecuencias futuras que habría tenido un hecho o una decisión aparentemente banal de nuestro día a día.

En general, la ucronía ha sido desarrollada principalmente por autores de ciencia-ficción o del género fantástico, elaborando escenarios distintos a partir de sucesos históricos muy célebres, tales como el asesinato de JFK, la extinción de los dinosaurios, la llegada de los norteamericanos a la Luna o cualquier aspecto relacionado con Hitler y los nazis (que siempre venden muy bien).

Y sin embargo, casi nunca me he encontrado con novelas, películas o series de televisión que vinculen ficciones de ucronía a eventos relacionados con el mundo de la economía. ¿Por qué será?

Si lo pensamos bien, pocas disciplinas tan decisivas en el ámbito planetario —y, al mismo tiempo, sujetas a probabilidades tan aleatorias— como las relacionadas con los vaivenes del dinero, la industria, los negocios o, por supuesto, el mercado de valores. He aquí algunos ejemplos hipotéticos que se me ocurren a vuelapluma.

¿Qué habría sucedido si, a principios del siglo pasado, el gobierno de los EE UU hubieran primado en sus ciudades el transporte eléctrico del tranvía frente al motor de combustión? ¿Sería la industria del automóvil —y el conjunto de sus lobbies— tan poderosa como lo es hoy? ¿Habría sido el sistema de montaje en cadena de Henry Ford tan influyente en los procesos productivos modernos? ¿Dependerían tanto las economías nacionales del precio del petróleo? ¿Estarían nuestras ciudades tan contaminadas?

¿Y qué habría pasado si la extinta URSS hubiera introducido reformas liberales en su economía socialista —al estilo de la China actual— a finales de los años setenta del siglo XX? ¿Seguiría en pie el muro de Berlín? ¿Sería la Unión Soviética hoy un gigante económico de corte neocomunista? ¿Existiría una plataforma de comercio B2B —parecida a Alibaba, pero con algún nombre ruso eufónico (seguramente, Sputnik)— en la que los simpatizantes de la izquierda preferirían comprar sus regalos de Navidad antes que hacerlo en la capitalista Amazon?

¿Y si Bill Gates hubiera sido obligado por los tribunales a retirar el sistema operativo Windows de Microsoft, en los años ochenta, tras haber sido acusado de flagrante plagio por Xerox? ¿Cómo se hubiera repartido el actual pastel tecnológico a nivel mundial? ¿Se habría desarrollado Internet a la misma velocidad? ¿Con qué tipo de procesador de texto estaría escribiendo ahora mismo este artículo?

En las dos últimas décadas, nuestro mundo se ha visto sacudido por fenómenos económicos de un modo tan poderoso y decisivo como antaño ocurría con revoluciones políticas, conflictos sociales o invasiones militares. El temido efecto 2000 o Y2K, el estallido de la burbuja de las puntocom, el colapso de Lehman Brothers o la crisis de las subprimes. Todos estos sucesos pudieron haberse resuelto de una forma ligeramente distinta, generando universos “ucrónicos” paralelos que ni siquiera somos capaces de imaginar.

Algunos de ellos, incluso (tales como la irrupción de las criptomonedas, las empresas FinTech, las implicaciones futuras del Brexit o la guerra comercial entre Pekín y Washington), se encuentran ahora mismo en pleno proceso de desarrollo, como unos dados lanzados al aire que siguen girando y girando sobre sí mismos, esperando un resultado final que aún desconocemos.

Las posibilidades son infinitas. Ahora solo falta que alguien con la imaginación y el talento de un Philip K. Dick, un Ted Chiang, un Ray Bradbury o un Christopher Priest elija alguno de estos argumentos y lo convierta en una novela de éxito.
Sé lo que estáis pensando. Ya puestos, tal vez debería hacerlo yo mismo. Pero entonces sería ese yo alternativo el que formara parte, a su vez, de una nueva ucronía.