Como esa marea de espuma que sube y baja cada día por la orilla del mar, posee el otoño un característico ritmo circular —al estilo del eterno retorno de Nietzsche— que cada mes de septiembre, en modo bucle, nos hace volver a empezar

Porque, desde el punto de vista laboral y empresarial, el nuevo año no arranca, como el calendario, el 1 de enero, sino ahora, con el regreso de las vacaciones y la denominada ‘vuelta al cole’ (en el sentido más amplio de la palabra). 

En el mundo de la comunicación, por ejemplo, es en este mes de septiembre cuando se anuncian los estrenos de temporada, se reorganiza la programación y se renuevan las plantillas, dejando atrás esos agostos planos de productos enlatados y reposiciones cíclicas. 

Y, sin embargo, no todo lo novedoso, por el mero hecho de serlo, adquiere un valor intrínseco. En ocasiones, lo mil veces repetido, por su carácter clásico y nostálgico, nos hace sentirnos confortables dentro de esa cálida esfera de agradable familiaridad.    

En este sentido, el canal Paramount Network lleva ya varios cursos consecutivos (como un obstinado repetidor) apostando por Colombo, la legendaria producción detectivesca, protagonizada por el carismático Peter Falk, centrada en las investigaciones de este famoso teniente de homicidios de la policía de Los Ángeles. 

Y lo más increíble de todo, lo hace con un éxito de audiencia notable

A pesar de que ya se sabían de memoria el desenlace final de los capítulos, una horquilla de entre 150.000 y 175.000 espectadores siguió cada tarde, en su última reposición, al sabueso de la gabardina roída y la voz de lija, una cifra que ya quisieran para sí otros muchos contenidos de estreno de la TDT.

Cabe recordar que Colombo se estrenó por primera vez en nuestro país en diciembre de 1973, por lo que hablamos de guiones y personajes concebidos hace ya casi medio siglo. Y a pesar de ese abismo de tiempo transcurrido, sus tramas y ambientaciones mantienen un poder hipnótico que atrapa.

Una de las primeras cosas que llama la atención es el fabuloso reparto que atesora. Leyendas del cine y el espectáculo, como Martin Landau, Dick Van Dike, Leonard Nimoy (Spock en Star Trek), Faye Dunaway, Janet Leigh (la víctima la ducha en Psicosis), el cantante Johnny Cash, John Cassavetes (amigo personal de Peter Falk), Anne Baxter o Gena Rowlands, aparecen como estrellas invitadas en alguno de los capítulos.

La estructura narrativa es siempre la misma. Cíclica. Se produce un asesinato y el espectador, desde su posición privilegiada y omnisciente, sabe quién es el culpable desde el principio. La intriga y el interés residen en saber cómo conseguirá Colombo desenredar la madeja y descubrir al taimado criminal.

Una de las características primordiales de la serie es que el homicida pertenece casi siempre a la clase adinerada, mostrando así cómo el mundillo de los negocios y de las altas finanzas suelen esconder –en su tramoya– las mismas cuitas, pecados y envidias que cualquier otro estrato de la sociedad. 

Bodegueros, novelistas, productores de cine, publicistas, petroleros, actores, arquitectos, empresarios, marchantes de arte y hasta el dueño de un equipo de fútbol americano. Aunque se muevan entre trajes de sastrería, bandejas de caviar y cotizaciones de bolsa, cualquiera de ellos puede ser sospechoso de asesinato.

El personaje de Colombo, por su parte, con su aspecto desaliñado y pobretón, destaca por contraste dentro de estos ambientes elegantes y lujosos, en los cuales la vida parece transcurrir de un modo diferente al resto, acorde a sus propios códigos y costumbres.

En Colombo no hay psicópatas posmodernos, crueles y refinados, que maten por puro placer (como en tantas series actuales). Tampoco asistimos a crímenes pasionales o venganzas arcanas. El móvil del asesinato es siempre el mismo. Y uno muy simple, por cierto: el dinero. 

Desfalcos, herencias, divorcios, seguros de vida, despidos, préstamos, libros contables amañados… Lo dijo Quevedo y lo confirmó Warren Buffet. El vil metal es quien mueve el mundo.

Hija de su tiempo, Colombo retrata fielmente el fresco económico y social de los años setenta en América, una época de agitación política (el Watergate), recesión industrial (con la crisis del petróleo), aumento de los índices de criminalidad y tráfico de drogas (especialmente en megalópolis como Nueva York o Los Ángeles) y movimientos reivindicativos en temas de racismo o liberación sexual.      

Entre el asesino (alguien poderoso, acostumbrado a salirse siempre con la suya) y el detective protagonista se establece una especie de partida de ajedrez psicológica. Mientras que el sospechoso suele mostrarse altivo, manipulador, cínico, engreído y algo desdeñoso, Colombo opta por hacerse el tonto o despistado, repitiendo las mismas preguntas de forma cansina y reiterativa, arrinconando —poco a poco— a su rival en una esquina del tablero, víctima de sus propias contradicciones.

Al final, tras ser superado intelectualmente, el asesino admite su fracaso y se entrega. Y lo hace, curiosamente, sin violencia alguna. Jamás intenta escapar ni agredir a quien le ha descubierto. Es como si hubiera una especie de dignidad implícita en el reconocimiento de la derrota, así como cierta piedad en el triunfo de Colombo, quien –lejos del revanchismo– llega incluso en ocasiones a alabar a su oponente (“lo hizo usted muy bien, casi consigue engañarme”), cautivado por su inteligencia y talento criminal.

Muchos de los detenidos, habituados a la exigente y competitiva batalla profesional diaria, actúan como si el duelo que han mantenido con Colombo se asemejara a una arriesgada inversión que les ha salido mal. «En la vida, como en los negocios, a veces se gana y a veces se pierde«, se resignan y consuelan mientras les ponen las esposas (aunque en la ficción televisiva, es Colombo quien siempre gana).   

Del mismo modo que el claim de esta revista, FORBES, recuerda en su cabecera aquella frase de El Padrino (It’s not personal, it’s just business; «Nada personal, sólo negocios»), Colombo en ocasiones destapa al culpable hasta con cierta desgana y pereza. Puede que incluso el asesino le parezca mejor persona que el asesinado, pero —por mucho que le pese— deberá cumplir con su obligación. 

Está usted detenido, amigo. Lo siento, no es nada personal. Es sólo Colombo.

Quizá vuelvan a reponer Colombo este otoño y seguro que algún capítulo caerá. Aunque ya lo hayamos visto. Porque ese es su poder. El discreto encanto de lo repetitivo.