Opinión Lourdes Fernández

Bilbao: cuando una ciudad decide creer en la cultura

Museo de Bellas Artes de Bilbao. (Foto de bilbaomuseoa.eus)

Hay ciudades que se transforman. Y hay ciudades que, además, consiguen convertir esa transformación en una forma de identidad. Bilbao pertenece, sin duda, a esta segunda categoría.

La reapertura del Museo de Bellas Artes de Bilbao, después de años de trabajo, esfuerzo y no pocas dificultades, es mucho más que la inauguración de un edificio renovado. Es la constatación de que una ciudad puede seguir reinventándose cuando decide entender la cultura, el arte y el espacio público no como un lujo, sino como instrumentos esenciales de transformación social.

Durante este pasado fin de semana, Bilbao ha celebrado la apertura de su nuevo Museo de Bellas Artes -Bilbao Museoa- con un extraordinario programa de visitas, discursos, actuaciones, invitados y una importante presencia institucional. Pero, más allá de la celebración, lo verdaderamente relevante es lo que este nuevo museo representa.

La ampliación, diseñada por Norman Foster y Luis María Uriarte, incorpora 6.000 metros cuadrados y conecta los distintos edificios que han ido conformando la historia del museo. El resultado no es simplemente un nuevo volumen arquitectónico: es una nueva manera de entender el museo y su relación con la ciudad. Y quizá ahí se encuentre una de las claves de Bilbao.

Una ciudad que aprendió a reinventarse

Norman Foster recordaba en su discurso las inundaciones de 1983. Recordaba también cómo, a partir de aquel momento, Bilbao fue capaz de construir una estrategia de transformación que acabaría convirtiéndose en uno de los ejemplos más estudiados de regeneración urbana.

La creación de Bilbao Ría 2000 y de Bilbao Metrópoli-30 fue fundamental. Dos instrumentos diferentes y complementarios para abordar una misma necesidad: transformar una ciudad industrial profundamente deteriorada y devolverle capacidad de futuro.

Uno desde la intervención física y la regeneración urbanística; el otro desde la planificación estratégica, la colaboración público-privada, la promoción internacional y la construcción de una nueva imagen de ciudad.

No deja de ser significativo que, tantos años después, sea precisamente Norman Foster quien ponga en valor aquella estrategia.

Porque Bilbao no se transformó únicamente mediante edificios extraordinarios. Se transformó porque hubo una decisión política, institucional y ciudadana de imaginar otra ciudad posible.

Una ciudad que había sufrido una profunda crisis industrial, que había padecido durante años la violencia terrorista y que había visto deteriorarse buena parte de sus espacios productivos, decidió apostar por el futuro.

Y lo hizo entendiendo algo que hoy parece evidente, pero que entonces no lo era tanto: que el urbanismo, la arquitectura, la cultura y el espacio público podían formar parte de una misma estrategia de transformación.

Foster insistió precisamente en esa idea: hacer del urbanismo y de la arquitectura un servicio público. Poner el espacio público al servicio de los ciudadanos. Entender la inversión en la ciudad como una inversión en bienestar y en futuro.

Es una reflexión especialmente pertinente en un momento en el que las grandes cuestiones geopolíticas, la incertidumbre y las sucesivas crisis ocupan buena parte de nuestro imaginario colectivo.

Frente a esa realidad, una institución cultural como el Bellas Artes adquiere una dimensión que va mucho más allá de sus salas y de sus colecciones.

El museo como espacio de esperanza

Quizá por eso la nueva arquitectura de Foster tiene una fuerza especial.

No se trata únicamente de ampliar un museo. Se trata de coser sus diferentes tiempos, de conectar sus edificios y de abrirlos de nuevo a la ciudad.

El gran Atrio Arriaga se convierte en ese sentido en una metáfora perfecta: un espacio de encuentro que conecta pasado, presente y futuro. La arquitectura no borra lo anterior, sino que lo integra. El nuevo edificio no pretende imponerse sobre la historia del museo, sino dialogar con ella. 

Y ese diálogo se extiende a la propia colección.

El museo presenta en esta nueva etapa cerca de mil obras, con una selección renovada y más de 150 piezas que se incorporan al recorrido. La colección deja de ser únicamente un relato cronológico para establecer nuevas relaciones y conversaciones entre épocas, artistas y lenguajes. Pero hay algo todavía más importante: el 70 % de la colección del museo procede de donaciones.

Ese dato explica mucho de lo que es Bilbao y de cómo una ciudad puede construir una institución cultural de primer nivel cuando existe una verdadera relación entre lo público y lo privado.

Las exposiciones inaugurales son, en este sentido, una magnífica declaración de intenciones.

Visiones de Ultramar. Artistas viajeros en la Colección de Patricia Phelps de Cisneros nos lleva hacia la mirada de quienes viajaron y representaron América Latina, construyendo a través del arte una determinada imagen del continente. 

La búsqueda del comienzo. Homenaje a Plácido Arango pone en primer plano la extraordinaria dimensión del coleccionismo y la relación histórica entre los grandes coleccionistas y las instituciones públicas. La colección de Arango, con más de un centenar de obras cedidas al museo en préstamo de larga duración, constituye una aportación de enorme relevancia. 

Y Balerdi. La línea infinita recupera la figura de un artista fundamental para entender la modernidad artística vasca.

No son tres exposiciones aisladas. Juntas construyen una idea: el museo como lugar de intercambio, de memoria, de descubrimiento y de futuro.

El poder de las obras en el espacio

Hay momentos durante la visita en los que la arquitectura deja de ser protagonista y es el arte el que toma posesión del espacio.

El nuevo atrio permite contemplar algunas piezas escultóricas con una intensidad diferente. Juan Muñoz, Eduardo Chillida -con ese emocionante Homenaje a Calder de la colección de Plácido Arango-, Richard Serra y su extraordinaria Bilbao, o Cristina Iglesias, cuya celosía recibe al visitante, adquieren una presencia casi arquitectónica.

Son obras que no simplemente ocupan el espacio: lo construyen.

También resulta especialmente sugerente la intervención de Alberto Peral en el arco de acceso. Es una intervención casi secreta, discreta, que exige detenerse para descubrirla. Precisamente por eso funciona.

Y, en medio de este nuevo paisaje, la escultura de Francisco Durrio, Homenaje a Juan Crisóstomo de Arriaga, aparece ahora sin el estanque que la acompañaba anteriormente. Convertida en fuente, su sonido introduce algo que quizá resulte cada vez más necesario en nuestros museos y en nuestras ciudades: el silencio. Ese sonido del agua obliga a detenerse, a mirar, a contemplar.

Y quizá también a recordar para qué hacemos todo esto.

La tenacidad de hacer posible lo imposible

Detrás de un proyecto de esta magnitud hay, naturalmente, arquitectos, instituciones, recursos económicos, colecciones, artistas y equipos profesionales. Pero sería imposible hablar de este nuevo museo sin hablar de Miguel Zugaza.

Su extraordinaria tenacidad, su capacidad de trabajo y su determinación para llevar el proyecto hasta el final han sido decisivas. En proyectos de esta dimensión, donde durante años se acumulan dificultades, retrasos, decisiones y responsabilidades, la perseverancia deja de ser una cualidad personal para convertirse en una verdadera herramienta de gestión. Foster así se lo reconoció públicamente.

Y quizá ese reconocimiento tenga todavía más valor porque procede de alguien que conoce bien la capacidad de Bilbao para convertir una idea en una realidad. El nuevo Bellas Artes es, en buena medida, el resultado de esa perseverancia.

Bilbao vuelve a apostar

Una ciudad que aprendió a levantarse después de una inundación. Que fue capaz de reinventarse después de una crisis industrial. Que decidió transformar sus espacios degradados. Que convirtió la arquitectura en una herramienta de regeneración urbana. Que apostó por el Guggenheim cuando aquella decisión podía parecer arriesgada. Y que ahora vuelve a invertir en cultura.

El Museo de Bellas Artes llega para completar el relato.

Bilbao puede tener dos grandes museos con vocaciones distintas y, al mismo tiempo, formar con ellos un ecosistema cultural extraordinariamente poderoso. A ellos se suma Artium, Museo Vasco de Arte Contemporáneo, en Vitoria-Gasteiz, configurando un eje cultural vasco con capacidad para proyectarse internacionalmente.

El verdadero reto ahora no es demostrar que Bilbao puede construir edificios extraordinarios. El reto es conseguir que estos espacios sean capaces de generar conocimiento, pensamiento, educación, creación, encuentro y nuevas preguntas.

Porque quizá esta sea la función más importante del arte en un momento como el actual. No resolver nuestras incertidumbres. Sino ayudarnos a mirarlas de frente.

En tiempos de convulsión, cuando las grandes cuestiones geopolíticas parecen ocuparlo todo, necesitamos espacios que nos permitan recuperar perspectiva. Lugares donde podamos detenernos, observar, pensar y volver a imaginar.

Eso es, en el fondo, lo que Bilbao vuelve a hacer con su Museo de Bellas Artes. No solo inaugura un museo, vuelve a apostar por la ciudad. Vuelve a apostar por la cultura. Y, sobre todo, vuelve a apostar por el futuro. 

Lourdes Fernández es fundadora de Artingenium, exdirectora de ARCO y Art Consultant de Forbes House.