Las cámaras solían fijarse en los dos músicos argentinos de Tequila, el guapo oficial de la banda, Ariel Rot, y su histriónico cantante, Alejo Stivel. Pero detrás de ellos, alejado del centro del escenario, pero sosteniéndolo entero, sin reclamar nunca el foco, Felipe Lipe aportaba el aplomo rítmico imprescindible sobre el que pivotaba la actitud rockera fundamental del grupo. La única coquetería que se permitía eran, paradójicamente, unas gafas de pasta negra que por aquellos años, en albores de la democracia, eran cualquier cosa menos “molonas”. De su inesperado fallecimiento, producido el martes 4, en la localidad toledana de Ocaña, dio ayer noticia, a través de su cuenta de Instagram, Ariel Rot: “Acabo de recibir la noticia de que Felipe Lipe, miembro esencial y fundador de Tequila, ha fallecido […] ¡qué tristeza!”. No ha trascendido la causa de su muerte.
Se hacía llamar Felipe Lipe, pero su nombre real era Felipe Gutiérrez Muñoz (Noblejas, 1958-Ocaña, 2026) y su muerte ha supuesto la desaparición de una de las figuras más discretas, pero también más decisivas, del rock español. Porque antes de que existiera la Movida, antes de que el rock cantado en castellano encontrara un lenguaje propio y antes, incluso, de que muchos grupos entendieran que se podía sonar como los Rolling Stones sin dejar de ser de Madrid, estuvo Tequila. Y en el centro de aquella maquinaria perfecta latía el bajo de Felipe Lipe.
En 1976 Felipe vivía con su familia en el barrio de San Blas. Allí montó un grupo, Spoonful Blues Band junto con el guitarrista Julián Infante y el batería José Antonio Alonso “El Oso”. Después de una actuación en el club M&M dos de los integrantes del público, los citados Rot y Stivel, les propusieron unirse a ellos, lo que finalmente sucedería unos meses después, cuando “El Oso” dejó el grupo para cumplir con el, entonces obligatorio, servicio militar, siendo sustituido por Manolo Iglesias. Los cambios provocaron también un nuevo bautizo, y fue Felipe quien propuso Tequila, por la canción “Cheap Tequila” del guitarrista albino Johnny Winter.
La combinación de talentos terminó cambiando para siempre la historia del rock hecho en España. En apenas cinco años grabaron cuatro discos y dejaron un puñado de canciones que siguen formando parte del ADN sentimental de varias generaciones: “Salta”, “Rock and Roll en la plaza del pueblo”, “Dime que me quieres”, “Quiero besarte”, “Necesito un trago” o “Me vuelvo loco”.
En un país que acababa de salir del franquismo, ellos introdujeron una manera completamente distinta y revolucionaria de entender el rock. No había planteamientos instrumentales progresivos ni solemnidad cantautora. Había un regreso a las señas de identidad más claras y juveniles del pop y el rock primitivo: electricidad, descaro, riffs heredados de Keith Richards, melodías irresistibles y una actitud que parecía llegada directamente de Londres.
En ese engranaje, Felipe Lipe nunca fue el personaje más mediático. No escribía titulares ni monopolizaba las entrevistas. Su papel era otro: aportar el equilibrio musical de un grupo cuya energía podía parecer caótica, pero que funcionaba con una precisión extraordinaria. Su bajo era el pegamento entre la guitarra de Ariel Rot y la batería de Manolo Iglesias; el soporte rítmico sobre el que descansaban algunas de las canciones más influyentes del pop-rock español.
Quizá precisamente por esa personalidad discreta sorprendió que, cuando Tequila comenzaba a convertirse en un fenómeno masivo, fuera él quien decidiera alejarse. Abandonó la banda antes de la separación definitiva, cansado del desgaste interno y del ritmo de una industria que empezaba a devorar a sus protagonistas: todos ellos vivieron etapas de adicciones a las drogas que, en el caso de Felipe, le apartaron de la música durante varios años.
Una vez recuperado, en vez de perseguir una segunda oportunidad en la música, Felipe decidió estudiar Psicología y dedicó buena parte de su vida profesional a trabajar en Proyecto Hombre, ayudando a personas con problemas de adicción. No era una renuncia al rock: era una manera distinta de entender su papel en la vida, el de alguien que nunca buscó prolongar artificialmente el personaje de estrella. Da fe de ello que en 2008, cuando Alejo y Ariel le plantearon el regreso de Tequila –ya habían fallecido Julián Infante y Manolo Iglesias, por enfermedades derivadas de su drogadicción–, Felipe aceptó inicialmente, pero, tal y como explicó para la revista Zona Ruido, decidió bajarse del barco al sentirse menospreciado: “me llamaron para el proyecto de la reunión y se comenzó haciendo entrevistas en prensa. A los pocos días me llamaron para decirme que no fuera a las entrevistas que iban ellos y así había menos gastos y tal. Comenzaron a hablar del grupo como ‘Tequila, grupo argentino’ y ahí me enfadé ¿Cómo que argentino? El grupo Tequila lo formé yo. Felipe Lipe de San Blas con Julián Infante y Ariel que le probamos como guitarrista. Tequila éramos los tres más un amigo mío, ‘El Oso’, que cuando se fue a la mili Ariel dijo que no le quería porque tenía barba (risas). Digo las cosas como son porque han inventado una historia de Tequila que no es. Y bueno, con lo de la reunión comenzaron a ir las cosas mal, como te decía, con la parte de las entrevistas, querían ir de ‘estrellitas’ y yo de segundón, al margen de que a la hora de cobrar ellos iban a tener el 40% y yo el 20% así que hablé con Ariel y decidí dejarlo”.
Su perfil público fue escaso durante décadas, aunque siguió vinculado a la música con proyectos puntuales –incluso montó, a finales de los años noventa, un grupo, Fénix, con su hermano Rafa, el famoso guitarrista de los Hombres G– y una banda, Felipe Lipe Tequila, formada en 2014, en la que reinterpretaba el repertorio de Tequila desde una perspectiva mucho más rockera y castiza. En 2022 llegó uno de los momentos más emocionantes de los últimos años: el documental “Tequila. Sexo, drogas y rock and roll”, en el que volvió a reunirse con Ariel Rot y Alejo Stivel para recordar una historia tan brillante como turbulenta, cuya trayectoria, definida por Ariel Rot, tendría “música alegre y letra triste”. Era difícil definir mejor la aventura de Tequila.

