Valentino Garavani ha fallecido a los 93 años en su residencia de Roma, rodeado de sus seres queridos. Con él se va algo más que un diseñador: desaparece una manera de entender la alta costura como arte total, como disciplina del tiempo, del silencio y de la belleza sin concesiones. Valentino no fue solo un modisto célebre; fue el último gran couturier clásico, en el sentido más profundo y exigente del término.
Nacido como Valentino Clemente Ludovico Garavani el 11 de mayo de 1932 en Voghera, una pequeña localidad de Lombardía, su vocación fue precoz y casi inevitable. De niño ayudaba a una tía modista y observaba con fascinación cómo una prenda podía transformar a quien la llevaba. A los 17 años se trasladó a París, donde se formó en la École des Beaux-Arts y en la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne, aprendiendo el oficio desde dentro, con una disciplina casi monástica.
Allí fue aprendiz de Cristóbal Balenciaga, Jean Dessès y Guy Laroche, una tríada que marcaría para siempre su manera de entender la estructura, el movimiento y la elegancia. De Balenciaga heredó el rigor; de Dessès, el sentido del drapeado; de Laroche, la precisión moderna. En 1959, regresó a Italia y abrió su primer atelier en la Via Condotti de Roma, con ayuda económica de su padre. Roma, entonces capital de la dolce vita, sería su escenario definitivo.
Giancarlo Giammetti: el socio invisible y esencial
En 1960, en el Café de París de Roma, Valentino conoció a Giancarlo Giammetti. Fue un encuentro fundacional. Giammetti no solo se convirtió en su socio empresarial y sentimental durante años, sino en el arquitecto silencioso de la maison. Mientras Valentino creaba, Giammetti protegía, organizaba y proyectaba la firma hacia el mundo. Juntos fundaron Maison Valentino, una de las casas más influyentes del siglo XX.
El primer gran hito llegó en 1962, con su desfile de alta costura en el Palazzo Pitti de Florencia. La crítica fue unánime y los pedidos internacionales no tardaron en llegar. A partir de entonces, Valentino se convirtió en el modisto predilecto de una élite global que buscaba algo más que moda: buscaba distinción sin estridencias.
El rojo que cambió la historia
Pocos diseñadores pueden decir que un color lleva su nombre. El rojo Valentino no es una invención comercial, sino una experiencia vital. El propio diseñador contó que la revelación ocurrió en su juventud, en una noche en la ópera del Liceo de Barcelona, al quedar fascinado por una mujer vestida de terciopelo rojo entre un mar de espectadores. “Era única, aislada, apasionada. La heroína perfecta”, recordaría años después.
Desde su primera colección, ese rojo carmesí se convirtió en una constante. Todas las colecciones de Valentino incluían al menos un vestido rojo, como un ritual. No era provocación: era presencia. Un rojo pensado para que la mujer entrara en una habitación y no necesitara hablar.
Las mujeres de Valentino
Valentino entendió antes que nadie que vestir bien a una mujer era escuchar su vida. Por eso sus clientas no eran solo celebridades: eran amigas, confidentes, musas. Jackie Kennedy Onassis fue la más emblemática. Le encargó vestidos negros de luto antes del asesinato de John F. Kennedy, sin saber que acabarían marcando una iconografía histórica. Valentino también diseñó su vestido de novia para su boda con Aristóteles Onassis en 1968.
Elizabeth Taylor, Audrey Hepburn, la princesa Diana de Gales, Grace Kelly, Naty Abascal, Marisa Berenson, Gwyneth Paltrow o Anne Hathaway formaron parte de un círculo íntimo que trascendía la alfombra roja. Hathaway, a quien él llamaba “mi hija”, le pidió un vestido de Valentino para su boda, un gesto que él consideró uno de los mayores honores de su carrera.
Valentino fue también el gran diseñador de novias del siglo XX. Desde Marie-Chantal Miller hasta Gwyneth Paltrow, pasando por Jennifer Lopez, Anne Hathaway o Nicky Hilton, su firma estuvo presente en algunos de los enlaces más simbólicos de las últimas décadas.
Cultura pop, cine y legado
En 2006, Valentino hizo un cameo inolvidable en El diablo se viste de Prada, saludando a Miranda Priestly tras un desfile ficticio. Era un guiño que confirmaba su estatus: Valentino era ya un símbolo cultural reconocible incluso fuera del mundo de la moda.
En 2008, anunció su retirada con un último desfile y una gran celebración. Ese mismo año se estrenó el documental Valentino: The Last Emperor, dirigido por Matt Tyrnauer, que mostró al mundo su obsesión por la perfección, su temperamento exigente y la profunda humanidad que se escondía tras su aparente distancia.
Tras su retirada, la casa siguió evolucionando. Maria Grazia Chiuri y Pierpaolo Piccioli reinterpretaron su legado con sensibilidad contemporánea; más recientemente, la firma ha demostrado que el ADN de Valentino puede dialogar con nuevas generaciones sin perder su esencia.
Honores y despedida
Valentino recibió, entre otros reconocimientos, la Legión de Honor francesa, el premio a la trayectoria del CFDA y múltiples homenajes institucionales. En 2023, fue distinguido por su carrera en los British Fashion Awards, premio que recogió Giancarlo Giammetti en su nombre.
El velatorio se celebrará en el espacio cultural PM23 de Roma —creado por el propio Valentino y Giammetti— y el funeral tendrá lugar en la Basílica de Santa Maria degli Angeli e dei Martiri a las 11:00.
Con su muerte se cierra una era. Valentino no diseñó para el ruido ni para la tendencia. Diseñó para el recuerdo. Para ese instante en el que una mujer se reconoce en el espejo y sabe que está exactamente donde debe estar.
El rojo seguirá ahí. Pero el hombre que lo convirtió en leyenda ya es historia.
