Hoy es un alivio entrar en puerto. Finalmente llego a la marina de Malasia, donde podré descansar tranquilo, sin temor a que un chubasco rebelde me despierte de madrugada. Remonto el río que separa Singapur de Malasia, paso por debajo de un puente y atraco en el amarre B23. Es 22 de diciembre y tengo dos días para acicalar al Sofía antes de que mi hermana Carla, mi prima Paula —la aventurera que me visitó en San Blas— e Itxi lleguen a pasar la Navidad a bordo. Necesito este chute de vitalidad. El mar de Java y la transición del monzón me han desgastado un poco.
Siempre que recibo visita, el día previo me entran unos nervios buenos, de esos que no te dejan parar de pensar en planes que hacer, actividades sin descanso para que no se aburran y lugares nuevos que explorar. Sabiendo cómo son, es imposible que nos aburramos. Me permito el lujo de tener la tarde previa a su llegada de total descanso, tiempo para mí. Me pongo las zapatillas de correr y voy a trotar por la zona unos minutos. Uff, cómo se nota mi baja forma física. Me pego una buena ducha y me voy a cenar a un restaurante malayo que hay enfrente de la marina. Tradición típica después de unos cuantos días navegando.
La despensa del Sofía está vacía, así que montamos un banquete de bienvenida en un tailandés. Brebajes para brindar por Carla, Paula, Itxi y por el Sofía. Qué ganas de tener a parte de mis personas a bordo. Celebramos la Navidad en el Sofía con comida típica de casa.
El resto de los días los invertimos en explorar la ciudad de Malaca, la zona sur de Malasia, pasar un día entero en Singapur y hacer muchas excursiones a pie. Los días pasan volando, como si estuviese en navegación. Desde que zarpé de España, tengo la sensación de que los días son complicados de disfrutar por lo rápido que pasan. Las mañanas vuelan y las tardes se pasan en un abrir y cerrar de ojos. No da tiempo a parar y disfrutar. En el fondo creo que es buena señal; de lo contrario, viviría en una cuenta atrás insufrible. Llevo más de un año trotando por los océanos y me da la sensación de que dejé mi tierra ayer. ¿Cómo debe de estar todo lo que dejé?
En los tiempos muertos aprovecho su presencia para hacer trabajos que solo me costarían el triple de tiempo: desmontamos la mayor para revisarla, desmontamos la botavara para cambiar las arandelas de la unión botavara-mástil y sacamos el tanque de diésel para limpiarlo por dentro. Con ellas, cada trabajo es un show muy divertido. Una se queja porque pesa mucho, otra porque se ensucia la ropa y la otra porque hace mucho calor. Entre quejas y quejas vamos haciendo y acabamos los trabajos de mi lista. Les invito a unas copas esta noche.
Ojalá pudiesen quedarse más días, pero todas ellas tienen responsabilidades que cubrir en sus respectivas vidas. Llega la maldita despedida. Trato de pensar en los buenos momentos que hemos vivido y en que pronto se repetirán. Las acompaño al taxi que las llevará al aeropuerto y salgo de ahí para evitar que me vean. Me voy a dar una vuelta entre los veleros del puerto y acabo en un restaurante indio para ahogar las penas de su marcha. A pesar de las despedidas, que son inevitables, estas visitas me dan alas para continuar con mi objetivo. Nada me puede desviar. Cada día estoy más cerca y estoy cumpliendo lo más importante: disfrutar del proceso.
Hace unas semanas el radar me dejó de funcionar. Me puse en contacto con el servicio técnico y, tras varias comprobaciones, me dijeron que el fallo era de la antena y que me enviaban una nueva bajo garantía desde Australia. Han pasado cuatro semanas y aún estoy esperando la maldita antena. Cada día envío un correo electrónico para saber el estado del envío, pero son muy pocas las actualizaciones que recibo. Durante mis días atrapado en la marina conozco a una pareja que navega en un catamarán. Terry y Jean me adoptan durante estas semanas y me calman la furia que llevo dentro. Pasamos ratos hablando de navegación, barcos, destinos a los que navegar y aventuras que hemos vivido en el océano. Ella, de origen chino, suele deleitarme con comidas típicas de su tierra. Me las trae a bordo sobre las 19:00 h. Cada noche supera a la anterior.
Al cabo de cinco semanas llega la antena nueva. La sustituyo, funciona unas horas, pero luego vuelve a fallar. Estallo de rabia. Me busco la vida para encontrar un cable nuevo. Lo sustituyo y voilà: funciona varios días seguidos. La verdad es que he perdido muchos días en la marina esperando a que se resolviese el problema del radar y, haciendo cuentas de los días que necesito para llegar a Tailandia, llego a la conclusión de que es mejor no llegar hasta allí y quedarme en Langkawi, una isla súper bonita que forma parte de Malasia. Prefiero no llegar y poder ir más lentamente, disfrutando más días de Langkawi. De lo contrario, sería ir a toda prisa y no tener mucho tiempo para disfrutar de Tailandia.
Después de más de un mes en la marina tratando de resolver el problema con el dichoso radar, el Sofía está listo para zarpar rumbo a Langkawi. Por la proa se asoma el estrecho de Malaca, famoso por su intenso tráfico de mercantes, corrientes fuertes, pescadores por todas partes y los famosos “sumatras”: tormentas de varias horas con lluvias y vientos que pueden superar los 40 nudos y que viajan desde la costa de Sumatra hasta Malasia.

