Si hablamos del Mediterráneo, nos viene la imagen de playas saturadas de turismo estacional, pero en los últimos años eso está cambiando. Y, aunque no sea precisamente el primer lugar que viene a la mente al hablar de ballenas, una de las experiencias más apasionantes que se pueden vivir en la costa catalana cuando llega el buen tiempo es el avistamiento de grandes cetáceos entre los meses de abril y junio. Entre ellos destaca el rorcual común (Balaenoptera physalus), la segunda ballena más grande del mundo después de la ballena azul, una especie protegida que se puede avistar frente a las costas del Garraf, ricas principalmente en krill, pequeños crustáceos parecidos a los camarones, el alimento preferido de las ballenas, durante su viaje hacia el noroeste del Mediterráneo.
Lo que antes era una rareza se está convirtiendo en un fenómeno natural destacado en el litoral barcelonés que mezcla ciencia, turismo, nuevas oportunidades económicas y debate ambiental. De hecho, hace un año las aguas costeras de Vilanova i la Geltrú fueron designadas como el primer ‘Hope Spot’ de la Península Ibérica, otorgado por la fundación internacional Mission Blue para la conservación de la biodiversidad marina en general y del rorcual y los delfines en particular.

El Garraf, en la ruta de los grandes cetáceos
En este sentido, ha surgido una nueva generación de emprendedores vinculados tradicionalmente a la navegación recreativa o a la formación náutica que han comenzado a especializarse en experiencias de avistamiento de cetáceos. Es el caso de Ricard Prehn, fundador y CEO de la empresa náutica Escuela Náutica Altair, con base en el Port del Garraf y fundada en 2014. Cuenta con más de 25 años de experiencia en el sector de la formación y la navegación, y ha entrenado a miles de alumnos, entre niños y adultos.
Actualmente, además de ofrecer servicio de reparación de barcos o salidas para ver la puesta de sol, también se dedica a guiar expediciones de avistamiento de cetáceos en las costas del Garraf, por lo que tiene un papel muy activo en estas excursiones basadas en la ciencia y el máximo respeto al ecosistema.
Según Prehn, “la orografía marina frente a las costas del Garraf es muy particular porque, conforme te vas alejando de la costa, pasas de una profundidad de 200 metros a cañones submarinos de casi 2.000 metros por los que suben unas aguas frías que arrastran materiales vegetales, todo tipo de nutrientes y donde hay mucho krill, un alimento fundamental para la dieta de las ballenas”.
Es durante los meses de abril a junio cuando las ballenas rorcuales realizan su migración hacia el noroeste del Mediterráneo, pasando por la costa catalana y aprovechando la abundancia de plancton y krill en los barrancos abisales frente a las costas del Garraf como avituallamiento.
“Son difíciles de ver —explica Prehn—, pero antes de cada excursión damos una explicación previa para después salir en el ‘Bela’, nuestro velero, hacia esos barrancos abisales, donde la gente lleva prismáticos y puede escuchar el soplido de un rorcual, que es cuando respiran y que, desde lejos, parece un géiser o, a veces, hasta una cola que se levanta. Es entonces cuando se hace el silencio en el barco porque la gente se da cuenta de que está viendo algo excepcional”.
Según la normativa, las embarcaciones deben mantener distancias de seguridad y evitar maniobras que alteren el comportamiento de los cetáceos. “También hay muchos delfines, que son más fáciles de ver porque se colocan en la proa del barco y juegan contigo”.

Autorizado por el Ministerio para la Transición Ecológica
La actividad de la empresa Altair está regulada y autorizada por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico de España (MITECO), lo que indica que tienen un enfoque formal y responsable, ya que el auge del avistamiento de ballenas plantea un equilibrio delicado.
El Mediterráneo es uno de los mares más presionados del planeta debido a su intenso tráfico marítimo, la contaminación acústica y los residuos plásticos. Por ello, las organizaciones ambientales insisten en regular este tipo de actividades, controlando la velocidad de las embarcaciones, la distancia mínima respecto a los animales y el número de operadores para evitar impactos negativos.
La empresa de Prehn es una de las que defiende este modelo, organizando las excursiones con grupos reducidos y educando al cliente para que cada salida sea una herramienta de sensibilización más que un simple producto turístico.
Prehn comenta que “lo ideal para organizar una salida es que el mar esté plano como un lago, que no haya olas, porque cualquier animal que haya en el mar va a captar nuestra atención. Si hay un chapoteo o un «géiser», es más fácil verlo cuando el mar está en calma. Si hay olas, el chapoteo se mezcla con ellas y, por lo tanto, no lo ves a no ser que estés con los prismáticos. El problema es que la mayoría de las personas solo pueden salir los fines de semana y, a veces, coincide que hay mala mar”.
La experiencia tiene un coste de 125 euros si es una plaza individual y, para una familia o grupo de amigos, de 850 euros, con una capacidad máxima de 11 personas. Normalmente se trata de turismo local, aunque también tienen como clientes a turistas extranjeros alojados por la zona.

Más allá de este tipo de negocio, se aprecia que hay un cambio en la forma de mirar el mar. Durante décadas, el Mediterráneo se ha percibido como un espacio agotado, sobreexplotado y saturado de turismo marítimo, pero ahora que sabemos que estas aguas forman parte de corredores biológicos importantes, como ruta de estos grandes cetáceos, esto ha hecho que nos cuestionemos esta narrativa.
Está claro que, para quienes participan en estas salidas, el impacto es inmediato, ya que ver una ballena en libertad a pocas millas de la costa es algo que impresiona por lo inesperado. Por ello, es importante fomentar el respeto y una relación más equilibrada con el mar, ya que, aunque el futuro de este tipo de turismo depende de la preservación de lo que atrae a los visitantes, se debe evitar que el crecimiento del ecoturismo reproduzca los mismos errores de otros modelos turísticos más agresivos.
El desafío ahora es conservar ese equilibrio, porque el verdadero valor de avistar ballenas no es solo poder verlas, sino saber que siguen estando ahí.

