A medio camino entre la exposición pública y el refugio íntimo, Máximo Huerta (enero de 1971, Utiel) ha construido una trayectoria donde la sensibilidad es un método. De la televisión a la literatura, su recorrido no responde tanto a una estrategia como a una forma de mirar: pausada, observadora, atenta a los matices.
En un entorno dominado por la inmediatez, ha sabido reivindicar lo pequeño, lo cotidiano y lo emocional como materia narrativa. Quizá por eso su universo —hecho de memoria, palabras y cierta melancolía— resulta reconocible y, al mismo tiempo, difícil de imitar. Ahora, triunfa con su nueva novela: Mamá está dormida (editorial Planeta).
La primera pregunta de tu nuevo libro es “Y tu hermano, ¿dónde está?”. ¿En qué momento supiste que ahí había una novela?
La idea de la novela tarda un poco más. Al principio tuve que asumir lo que estaba pasando, o sea, que me estaba confundiendo, que yo era otro y que la memoria se había descolocado. Ahí me di cuenta de que era una buena novela, que era una buena opción de un arranque de una novela. Pero primero tuve que asumir la realidad antes de empezar a escribir esta novela.
Has retratado muy bien esa generación que se convierte en cuidadora de sus padres. ¿Estaba también en ti esa intención de retratar a esa generación?
Tenía que retratarla de manera inevitable, porque es una generación entregada que siempre ha vivido con mucha intensidad lo familiar y el cuidado y ahora ya el mundo ha cambiado entonces en esta novela yo quería hablar del amor, de la entrega, del lazo madre-hijo y de los cuidados. Y sobre todo de la cantidad de misterios que guarda la vida de cada persona, que nunca sabremos.
En este caso Aurora, que también representa a muchas mujeres que han sido educadas para callar, ¿es también un homenaje a esa generación?
Sí, Aurora es una mujer como tantas, como tantos miles de mujeres que están educadas para callar, para cuidar y para olvidar el pasado, para poder sobrellevar el presente; que podrían haber tenido vidas maravillosas, pero que vivieron la que les tocaba vivir.
Bueno, y ese viaje madre e hijo, que de alguna manera termina siendo un ajuste de cuentas con el pasado. ¿Crees que todos necesitamos alguna vez hacer ese viaje?
¡Me encanta, en autocaravana! Todos necesitaríamos hacer este viaje en autocaravana con nuestros padres y conocernos un poco más porque normalmente nunca llegamos a conocernos. Pero ese viaje al pasado para entenderlo y para entenderlos cómo eran de jóvenes o qué pasó, poder entenderlo. Entender cómo han sido las vidas, tan diferentes entre las de nuestros padres y nosotros.
«Todos necesitaríamos hacer este viaje en autocaravana con nuestros padres y conocernos un poco más»
Me parece también supercurioso e interesante que en tus libros, no solo en este, aparece mucho, muchísimo, la vida cotidiana. ¿Por qué?
Es lo que más me gusta. Retratar lo cotidiano me parece que es retratar lo universal. Retratar lo pequeño, lo que está cerca, lo que pasa desapercibido, me parece que nos iguala a todos mucho más y es mucho más universal. Le afecta a uno de Connecticut, de Austria y de Tánger. O sea, cómo mueve tu madre las manos, cuánto azúcar se pone, cómo te da el beso de buenas noches… Los pequeños detalles, el costumbrismo familiar me parece que es universal.
Imagino que ese ejercicio de contemplar lo cotidiano es también un poco para memorizar esos gestos para cuando esa persona no esté.
Sobre todo porque, en el caso de la novela, las novelas son a veces frascos de conserva para el futuro y memorizar, fijarte en los pequeños detalles y guardar aquello que no se puede fotografiar es fundamental para el futuro.
El mar creo que siempre ha estado en tu vida…
Yo el mar lo necesito. De hecho, estaba ahora cerrando ya para estar toda la Semana Santa frente al mar.
¿Dónde, se puede saber?
Sí, en Altea. Ya me estaba visualizando en el náutico, en el puerto, por las rocas, en las calas… Ya me estaba visualizando yo. Me da igual que haga sol o no, aunque prefiero sol, pero el mar siempre me resulta absolutamente atractivo.
Si te digo la palabra ‘mar’, qué es lo primero que se te viene a la cabeza.
Dos cosas casi contrarias: tranquilidad y alegría.
¿Por qué?
Porque me da mucha tranquilidad el mar, a mí me encanta pasear solo, mirar el mar, pero también esa alegría porque es contagioso. El mar te cambia la cara.
¿Cuál es el primer recuerdo que tienes del mar?
En Vinaròs. Con mi padre siempre hemos ido por la tarde el fin de semana, pasarlo en la playa era muy normal. En la playa del Saler, en Valencia. Y, como te digo, siempre hemos estado en Vinaroz. Ir al puerto me encantaba. De hecho, una de las fotos más importante que hay en mi casa es mi madre y yo en el puerto, y mi padre y yo también en el mar de Vinaròs. Es mi foto favorita, de hecho.
Bueno, te iba a preguntar que qué relación personal tienes con el mar, pero creo que casi me has respondido ya…
Pues siempre ha sido muy importante, no solo en verano, sino a veces yo lo utilizo para limpiarme problemas por la tarde, porque además lo tengo aquí al lado a 15 minutos con el coche. Eso de pasear un rato por la orilla es necesario y me limpia mucho. Mejor que un masaje a veces. Una caña frente al mar ya me ha quitado un 50% de los problemas.

