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Diario de a bordo: capítulo 9 | «Suva y arrecifes: entre burocracia y paraíso», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online

En el Sofía disfruto de la soledad, pero con los armadores e Itxi, tras medio mundo recorrido, el ermitaño desaparece y doy paso a una vida más social en tierra.

Arribamos a Suva, la capital de Fiyi. Pasamos unos días haciendo la entrada legal al país, comprando provisiones y explorando un poco la zona. Estamos fondeados a las afueras de la marina, en una bahía enorme, llena de buques varados y naufragados. Hay mucha flota pesquera china fondeada repartida por la bahía, así como japonesa.

Estamos un día entero de un lado a otro para realizar la entrada legal. Visitamos aduanas, inmigración, sanidad y al jefe de puerto. Los sitios están entre una y dos horas caminando, por lo que nos movemos en taxi. Los precios son ridículos. Suva, y en general Fiyi, tiene mucha influencia india. Alrededor de 1879, muchos indios emigraron para venir aquí a trabajar en las plantaciones de caña de azúcar bajo influencia inglesa. La mayoría de los puestos locales para comer son de comida india y tenemos que ir con cuidado con el “spicy” que le añaden a todo tipo de platos. La ciudad es un libre albedrío, llena de gente de un lado a otro. Se combinan fachadas hechas pedazos, que con el viento de una baja presión se vendrían abajo, con edificios modernos y centros comerciales.

Hemos salido del ‘Sofía’ para iniciar los trámites a las 08:00 de la mañana y volvemos a bordo a las 16:00 de la tarde. Nos duchamos, tomamos unos brebajes a bordo y vamos a celebrar la travesía exitosa en el restaurante de la marina. Una tradición que se cumple a rajatabla: incluso cuando navego solo y acabo una travesía, me pierdo por el destino al que haya llegado y me doy un festín en cualquier sitio local. Es una manera de despejar la mente y el cuerpo después de unos días duros, porque, aunque sea lo que más me gusta en el mundo, navegar en océano abierto siempre trae, junto con el disfrute, ese punto de tensión, de incertidumbre, de estar bajo los caprichos de la naturaleza.

Al tercer día en Suva, y con los deberes hechos, decidimos escapar del alboroto de la capital. A unas 24 horas de navegación al oeste de Fiyi hay un grupo de islas y arrecifes paradisíacos. La proa del ‘Sofía’ apunta hacia el agua cristalina y playas de arena blanca. Es una travesía de un día a motor: el viento es muy flojo, el mar está en calma y una noche estrellada nos guía hacia la puerta de entrada de Musket Cove. Fondeamos entre arrecifes a las 12 del mediodía. Tiramos la auxiliar al agua, ponemos el motor y vamos a caminar a una isla, por llamarla de alguna manera, que con la marea alta desaparece. Es una lengua de arena blanca de unos 100 metros de largo a la que solo se puede acceder con la marea baja. Caminamos de punta a punta, nos refrescamos, buscamos conchas y nos sumergimos entre las rocas para ver estrellas de mar, pulpos, erizos e infinidad de peces. Volvemos al barco: el armador prepara unos filetes de mahi mahi que hemos capturado esta mañana antes de entrar en la zona de arrecifes. Estoy viviendo mi sueño.

Con esta rutina pasan ocho días volando, cada día explorando un arrecife o una isla diferente. Descubrimos un resort con facilidades para turistas que viajan por tierra: piscina, bar, un pequeño supermercado con productos frescos y una peluquería. Bajo la presión de mis armadores, una tarde me veo sentado en la silla, con una fiyiana a mis espaldas cortándome el pelo. Han pasado unos ocho meses desde que mi prima Paula me lo cortó; creo que ya tocaba. Aprovechamos que estamos en el resort, nos damos un chapuzón en la inmensa piscina al ritmo de piñas coladas. Volvemos al barco a acicalarnos y regresamos a cenar a las instalaciones del resort.

Estando solo a bordo, lo más normal es que no hubiese hecho tanta vida en tierra; disfruto mucho estando a bordo del ‘Sofía’, haciendo mis cosas. Con los armadores e Itxi, después de haber recorrido medio mundo para llegar hasta aquí, me parece lógico hacer un poco de vida social. El ermitaño que llevo dentro, con ellos, desaparece y me vuelvo sociable.

La idea inicial era que mis padres navegaran con Itxi y conmigo hasta Vanuatu y, desde ahí, volvieran a España, pero el viento en contra de 25-30 nudos pronosticado para los siguientes días nos hace cambiar de planes. Estamos unos días más explorando Fiyi y regresarán a España desde aquí. Aprovechamos al máximo los últimos días de los armadores a bordo y llega la despedida. La velocidad a la que pasa el tiempo no tiene sentido; no es normal. Hemos estado juntos a bordo un mes y ha pasado como si fuera una semana… ¿Cómo puedo llevar tan mal las despedidas? ¿Hay alguien que las lleve bien? Con el paso de esta aventura, tengo todavía más claro que hay que aprovechar el tiempo al máximo. No se para, siempre sigue corriendo, y hay que hacerlo ahora.

Acompañamos a mis padres a tierra y vamos a ahogar las penas de la despedida con un desayuno en tierra “comme il faut”. Luego volvemos a bordo, miramos la meteo, hablamos con Guy y Pika sobre la travesía y ya tenemos día para dejar Fiyi a popa y poner proa a Vanuatu.

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