El último día en Moorea lo pasamos poniendo al ‘Sofía’ a son de mar para la próxima travesía rumbo a Bora Bora. Los días previos hemos estado investigando un poco sobre la isla y, visto desde mi parte más navegante, me decepciona descubrir que está muy limitada en cuanto a zonas de fondeo. Solo hay dos, a una profundidad de entre 25 y 30 metros, demasiado para los 80 metros de cadena de los que dispone el ‘Sofía’. Para fondear con tranquilidad solemos largar entre cinco y seis veces la profundidad.
Por suerte existen cinco campos de boyas donde amarrar el barco y poder descansar con seguridad. Estas boyas son grandes bloques de cemento en el fondo del mar, unidos a un cabo grueso donde haces firme el velero. Están en muy buenas condiciones porque la gente local se encarga de mantenerlas y revisarlas periódicamente.
Ponemos el ojo en el campo de boyas del suroeste de Bora Bora, una zona entre arrecifes con agua cristalina y fondo de arena blanca. Desde el punto de vista medioambiental me parece genial que las zonas de fondeo estén limitadas. Pero entonces no puedo evitar preguntarme: ¿qué pasa con el turismo descontrolado y agresivo que llega por tierra?
Zarpamos de Moorea en cuanto amanece. Siempre quedará en nuestros recuerdos. Es imposible olvidar un paisaje así y las experiencias vividas con Itxi. En momentos como este no puedo evitar pensar en contárselo a mi abuela, que nos dejó cuando yo estaba en San Blas. Está presente en todas las millas y en todas las aventuras. Siempre siento que me falta hacer una llamada cuando hablo con mi familia.
Nos esperan 150 millas, unas treinta horas de navegación.
Salimos entre los arrecifes de la isla con forma de corazón e izamos mayor y génova a orejas de burro, una vela a cada costado. El ‘Sofía’ empieza a acelerar y pronto alcanza su velocidad de crucero. Volamos rumbo a Bora Bora. Por la noche un chubasco nos amenaza por estribor. Itxi me despierta y reducimos velamen por precaución. Los chubascos en estas latitudes suelen traer lluvias intensas, aumentos bruscos de viento y cambios repentinos de dirección. No estamos de regata y prefiero ser conservador. Así siempre hay más posibilidades de evitar romper algo. Mayor con tres rizos y el génova reducido al mínimo.
De repente, una cortina de lluvia golpea el Sofía y la visibilidad cae a cero. El viento sube hasta casi 30 nudos y el barco empieza a acelerar. Solo se escucha el ruido de la lluvia golpeando la cubierta y el Sofía deslizándose sobre el agua, empujado por las olas de popa. El cielo es completamente negro. La luna desaparece y perdemos de vista nuestra referencia en el cielo: la Cruz del Sur. Sobre las cuatro de la mañana el viento empieza a calmarse y el cielo se abre poco a poco. Las primeras estrellas vuelven a aparecer y la luna se deja ver de nuevo. Amanece y el sol empieza a iluminar la popa.
Estamos al sur de Tahaa, la isla vecina al este de Bora Bora. Desde la distancia ya se distinguen los cumulonimbos que suelen formarse sobre la cumbre de la isla. A falta de veinte millas para arribar, otro chubasco aparece por estribor. Esta vez es grande. La nube se acerca y repetimos la estrategia de la noche anterior. Pasa justo por encima de nosotros y deja la cubierta completamente empapada y de agua dulce.
A pesar de que el día está cubierto y el horizonte lleno de chubascos, conseguimos distinguir el paso entre arrecifes que da acceso al interior de la laguna. Entramos por el paso sin ver los arrecifes y cogemos la boya. El Sofía, una vez más, sano y salvo en una nueva isla de la Polinesia Francesa.
Como si fuese un ritual, botamos la auxiliar al agua, montamos el motor y ponemos rumbo al pueblo. Llegamos a un pequeño muelle lleno de barcos de pasaje cargados de turistas. Amarramos la auxiliar y salimos a caminar. La decepción llega rápido. En apenas veinte minutos recorriendo la zona más poblada de Bora Bora sentimos lo mismo: capitalismo entre montañas verdes.
Volvemos a la auxiliar y ponemos rumbo al sur de la isla.
Entonces cambia todo. Encontramos una playa de arena blanca, completamente solitaria, con agua transparente. Ningún resort amenaza el paisaje. Los tonos de azul cambian con la profundidad y el mar está en calma, protegido del oleaje por el arrecife que rodea Bora Bora. Esta será la playa donde pasaremos la mayor parte de nuestra estancia en la isla.
Detrás de la playa se levantan algunas casas de gente local. Todas tienen su propio embarcadero, diseñados para poder navegar independientemente de la marea. Paseamos por la arena y luego nos metemos en el agua para refrescarnos. A nuestro alrededor nadan varias mantarrayas. Pasamos cinco días completamente desconectados en lo que acabamos bautizando como nuestra playa de Bora Bora. En cinco días solo vemos a cuatro personas más.
Estoy disfrutando y descubriendo lugares que jamás imaginé que podría alcanzar. Y menos aún hacerlo a bordo del ‘Sofía’ y con Itxaso. Sin embargo, cada vez que llego a un nuevo destino no puedo evitar sentir que hemos llegado cuarenta o cincuenta años tarde. Si hoy en día aún encontramos lugares remotos y poco desarrollados, ¿cómo sería todo esto hace medio siglo?
Hemos conocido a gente cuyo objetivo diario es simplemente conseguir pescado para comer, encontrar agua para su familia o tener un lugar donde pasar la noche. Y aun así, son las personas que más comparten. Te ofrecen todo lo que tienen sin esperar nada a cambio. Quizás lo único que esperan es un rato de compañía, una conversación o simplemente una sonrisa.
La meteorología empieza a complicarse de cara a nuestra próxima travesía. Necesitamos buscar una alternativa, y el primer paso es salir de Bora Bora: cada noche en la boya cuesta 30 euros.
Por la proa del ‘Sofía’ aparece Tahaa. Una isla con sus propias peculiaridades…
