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Diario de a bordo: capítulo 5 | «Tahití y Moorea, paraíso en estado puro», por Pablo Berruezo

El joven navegante cuenta cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online.

Hay una buena ventana de meteo para zarpar rumbo a Tahití, capital de la Polinesia Francesa. Desde Tikehau serán un poco más de 24 h de navegación. Miramos las mareas y corrientes y mañana, a las 06:00, es la mejor hora para salir del atolón, con corriente vaciante. Nos despertamos a las 04:30 para recorrer todo el atolón rumbo a la salida. A las 06:00 estamos saliendo de Tikehau con un amanecer increíble que hace que los nervios bajen un poco. Mi forma de ser no deja los nervios de lado; siempre están conmigo cuando zarpo de un destino a otro. Me mantienen alerta.

Salimos del sotavento de Tikehau e izamos velas. Es el rumbo que más le gusta al ‘Sofía VI’: de aleta, con todo el velamen izado y con 15 nudos largos. Empezamos a comer millas. Día soleado y con algunas nubes en el horizonte, sin amenazas de chubascos. Desde que zarpamos de Nuku Hiva no nos alcanza ninguna tormenta. Transmito mi felicidad a Itxaso y me confiesa que jamás se habría imaginado estar en sitios tan remotos y paradisíacos conmigo. Parece ser que ella también está cumpliendo un sueño. Estoy eufórico y pongo “Scar Tissue” de Red Hot Chili Peppers a todo volumen mientras el Sofía cabalga rumbo directo a Tahití. Dejo arrastrar el anzuelo y, en un par de horas, tenemos un atún de aleta amarilla a bordo, listo para filetear. Comemos arroz con tataki y soja. Cuando estoy navegando solo, sinceramente, no hago comidas elaboradas. Soy muy simple, que no básico. Sin embargo, cuando estoy acompañado y me toca la cocina, me gusta elaborar algo más que un simple arroz con tomate o pasta con aceite y sal.

Después de comer, Itxi se va a hacer la siesta. Está bajo los efectos de la Biodramina, que, aunque indique que lleva cafeína, la deja K. O. Solo la necesita los primeros días; al segundo o tercer día ya está en su salsa y disfruta de la navegación. Me satisface ver que no se marea mucho; podría ser muchísimo peor.

La noche es un regalo. Con la constelación de Orión a babor como referencia, cielo despejado y estrellado, navegamos a seis nudos a rumbo directo. A esta velocidad llegaremos a mediodía de mañana. A las 04:00, Itxi me releva de mi guardia y voy a descansar unas horas. Me despierta para ver el amanecer y tomar un café. Eso quiere decir que su guardia ha sido muy tranquila y que no ha habido ningún problema.

A las 12:30 divisamos Tahití. Ha caído el viento y la velocidad disminuye, pero poco a poco vamos viendo cómo la isla se alza en el horizonte. Al acercarnos, el viento se acelera y pasamos de 12 nudos a 28. Es toda una misión bajar las velas para entrar dentro del arrecife. Tahití es una isla rodeada por un arrecife coralino y, para acceder, hay que cruzar un paso señalizado con balizas. Una vez dentro y protegidos por el sotavento de la isla, las condiciones se calman y avanzamos a motor hasta el fondeo. Dejamos caer el ancla justo cuando el sol empieza a esconderse por el oeste; nos damos una ducha, cenamos atún y nos vamos a descansar. Mañana entraremos en una marina, después de tres meses, para hacer trabajos de logística.

A las 09:00 estamos atracando en la marina. Hoy es día de lavandería, compra, diésel y limpieza. Pasamos cuatro días allí y celebramos el cumpleaños de Itxaso: cena a lo grande en un restaurante local y luego la hago soplar las velas con un bizcocho de chocolate cocinado por mí a bordo.

El día 20 de junio zarpamos rumbo a Moorea. Tahití solo ha sido una parada técnica para logística. En apenas cuatro horas estamos fondeados entre los valles de sus montañas. En cierto punto me recuerda a Nuku Hiva: montañas verdes que se elevan hasta chocar con los cumulonimbos permanentes en las cimas. Sin embargo, aquí el fondo es de arena blanca y hace que el agua sea cristalina… es impresionante.

A pesar de que el fondeo esté bastante lleno de veleros, tiramos la auxiliar al agua y nos vamos a explorar playas más lejanas y solitarias. Navegamos en una piscina: en apenas un metro de agua vemos el fondo lleno de arrecifes vivos y peces de todos los colores. Con un día soleado como el de hoy, todo se intensifica. Amarramos la auxiliar a una roca y vamos a bucear un rato. De repente, empiezan a aparecer bancos de mantarrayas por todas direcciones y, entre ellas, tiburones de aleta negra. Es como si estuviéramos buceando en un acuario, pero se trata de fauna salvaje, como siempre debería ser.

Al principio estamos en guardia, pero, pasados veinte minutos, nos dejamos llevar por la corriente y nos sentimos parte del entorno marino. Es nuestra primera vez buceando entre tiburones y mantas; estamos eufóricos. No solo es el paisaje submarino, sino que, al sacar la cabeza del agua, te encuentras con las montañas de Moorea frente a ti. Difícilmente voy a olvidar este día. Todos los momentos duros vividos quedan compensados por instantes como este.

Volvemos a bordo hambrientos y exhaustos. Pasamos toda la tarde hablando de lo vivido. Exploramos Moorea durante cinco días más. Creo que está a la altura de Nuku Hiva o, incluso, en mi opinión, la supera. Difícil elección.

La Polinesia Francesa me está cautivando. Lo peor es que será complicado que algún día vuelva.

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