Llegamos a Tikehau a las 04:00 y navegamos con poca vela por la entrada del atolón hasta que el sol despunta por el este. Un amanecer increíble. Itxi duerme, porque a las 03:00 hemos cambiado la guardia. La despierto para ver el amanecer juntos y hacer el paso de entrada al atolón también juntos. Es un momento de tensión y quién mejor que ella para relajar la situación conversando y comentando la jugada.
Las Tuamotu son un grupo de atolones en medio del océano Pacífico. Un atolón es un volcán que, con el paso del tiempo, se ha ido hundiendo y, en la actualidad, queda únicamente el arrecife que rodea una laguna interior. La entrada y la salida al atolón se hacen normalmente por un paso estrecho. Al ser tan angosto, se generan corrientes muy fuertes y hay que estudiar las mareas para pasar en el momento óptimo; de lo contrario, puedes ser empujado contra los arrecifes debido a las corrientes y al oleaje que se forman. Para acceder al interior hay que hacerlo con la corriente entrante y, para salir del atolón, con la corriente vaciante.
Nos acercamos a la entrada sobre las 06:15 y observamos con los prismáticos. Parece que no hay ola rompiente y que el paso está bastante tranquilo. Según las tablas de mareas y corrientes, a las 06:00 la corriente debería empezar a llenar el atolón —corriente entrante— y, con ella, podríamos realizar la entrada en el momento óptimo. Decidimos entrar. Se ven algunas turbulencias en la superficie del mar, pero, con un ojo en la velocidad del Sofía y otro en la proa, vamos avanzando. Itxi me va cantando la profundidad. El paso es de apenas una milla, pero, a la mitad, la corriente empieza a ponerse en contra. No entiendo por qué. Subo las revoluciones del motor al máximo régimen admisible y el Sofía apenas avanza a 1,5 nudos, cuando normalmente navegamos a 4,5 o 5. Poco a poco vamos ganando metros y, de repente, el Sofía se acelera hasta los 7 nudos. La corriente se pone a favor y nos lanza al interior del atolón de Tikehau. Misión cumplida. Respiramos aliviados y navegamos dentro de una piscina de agua cristalina, con el sol a la espalda para tener buena visibilidad de los arrecifes. La tensión disminuye, pero no desaparece del todo. Ahora queda navegar hasta el fondeo, en la otra punta del atolón. Dos horas de navegación esquivando arrecifes y bajos. Itxi, subida a la botavara para divisarlos mejor; yo, al timón, siguiendo sus indicaciones.
Llegamos al fondeo: una lengua de arena blanca con cocoteros que nos protegen del viento, y un mar cristalino y tranquilo como un plato. Cuando Itxi va a coger el control remoto del ancla para largar cadena, se da cuenta de que no funciona. Toca soltar el freno y largar cadena por gravedad.
Sentados en la bañera, nos miramos y sonreímos. Primera travesía oceánica de Itxi cumplida: fondeados dentro de un atolón en medio del Pacífico, mar turquesa en calma y el sol iluminando los arrecifes. Nuestras familias siempre sufren, así que, después de hacer el típico ejercicio de ser conscientes de lo que hemos conseguido, llamamos a nuestras familias.
Lamentablemente, solo disponemos de unos cinco días para explorar Tikehau, porque se acerca un frente que nos obligaría a quedarnos varias semanas esperando la siguiente ventana de tiempo para zarpar. Decidimos aprovechar al máximo los días. Nos despertamos y hacemos nuestra típica “mañana lenta”. Cuando el sol empieza a apretar dentro de la cabina, preparamos un café con tostadas y subimos a cubierta. Con la brisa, un paisaje de postal, café y una buena conversación, vemos pasar la mañana. Los tiburones de aleta negra nadan por la popa del Sofía y aprovechamos para bucear con ellos. El agua es tan cristalina que, a diez metros de profundidad, se ve perfectamente el fondo marino de arena blanca. Luego vamos a explorar la lengua de arena, llena de cocoteros que nos protegen del viento y de la ola de fuera del atolón. Cogemos cocos y los llevamos a bordo. Aprovechamos para refrescarnos en la orilla, con la tranquilidad de estar fuera del alcance de los tiburones. No son agresivos, pero siguen siendo tiburones.
Entre los cocoteros hay algunas casas construidas artesanalmente, acompañadas de una iglesia cristiana de color verde y blanco. Paseamos y vemos a la poca gente local, que nos saluda enérgicamente con una sonrisa en la cara. Buscamos caracolas, sin ningún ermitaño dentro, y pasamos horas paseando por la playa y descansando a la sombra de las palmeras con una buena lectura. Volvemos a bordo y vemos el atardecer, un espectáculo que tiñe todo el cielo de tonos rojos y naranjas. Con la puesta de sol preparamos la cena, y las estrellas y la luna iluminan la cubierta del Sofía. Solo se oye el movimiento de las hojas de las palmeras.
Pasamos cuatro noches en este lugar maravilloso, desconectados del mundo. Sin prisas ni horarios, dejándonos llevar por el ritmo del sol y de la naturaleza. Nos acostumbramos a no mirar el reloj y a disfrutar de este paisaje que probablemente nunca vuelva a ver. Estoy a 15.800 km de España, con mi novia, el Sofía, y la meteorología acompaña. ¿Qué más puedo pedir? Soy un afortunado y, la verdad, espero que todo siga así de bien. Evidentemente, hay momentos complicados, porque estamos en un entorno en el que existen factores que no se pueden controlar, pero cuando estás viviendo un sueño es normal que los momentos difíciles estén, en muchas ocasiones, presentes. Sin ellos no existiría esa sensación de felicidad máxima.
