El «Sofía VI» está fondeado en la bahía de Taiohae, Nuku Hiva, Polinesia Francesa. Me cuesta creerlo; tengo que hacer el ejercicio de ser plenamente consciente para ver que es un hecho real. La satisfacción corre por mi cuerpo. Tengo un subidón: todo me parece bien, incluso el mar de fondo del sureste que entra en la bahía y hace que el «Sofía» vaya de lado a lado. Estoy alucinando con el paisaje que nos rodea: montañas verdes que se elevan hasta chocar con los cumulonimbos, algunos de los cuales traen lluvia. Sensación de éxtasis puro.
Guy y Pika me llaman y me felicitan por la hazaña. ¡Qué orgullo! Son la pareja más aventurera que he conocido en mi vida. Trabajé con ellos durante casi un año a bordo de un velero de 30 metros de eslora. Me impulsaron a empezar a vivir mi sueño y me enseñaron a vivir disfrutando de la vida. Treinta y cinco años trabajando juntos como capitán y chef en veleros de lujo, y ahora siguen navegando a su ritmo, en su propio velero. Una vida juntos, y el respeto que sienten el uno por el otro es admiración pura. Mil gracias por ser mis mentores y ayudarme en las grandes decisiones de esta aventura.
Tengo dos semanas para dejar al «Sofía» a son de mar y explorar esta zona. A mitad de mayo viene mi novia para estar a bordo unos cinco meses, navegando por la otra mitad del Pacífico. ¡Qué ganas de compartir esta parte del mundo con ella! Durante las mañanas aprovecho para trabajar en el «Sofía»: mantenimiento, orden, limpieza, compra de diésel y provisiones. Por la tarde, suelo ir a la playa a ver cómo entrenan los jinetes con sus caballos. A última hora, antes de que el sol se ponga y después de un duro entrenamiento, los jinetes se dan un baño con sus caballos. Es precioso ver, con la luz del atardecer, cómo afianzan su relación con el caballo, dándoles un premio bien merecido tras el entrenamiento. El sábado es día de carreras.
Después de cuatro meses, me reencuentro con mi novia, Itxaso, tras superar treinta y siete horas de vuelo, más de medio mundo en avión. Otra vez estoy en éxtasis puro. Nervioso y con mil ganas, voy a recibirla a la bahía. Se instala a bordo y el «Sofía» vuelve a estallar de alegría. Una nueva presencia siempre te da un empujón para seguir adelante, sobre todo esta visita.
Pasamos dos semanas recorriendo la isla, de fondeo en fondeo, y no puedo disfrutar más. Estamos tres días fondeados solos en Hakahaa; jamás había estado tres días fondeado sin ver a otros veleros en una bahía. Hacemos una excursión a lo alto de la cumbre que nos rodea: caminos con curvas, rodeados de vegetación verde y olor a lluvia. De vez en cuando nos tenemos que refugiar debajo de algún platanero hasta que pasa el chubasco; al menos refresca el ambiente, aunque la humedad es muy alta. Por el camino vamos recogiendo mangos para llevarlos al «Sofía». Llegamos al punto más alto y vemos al Sofía, solitario entre montañas, fondeado.
Navegamos al norte de Nuku Hiva y fondeamos en Anaho. Es de las pocas playas de arena blanca y agua cristalina. La isla es de paisaje volcánico y suele tener fondo de barro, pero Anaho es la excepción. Una playa paradisíaca, con cocoteros en primera fila y densa vegetación, con montañas altas al fondo, rodea al «Sofía». Tras fondear, nos quedamos sentados en cubierta unos minutos, observando el entorno. Pasamos cuatro días haciendo excursiones por tierra, refrescándonos en el agua cristalina y haciendo snorkel.
El último fondeo de Nuku Hiva, donde pasamos otras cuatro noches, es en Hakatea, al suroeste de la isla: impresionante bahía que se adentra entre las montañas. Hacemos una excursión a una cascada. El camino sigue por el costado de un río, hacia arriba de la montaña y, en varias ocasiones, tenemos que cruzarlo. El agua, muy fresca, baja con fuerza y aprovechamos para refrescarnos en agua dulce. Después de tres horas subiendo, llegamos a la cascada. El agua cae desde la cima de la montaña, a unos trescientos metros, y crea un ambiente lluvioso por el viento que genera la caída. Empezamos a descender y, antes de llegar a la playa, entablamos conversación con una señora local que, tras una hora de charla, nos invita a comer a su casa. Atún con ensalada de mango y breadfruit es el menú. Disfrutamos muchísimo de la comida y de su compañía.
Descansamos el resto de los días viendo pasar las horas en el paraíso y zarpamos rumbo a Tikehau, un atolón que forma parte de las Tuamotus. Siento tristeza por dejar atrás Nuku Hiva; no quiero irme. He disfrutado muchísimo estas semanas dando la vuelta a la isla y el momento de zarpar se hace complicado. El paisaje y la gente son increíblemente atractivos. En mi mente corre el pensamiento de que quizá jamás vuelva a tener la oportunidad de regresar… Ahora soy consciente de que el paraíso existe.
El 3 de junio de 2025 ponemos rumbo a Tikehau, seiscientas cuarenta millas al suroeste. Primera travesía oceánica para Itxaso. Siento ese nerviosismo típico de antes de una travesía, ahora por tener una responsabilidad más: que ella esté a gusto y disfrute de la navegación. Recuerdo que Guy y Pika siempre me han dicho que este nerviosismo es bueno; te mantiene alerta y hace que nunca te confíes.
Zarpamos y, a las tres horas, un chubasco nos alcanza por popa, dejando treinta y seis nudos de viento. Reduzco el velamen y el «Sofía» vuela con orejas de burro rumbo a Tikehau. Itxi siente un poco de miedo, algo que me reconoce una vez llegamos a destino. Pasa el chubasco y se establece el alisio del sureste, de unos veinte nudos. Oscurece y tenemos una noche muy plácida, viendo las estrellas, con la luna iluminando la cubierta del «Sofía» mientras vamos ganando millas. Al día siguiente dejamos arrastrar por popa un anzuelo con un señuelo tipo calamar. En unas horas estamos comiendo un “tataki” de atún con arroz, delicioso. Por las noches hacemos guardias de dos o tres horas para alternar la vigilancia. Siento felicidad al ver que todo va bien y que ella está disfrutando, leyendo en cubierta, viendo series y observando al «Sofía» volar sobre el océano Pacífico. Van pasando los días y, al sexto, divisamos Tikehau.
Próxima misión: entrar dentro del atolón.
