El 1 de abril de 2025, el Sofía VI queda a son de mar para afrontar el océano Pacífico. Una travesía de 4.000 millas desde Panamá hasta Nuku Hiva, en las islas Marquesas, en la Polinesia Francesa. Es una de las etapas más largas de toda la vuelta al mundo.
Me despierto muy nervioso. Hace varias semanas que no navego en océano abierto, y el reto que está por delante depende del Sofía y de mí mismo. La parte mental será muy importante. Antes de zarpar, voy a la oficina de la marina a despedirme. Luego llega Óscar, un amigo con el que he compartido varios momentos durante mi estancia en Panamá. Él y su mujer me acogieron y me enseñaron todos los rincones de la ciudad. Son ese tipo de gente que quieres que esté en tu vida siempre: solo te aportan momentos buenos y aprendizaje. Óscar es conocimiento puro sobre navegación y aspectos técnicos de veleros.
Llega el momento de soltar amarras. Le transmito mi nerviosismo a Óscar. Me tranquiliza, me dice que es muy normal y que poco a poco iré encontrándome más cómodo en el mar que en tierra. Pronto, mi zona de confort será el océano y no la tierra firme. Me sentiré relajado navegando y, en tierra, estaré nervioso por zarpar otra vez. Me describe el típico comportamiento del navegante que, cuando llega a un fondeo, prefiere estar a bordo, alejado de las multitudes, él y su barco. Me identifico mucho. Me siento un poco más aliviado y, a las 11:30 h del 1 de abril, zarpo rumbo a las islas Marquesas.
La estrategia que opto por llevar es poner rumbo a las islas Galápagos, alejado de la costa de Colombia y Ecuador, por recientes casos de piratería. El tramo hasta las Galápagos se hace muy duro. Afronto dos tormentas diarias como mínimo, vientos muy variables, cambios de velas constantes, mucha lluvia, truenos, rayos y bastante corriente. El viento va variando en dirección e intensidad, y ajusto las velas según sopla. Mucho cansancio. Las noches se hacen muy largas; no me siento seguro. Una semana antes, un velero tuvo problemas con el timón al chocar contra un tronco. La fuerte corriente hace circular todos los troncos, árboles y objetos flotantes no identificados que bajan gracias a las lluvias tempranas de Panamá, en círculos, hasta las Galápagos.
Durante el día, la navegación consiste en esquivar troncos en condiciones meteorológicas no muy buenas. Las aves se posan en los troncos grandes y es más sencillo detectarlos. Cuando cae la noche, sin luna, es una lotería. No estoy solo: cada día, algún grupo juguetón de delfines me escolta un rato, rodeando todo el Sofía. Esta es la parte de la travesía en la que el entorno está poniendo a prueba mi mente. Pienso en sobrevivir una noche más y, así, día a día, voy acercándome a las Galápagos. Al décimo día de navegación, diviso las islas por la proa.
Paso por el sur de las Galápagos y, por fin, entro en la zona de los alisios del sureste. Sale el sol, que no veía desde hace diez días, y las nubes se desplazan hacia el horizonte. Cielo azul y vientos constantes, con condiciones ideales de entre 18 y 25 nudos. Despliego las orejas de burro: mayor por el costado de estribor y el génova atangonado por babor. El Sofía empieza a volar con sus alas desplegadas sobre el océano Pacífico. Ganamos entre 140 y 150 millas por día. El día 20 de abril, batimos el récord: 163 millas en 24 h. Los chubascos no me visitan desde que dejé atrás la zona del ecuador.
Ya son varias semanas que estoy sumergido en el ritmo del océano. Los días y las noches pasan volando. Paso los días leyendo mucho, pescando atunes y mahi-mahi, observando el mar y dejando a mi mente surcar entre todo tipo de pensamientos. La conversación con Óscar está muy presente y, poco a poco, me siento cómodo, muy feliz y completamente consciente de que estoy viviendo mi sueño.
Esta etapa es una prueba de resistencia para el Sofía. Son muchos los elementos que podrían fallar y provocar problemas, pero confío plenamente en ella. Somos uno; nos cuidamos mutuamente. Es una relación que se afianza con el paso de las millas. Me quedo horas en cubierta viendo cómo vuela con sus alas desplegadas, a veces rizadas, otras, a todo trapo.
Empieza la cuenta atrás: quedan 300 millas para fondear. A este ritmo, en dos días llegaré a Nuku Hiva. No quiero llegar. Está siendo una de las mejores navegaciones de mi vida. Estoy un poco de bajón. Comparo este cruce con el del Atlántico y no tiene nada que ver. Me noto en mi zona de confort. Rizo las alas del Sofía para llegar con las primeras luces del día.
A 15 millas de Nuku Hiva, de repente, siento un olor a tierrita mojada, flores y bosque húmedo. El paraíso está muy cerca. Tras 33 días navegando y viendo solo mar, diviso unas montañas muy verdes y altas en el horizonte. ¡Tierra a la vista! Siento una satisfacción enorme. El Sofía me ha llevado a la Polinesia Francesa. No me lo creo. Poco a poco, las montañas van creciendo en tamaño; voy apreciando mejor todos los tonos de verde y el olor va en aumento. Encima de Nuku Hiva, un enorme chubasco me espera. Voy entrando en la bahía de Taiohae y, como si alguien me estuviese escoltando desde algún sitio, el chubasco se abre y me da paso para fondear, con poco viento y un sol que intensifica el paisaje. Largo 80 metros de cadena en un fondo de 18 metros y abrazo el mástil del Sofía VI. ¡Mil gracias!
Enciendo el internet satelital y llamo a mi novia, a mis padres y a mi abuela para decirles que estoy en la Polinesia Francesa. Sigo sin ser consciente. Me falta hacer una llamada. Me protege desde que se fue, yo estando en San Blas.
