Nautik Magazine

Diario de a bordo: capítulo 0 | Pablo Berruezo cuenta para Nautik su travesía oceánica en solitario

El joven navegante contará cada semana en Nautik su aventura a flote, en este particular ‘cuaderno de bitácora’ online.

Soy Pablo Berruezo, tengo 29 años y la navegación ha sido mi estilo de vida en los últimos cinco años: cuatro trabajando como ingeniero en veleros de 30 metros de eslora y el último navegando alrededor del mundo a vela en solitario, cumpliendo mi sueño. Aunque crecí navegando en verano con mis abuelos.

El 5 de noviembre de 2024 zarpé desde Sant Carles de la Ràpita (Cataluña, España) para dar la vuelta al mundo a vela en solitario, una idea que tenía entre ceja y ceja desde que tengo uso de razón. Actualmente me encuentro en Malasia.

La aventura empieza ocho meses antes, el 1 de abril de 2024. Tras meses con mis padres negociando el permiso para empezar esta locura lo consigo. Desde abril hasta noviembre trabajé de sol a sol en el Sofía VI para prepararlo y dejarlo listo y a son de mar para afrontar la vuelta al mundo a vela en solitario. De noche en el pc enviando la propuesta de mi proyecto a diferentes marcas para conseguir apoyo, material y financiación.

La ruta desde que salí ha sido increíble: tras dejar el Mediterráneo, paré en Lanzarote (Islas Canarias), donde preparé el Sofía VI para el cruce del Atlántico. En 23 días logré llegar al Caribe, a Antigua.

El Atlántico fue mi primera travesía larga en solitario. Antes solo había navegado sin compañía en el Mediterráneo. Recuerdo comenzar la travesía navegando muy al sur, hasta quedar a unas 50 millas de Cabo Verde, para evitar una baja presión que se estaba formando a unas 200 millas por mi estribor. La rocé, y durante unos días tuve vientos fuertes y lluvias. Cuando por fin pude poner rumbo al oeste, con los alisios bien establecidos, empecé a disfrutar de las orejas de burro: mayor a babor y génova atangonada por estribor. El Sofía VI empezaba a volar y a sumar millas rumbo al Caribe. Había soñado ese momento incontables veces. La última semana de travesía, el alisio aflojó a unos 10 nudos y empezó la desesperación del principiante.

Tenía que llegar a Antigua el 26 de diciembre, fecha en la que mis padres, mi hermana y mi novia volaban para recibirme. El 25 de diciembre aún me quedaban entre 300 y 400 millas. Mi ETA (hora estimada de llegada) se iba retrasando y la frustración crecía. Mi cabeza sumaba las horas perdidas con los míos en Antigua, y pasé el día de Navidad en medio del océano, bastante bajo de ánimo. De repente, un cachalote, más grande que el Sofía VI, pasó por el costado de estribor, y un banco de delfines se puso en la proa a saltar y a jugar surcando las olas. Mi ánimo volvió arriba y me dije a mí mismo: “Pablo, qué afortunado eres, estás empezando a vivir tu sueño”. Arribé a Antigua el 30 de diciembre.

El océano me ha enseñado a ir al ritmo del entorno, a no tener prisa y a vivir el presente. Relativizar navegando en solitario es fundamental, y poner fechas cuando hay mar de por medio es muy complicado.

Pasé unos días con los míos y, a principios de enero de 2025, puse rumbo a Panamá. El objetivo era cruzar el Canal de Panamá para llegar al océano Pacífico. La travesía Antigua–Panamá fue dura, con vientos sostenidos de 25–30 nudos, chubascos y rachas de hasta 36. El Sofía VI me cuidó y llegamos bien.

Recuerdo que antes de zarpar estaba muy nervioso. Me había acostumbrado al ritmo de estar cerca de tierra, a la comodidad que te brinda la firmeza del suelo, y cuesta desprenderse de esa sensación, sobre todo cuando tienes que cruzar el mar Caribe, conocido por sus vientos fuertes y su mar formada.

Nunca olvidaré la llegada a la bahía de Colón, en Panamá. Tenía previsto llegar con luz, al atardecer, pero cerca de la costa apareció una corriente en contra y el Sofía VI aminoró la marcha. Llegaría de noche, algo que siempre intento evitar, especialmente en lugares nuevos en los que nunca he estado. Iba a motor porque el viento había caído por completo después de haber navegado con hasta 36 nudos. A las 19:00, ya de noche, empecé a distinguir las boyas del canal de entrada a la bahía de Colón, que se camuflaban entre la gran cantidad de mercantes fondeados y otros entrando y saliendo. Por babor se acercaba un enorme chubasco. Pensé: “Pablo, prepárate, que va a ser divertida la entrada”. Iba a motor y con la mayor izada. Estaba enfilando el canal hacia la bahía y, de repente, pasamos de 10 a 25–30 nudos: el chubasco nos daba la bienvenida. La visibilidad cayó en picado. Solicité permiso por VHF para proceder a entrar, saqué un poco de génova, apague el motor y el Sofía VI empezó a cabalgar. En 30 minutos estábamos dentro de la bahía, esquivando mercantes fondeados.

Una vez dentro, el viento cayó a unos 20 nudos. Teníamos que entrar a puerto, pero tras no obtener respuesta por VHF decidimos (el Sofía VI y yo) fondear y pasar la noche en la bahía, en 10 metros de profundidad, con buen agarre del ancla sobre fondo de fango. A las 22:00 llamaba a los míos para decirles que ya estaba en Panamá.

Ahora, el plan era pasar febrero en San Blas y, entre el 14 y el 16 de marzo, cruzar el Canal de Panamá.