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Una fragata imperfecta, pero funcional: el arriesgado plan naval de Estados Unidos

Su diseño refleja una lógica operativa propia de los años noventa: control marítimo en entornos relativamente benignos, no combate de alta intensidad.

La nueva fragata de la Armada se parece mucho a un barco de la Guardia Costera de los años 90. Marina de los EE. UU.

El anuncio de que, a finales de 2025, la Armada de Estados Unidos adoptará un nuevo diseño de fragata basado en el cúter de seguridad nacional clase Legend de la Guardia Costera ha despertado una mezcla de sorpresa y escepticismo. La decisión, respaldada políticamente por figuras del entorno republicano, parece trasladar a la Armada a una concepción naval propia de finales del siglo XX. Desde una perspectiva estrictamente militar, una fragata derivada de este diseño llegará al servicio ya desfasada cuando el primer buque entre en el agua, previsiblemente en 2028. Sin embargo, que sea un diseño anticuado no implica necesariamente que sea inútil.

El cúter clase Legend no fue concebido como un buque de combate de alta intensidad. No integra tecnologías de vanguardia ni responde a los estándares actuales de guerra naval entre pares. Sus orígenes se remontan a 1998, cuando la Guardia Costera lanzó el ambicioso Programa de Reemplazo de Capacidades en Aguas Profundas para sustituir a los veteranos cúteres clase Hamilton. Tras la entrada en servicio de las primeras unidades, el diseño quedó prácticamente congelado, con escasas mejoras técnicas desde el alistamiento del USCGC Bertholf en 2006.

Esto contrasta claramente con la filosofía de la Armada en programas como el destructor clase Arleigh Burke, que ha evolucionado de forma constante a través de distintos “Flights”. En cambio, los National Security Cutters apenas han recibido actualizaciones significativas y solo se contemplan mejoras limitadas de cara a costosos programas de media vida. En esencia, se trata de buques optimizados para misiones de vigilancia, interdicción marítima y control de tráficos ilícitos, no para enfrentamientos directos contra flotas modernas bien armadas.

Aunque puedan pintarse de gris naval, incorporar algo más de armamento y reforzar ciertos aspectos de supervivencia, estos cúteres siguen siendo plataformas pensadas para escenarios de baja amenaza. Su diseño refleja una lógica operativa propia de los años noventa: control marítimo en entornos relativamente benignos, no combate de alta intensidad.

Además, el historial técnico del programa no es impecable. Las primeras unidades sufrieron problemas estructurales, corrosión, grietas en el casco y otros defectos que requirieron reparaciones costosas y que probablemente hayan reducido su vida útil. La operación de estos buques tampoco es barata ni sencilla. Un incendio grave ocurrido en 2020 dejó a uno de ellos fuera de servicio durante meses, requiriendo reparaciones complejas en astilleros extranjeros. A esto se suma la limitada integración de sistemas y el espacio interior reducido, aspectos poco atractivos para una plataforma que aspire a cumplir funciones navales más exigentes.

El problema de fondo para la nueva fragata de la Armada no es solo técnico. Según diversas fuentes, las primeras unidades podrían derivarse de cascos rechazados por la Guardia Costera por problemas de calidad del acero y retrasos presupuestarios. Arrancar una nueva clase de buques a partir de material descartado no parece coherente con un Pentágono que proclama el “combate bélico” como prioridad estratégica.

Existe también un factor cultural relevante. La Armada tiende a privilegiar los buques Aegis y a los oficiales con experiencia en ellos. Las plataformas que quedan fuera de ese núcleo suelen recibir menos atención, menos mantenimiento y menor prestigio profesional. Si la nueva fragata es percibida como un activo de segunda categoría, su desempeño y reputación se deteriorarán rápidamente. La Guardia Costera, en cambio, suele asignar personal altamente cualificado a sus cúteres y cuidarlos con esmero, lo que ha sido clave para su buen rendimiento operativo.

Desde una óptica puramente militar, una fragata basada en el Legend tendría serias dificultades frente a amenazas modernas. Su armamento base es limitado hasta el punto de que incluso pequeñas corbetas europeas podrían suponer un riesgo significativo. Las versiones hipotéticamente más armadas resultarían casi tan costosas como fragatas modernas mucho más capaces, quedando igualmente en desventaja frente a diseños asiáticos o europeos contemporáneos.

Aun así, descartar completamente el concepto sería simplista. Por primera vez en años, la Armada parece intentar alinear la adquisición de buques con una estrategia nacional más amplia, que prioriza la presencia marítima, el control de rutas, la lucha contra el tráfico ilegal y la aplicación de la ley en el mar. Para estas misiones, no siempre es necesario un destructor de alta gama.

Interdicción de narcotráfico, abordaje de buques sospechosos, control de flotas pesqueras ilegales o escolta de tráfico sensible son tareas para las que una fragata-cúter puede ser adecuada. Estas funciones refuerzan la seguridad nacional y no requieren plataformas diseñadas exclusivamente para guerras entre grandes potencias.

El riesgo, sin embargo, es que el entorno estratégico actual es mucho más inestable que en los años noventa. El crecimiento y la profesionalización de la flota china reducen el valor relativo de buques concebidos para misiones de baja intensidad.

El diseño de la clase Legend puede ser antiguo y poco espectacular, pero es un diseño probado que funciona. Flota, navega y cumple su misión sin exigir desarrollos técnicos complejos. En un contexto de recursos humanos limitados y urgencias estratégicas inmediatas, esa fiabilidad básica no es un atributo menor.

Si la Administración realmente apuesta por esta fragata, debería acompañar la decisión con una modernización profunda de los cúteres existentes o, alternativamente, transferir estas plataformas a la Guardia Costera en el futuro. Ese servicio ha demostrado saber extraer valor operativo de buques sencillos. En última instancia, el éxito o fracaso de la nueva fragata dependerá menos del casco y más de la claridad estratégica con la que se decida emplearla.

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