Más de cien años después del hundimiento del RMS Titanic, todavía seguimos fascinados por la magnitud de la catástrofe. El trasatlántico era considerado el barco más grande del mundo y su desaparición en su viaje inaugural ha cautivado la imaginación cultural desde entonces, quizá porque fue uno de los primeros naufragios de los que tuvimos conocimiento antes incluso de que los supervivientes regresaran, dado que las señales inalámbricas de radio pudieron transmitir a Nueva York que se había producido la catástrofe antes incluso de que el Carpathia lograra llegar a puerto con los supervivientes.
El compositor británico Gavin Bryars (Goole, Yorkshire, 1943), una de las figuras más representativas del minimalismo europeo, la corriente musical surgida a finales de la década de los sesenta del siglo pasado y que seguía los postulados de la música minimalista estadounidense, es uno de los músicos que sintieron el embrujo del misterio, los mitos y leyendas surgidos en torno al barco elegido como emblema de la supremacía de la ciencia, y en 1969 comenzó a componer “The Sinking of The Titanic”, una obra de la que este 2025 se ha conmemorado el quincuagésimo aniversario de su lanzamiento discográfico, como primera referencia del sello Obscure Records, creado por el conocido músico y productor británico Brian Eno, conocido tras su paso por Roxy Music y su carrera en solitario, además de por haber sido productor de discos de artistas tan variados como David Bowie o U2.
Bryars, que estudió filosofía y trabajó como profesor de arte en su juventud, se inició musicalmente como contrabajista de jazz, pero la irrupción del minimalismo lo trastornó todo y en 1969, a los 26 años, compuso la que, a día de hoy, sigue siendo considerada una de las más grandes composiciones de la música británica de la segunda mitad del siglo XX, “The Sinking of The Titanic” [el hundimiento del Titanic]. La reciente visita a Madrid de Bryars, invitado a participar en el festival Real No Real, nos permitió entrevistarle entre la prueba de sonido y la actuación propiamente dicha del Gavin Bryars Ensemble, la formación que fundó en 1986 y que se dedica desde ese momento a interpretar exclusivamente su música por todo el mundo.
En los años sesenta del pasado siglo, más de cincuenta años después de que ocurriera la tragedia, el hundimiento del Titanic seguía siendo uno de los acontecimientos históricos que más intriga y literatura a su alrededor había generado internacionalmente. El símbolo más grande y conmovedor de la arrogancia tecnológica de la humanidad le sirvió al joven Bryars para imaginar su composición: fue a finales de los sesenta cuando el compositor leyó un reportaje sobre el naufragio, en el que se hacía referencia a que la orquesta del trasatlántico siguió interpretando un himno mientras el barco se hundía… Y Bryars, con su mentalidad de músico experimental, se preguntó cómo podrían seguir sonando las notas musicales a medida que el barco se iba sumergiendo en el océano, como si siguieran reverberando mientras la nave desaparecía bajo las aguas. “Como sabes, el agua es un eficacísimo conductor del sonido –me explica Bryars, en el transcurso de la charla–. Obviamente, era imposible que la banda siguiera tocando bajo el agua, pero, en teoría, la música ha seguido sonando desde entonces y para siempre. Y esa es la sensación que buscaba. En la obra, la música pasa por diferentes estados, reflejando un lento descenso hacia el fondo del océano, lo que da lugar a una serie de fenómenos de eco y desviación, junto con una considerable reducción de las frecuencias altas”.
“Empecé a trabajar en la composición en 1969 –añade–, cuando daba clase en escuelas de bellas artes y buscaba el equivalente musical de las obras de arte conceptual. El punto de partida fue el informe de Harold Bride, el radiotelegrafista, sobre el comportamiento de la orquesta del barco y, a partir de ahí, las diversas investigaciones, entrevistas y reconstrucciones me proporcionaron un conjunto de material a partir del cual se pudo construir la interpretación. En este sentido, se trata de una pieza ‘conceptual’ que, a medida que encontraba nueva información, a lo largo de varios años, fui incorporando a la pieza. A finales de la década de los ochenta se produjo un avance espectacular en las investigaciones, cuando se encontró el pecio y el estado del barco pasó de ser un mito a ser una realidad”.
La primera versión de la partitura era una breve pieza para una exposición en apoyo a los estudiantes de arte de Portsmouth y consistía inicialmente en una sola página de papel en tamaño Din A4 con instrucciones mecanografiadas. Pero apenas tres años después la obra ya había tomado cuerpo y en diciembre de 1972 se produjo su estreno mundial, en el Queen Elizabeth Hall de Londres. Para entonces, la obra ya duraba 24 minutos. Y unos meses después, en 1975, Brian Eno, que había intervenido como instrumentista en su estreno en Londres, decidió grabar por primera vez la pieza en el sello que creó casi exprofeso para ello.
En la evolución de sus diversas versiones la obra ha terminado durando algo más de una hora. Comienza con el sonido apacible de la campana de un barco resonando en la oscuridad de la noche. De repente, la música representa el impacto del choque del acero contra el hielo, que rajó la plancha metálica como una gigantesca cuchilla afilada. La música emerge a continuación como si surgiera de una tumba acuática, medio escuchada y medio soñada, un majestuoso himno contemplativo entonado solemnemente por un sexteto de cuerdas. Un coro de metales recoge fragmentos de la melodía y, de vez en cuando, surgen fragmentos de sonido que representan los destrozados mamparos del barco, el agua que se precipita en el interior del trasatlántico, las voces incorpóreas de los supervivientes o las sirenas de alarma que suenan inútilmente en el frío Atlántico Norte. Ppero a medida que el gran barco se hunde bajo las olas, la música continúa con su curso tranquilo e imperturbable.
Con “The Sinking of the Titanic” Bryars, que el próximo 16 de enero cumplirá 83 años, creó una fabulosa y evocadora composición que sigue resonando serenamente más de ciento diez años después de que el transatlántico de lujo se hundiera en su viaje inaugural y se ha convertido en una de las más importantes de su autor, casi opacando su trayectoria de más de cincuenta años como compositor, con decenas de grabaciones y obras estrenadas. “‘The Sinking of the Titanic’ es importante para mí –reconoce–, porque es la obra más antigua que conservo en mi repertorio. Aunque han aparecido otras obras antiguas, estas no manifiestan el grado de investigación, especulación y pensamiento conceptual que ha caracterizado esta otra”. Él atribuye su perdurabilidad, al menos en parte, a factores extramusicales. “Ha habido muchos otros naufragios, y naufragios en los que han muerto más personas, pero el Titanic es el que ha perdurado como tema”, algo que Bryars achaca a que fue un acontecimiento que “casi podría decirse que marcó el final del siglo XIX, cuando todo ese optimismo de que la ciencia lo había conquistado todo y el hombre era ahora casi más grande que Dios, se vio truncado de un plumazo por este barco que había sido tontamente calificado como insumergible”.
