«Considerad al cachalote. Habita entre los mares más remotos y solitarios, elevando su inmensa joroba por encima de las olas como una isla móvil; su altivo chorro, como una columna solitaria en el desierto», escribió Herman Melville en un epítome de la literatura llamado Moby Dick, en el que se lee la constante lucha del hombre contra lo desconocido escrita sobre el cuerpo de un cachalote blanco a la deriva. Dejando a un lado la literatura, en los mares de la vida real solo quedan 2.000 ejemplares de este cetáceo después de que se prohibiera su pesca a finales del siglo pasado. Ahora, en cambio, su mayor peligro es el tráfico marítimo. Por esta razón hay que tomarse al pie de la letra el texto de Melville y considerar al cachalote.
Este es el objetivo de un grupo de media docena de científicos de la organización Tursiops al haber apelado al Ministerio de Transición Ecológica para que declare una zona de 34.172 kilómetros cuadrados en las aguas del noroeste de la isla de Menorca como protegida al ser una localización fundamental para la cría de cachalotes.
El equipo de investigación ha registrado hasta 35 encuentros desde 2019 y ahora ruegan al Gobierno que ayuden a que se convierta en un lugar seguro para conseguir multiplicar este número lo máximo posible. Aunque parezca mentira, el depredador más grande del planeta está en peligro y este empujón podría ser determinante para la especie, ya que solo suele tener una media de una cría cada cinco años. Este cetáceo permanece largos periodos en la superficie para descansar y socializar en grupo, lo que lo vuelve particularmente vulnerable a lesiones o incluso a la muerte debido a colisiones con embarcaciones.
Además, con el sí de esta propuesta, el ministerio estaría más cerca de aumentar las reservas marinas del país del 21% actual en las aguas españolas hasta el 30% en 2030 (con el objetivo del 25% este año).
«El cachalote no huye del hombre, no se somete a su control; se enfrenta a su destino con la calma de un dios antiguo», –Moby Dick de Herman Melville.